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El
aire sopla con fuerza el rostro crispado de Andrés
asomado en la ventanilla del camión, su mente revuelta
con ideas confusas, van del amor al odio, del miedo a la
audacia. Necesita con urgencia pedir ayuda y está
seguro que ahí lo conseguirá. Su corazón
late con mayor fuerza cuando el chofer grita: "¡los
que bajan en el Yeso!" así le llaman a ese lugar
escondido en una hondonada a un lado de la carretera. Baja
presuroso y pregunta por Don Isidro "el curandero",
a quien no es difícil localizar porque los pocos
parientes de ese lugar son parientes suyos. Llega al recinto
donde le informan que a las cuatro de la tarde inicia la
sesión.
Asiste
puntual a la cita, se sienta a esperar, mientras tanto observa
la sala; el piso es de tierra bien asentada rociada con
agua, al fondo un altar con cuadros de San Pascual Bailón,
San Sebastián y otro por ahí de un santo que
no conoce, luce como lugareño, sombrero de palma,
bigotes recortados con cierta elegancia y apariencia maléfica.
En el centro hay una mesa ennegrecida por el contacto de
las manos sudorosas de muchos que como él llegan
al recinto. Todos los consultantes guardan silencio cuando
Don Isidro cierra los ojos y empieza a mover sus músculos
en pequeños espasmos y convulsiones acompañadas
por respiraciones profundas y sonoras, en tanto el espíritu
se posesiona del curandero. De pronto se oye una voz que
dice: "¡Bienvenidos hermanos! está con
ustedes Isidro Nucamendi, se abre la sesión".
Fueron
pasando uno por uno a narrar con voz inaudible para los
demás, sus problemas y enfermedades, el "poseído"
da el remedio o la receta de acuerdo al caso.
Por
fin, Andrés es llamado y al acercarse le confiesa:
"Hermano, mi vida es una eterna agonía, vengo
a ti con toda mi fe para que me ayudes; es el caso que estoy
enamorado como un loco de mi mujer, ella es joven y bonita,
al principio me quería, pero ahora está como
ausente, no corresponde a mis caricias, parece como si ya
no quisiera verme. Sin embargo, se arregla con esmero cuando
llega mi primo Carlos, le brillan los ojos, bromea, se muestra
simpática, sonríe y tiene los mismos gestos
que antes a mí me dispensaba. Todo me hace suponer
que me engaña".
Don
Isidro escucha con atención sin interrumpir el relato,
al terminar transcurre un lapso que parece una eternidad,
después con voz grave responde: "Cuando se trata
de un mal del cuerpo acostumbro a recetar brebajes, infusiones,
purgantes; curo el mal de ojo, el empacho y otras cosas,
pero tu caso ha de resolverse pronto de otra manera. La
curación es difícil, debes disponer de mucho
dinero, tal vez tengas que vender hasta tu casa". No
importa -contesta Andrés- con tal de hallar remedio
a este mal que me consume y no me deja vivir en paz.
Entonces
-indica el brujo- el lunes como a las diez de la mañana
me traes lo que te voy a decir y a esa misma hora del martes
vas a platicar con el delegado municipal y le solicitas
una parcela para sembrar tu milpa. Así lo hizo. Al
estar hablando con la autoridad, llega el comandante exclamando:
"¡Señor Delegado!, acaban de encontrar
muerto a un hombre joven de nombre Carlos, dicen que es
primo de este señor que precisamente está
con usted y por lo visto no ha de saber nada". Andrés
palidece, muestra asombro ante la noticia. El delegado con
voz solemne expresa: "¡cuánto lo siento
hermano! te prometo vamos a investigar".
Al
volver a casa, por cierto de muy bueb humor, pide pozol
a su mujer, no me dio tiempo de hacerlo -contesta ella-
ni siquiera puse a cocer el maíz. En sus ojos se
deja ver una lágrima contenida. El curiosamente no
se enoja, tiene un gesto extraño entre risueño
y triste, con palabras apenas salidas como en un murmullo
dice: no te preocupes mujer, tomaré agua.
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