C u e n t o

Santo remedio / Martha Crócker

 
 

El aire sopla con fuerza el rostro crispado de Andrés asomado en la ventanilla del camión, su mente revuelta con ideas confusas, van del amor al odio, del miedo a la audacia. Necesita con urgencia pedir ayuda y está seguro que ahí lo conseguirá. Su corazón late con mayor fuerza cuando el chofer grita: "¡los que bajan en el Yeso!" así le llaman a ese lugar escondido en una hondonada a un lado de la carretera. Baja presuroso y pregunta por Don Isidro "el curandero", a quien no es difícil localizar porque los pocos parientes de ese lugar son parientes suyos. Llega al recinto donde le informan que a las cuatro de la tarde inicia la sesión.

Asiste puntual a la cita, se sienta a esperar, mientras tanto observa la sala; el piso es de tierra bien asentada rociada con agua, al fondo un altar con cuadros de San Pascual Bailón, San Sebastián y otro por ahí de un santo que no conoce, luce como lugareño, sombrero de palma, bigotes recortados con cierta elegancia y apariencia maléfica. En el centro hay una mesa ennegrecida por el contacto de las manos sudorosas de muchos que como él llegan al recinto. Todos los consultantes guardan silencio cuando Don Isidro cierra los ojos y empieza a mover sus músculos en pequeños espasmos y convulsiones acompañadas por respiraciones profundas y sonoras, en tanto el espíritu se posesiona del curandero. De pronto se oye una voz que dice: "¡Bienvenidos hermanos! está con ustedes Isidro Nucamendi, se abre la sesión".

Fueron pasando uno por uno a narrar con voz inaudible para los demás, sus problemas y enfermedades, el "poseído" da el remedio o la receta de acuerdo al caso.

Por fin, Andrés es llamado y al acercarse le confiesa: "Hermano, mi vida es una eterna agonía, vengo a ti con toda mi fe para que me ayudes; es el caso que estoy enamorado como un loco de mi mujer, ella es joven y bonita, al principio me quería, pero ahora está como ausente, no corresponde a mis caricias, parece como si ya no quisiera verme. Sin embargo, se arregla con esmero cuando llega mi primo Carlos, le brillan los ojos, bromea, se muestra simpática, sonríe y tiene los mismos gestos que antes a mí me dispensaba. Todo me hace suponer que me engaña".

Don Isidro escucha con atención sin interrumpir el relato, al terminar transcurre un lapso que parece una eternidad, después con voz grave responde: "Cuando se trata de un mal del cuerpo acostumbro a recetar brebajes, infusiones, purgantes; curo el mal de ojo, el empacho y otras cosas, pero tu caso ha de resolverse pronto de otra manera. La curación es difícil, debes disponer de mucho dinero, tal vez tengas que vender hasta tu casa". No importa -contesta Andrés- con tal de hallar remedio a este mal que me consume y no me deja vivir en paz.

Entonces -indica el brujo- el lunes como a las diez de la mañana me traes lo que te voy a decir y a esa misma hora del martes vas a platicar con el delegado municipal y le solicitas una parcela para sembrar tu milpa. Así lo hizo. Al estar hablando con la autoridad, llega el comandante exclamando: "¡Señor Delegado!, acaban de encontrar muerto a un hombre joven de nombre Carlos, dicen que es primo de este señor que precisamente está con usted y por lo visto no ha de saber nada". Andrés palidece, muestra asombro ante la noticia. El delegado con voz solemne expresa: "¡cuánto lo siento hermano! te prometo vamos a investigar".

Al volver a casa, por cierto de muy bueb humor, pide pozol a su mujer, no me dio tiempo de hacerlo -contesta ella- ni siquiera puse a cocer el maíz. En sus ojos se deja ver una lágrima contenida. El curiosamente no se enoja, tiene un gesto extraño entre risueño y triste, con palabras apenas salidas como en un murmullo dice: no te preocupes mujer, tomaré agua.

 
 

Fuente: El barrio de la hormiga. Martha Crócker. Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Tabasco. Cárdenas, Tabasco, 1996. 100 p.