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Se
adelantó y abrió la puerta. La persona atendida
agradeció el detalle; acto seguido, vino la despedida...
-gracias médico, hasta la vista-.
Una
entrevista más, una acción más, en
el constante apuntalar de su prestigio. De ese prestigio
que se convirtió en fama, en corrido de voz popular.
Sin embargo, distaba mucho de estar satisfecho. Un título
profesional, los años de cátedra, los puestos
públicos, los escritos periodísticos, el ser
un autodidacta en varias ciencias y lenguas, su apariencia
de caballero imperturbable... era lo acumulado en su vida,
en esta su vida que por momentos tornábase tan fatigosa...
¡Ah! Pero lo último había sido el dirigir
la vetusta institución, la provinciana Clínica.
Se
decía, se contaba, que no había mejor persona
para dirigir tal monumento cultural, tanta historia, tantos
nombres.
El
localismo, ese localismo hispanoamericano, que se aferra
a tradiciones que por un momento representaron tranquilidad,
era motor de su actuación. La provincia, la añeja,
la colonial, buscaba su identidad en algo que fue. Se justificaba
en lo remoto. Olvidaba que el cementerio contenía
los restos de aquellos que habían visto caer el telón,
y en el tercer acto de una época que no tuvo siquiera
a un historiador esforzado y contundente.
La
historia, la historia, según la vieja definición,
la "maestra de la vida", le permitía los
salarios, la posición, la imagen, pero en su interior
más agradecía a la omisión que a la
historia. Estrictamente, defendía cosas muertas.
En literatura, Víctor Hugo se le mostraba como la
antorcha que alumbra los textos. Las fechas no le importaban,
Hugo murió en 1885... la mañana pertenecía
a un octubre de 1982. No podían importarle, porque
vivía de cosas muertas, de localismo, de la historia
no escrita, del murmullo provinciano... del añorado
pasado y su quimera.
En
aquella Ciudad hubo manifestaciones culturales cuyas calcas
apenas se vislumbraban en el presente. La acusación
era esa: las raíces del arte y del conocimiento no
habían pasado de la superficie, y el tiempo y todo,
las habían arrancado. Medrar en esos afanes, cobrar
en esas administraciones gubernamentales que por amor o
capricho pretendían rehacer lo que nunca se había
hecho, se volvió oficio.
De
ahí las condenas, de ahí la injusticia y el
regocijo de los aduladores... "Todo pasado fue mejor:
en ferias, en fiesta, en personajes, en anécdotas
y preparación; en señores y en damas; en virtudes.
Ni
que hablar de esas páginas, de quiénes nacieron
y murieron poetas. Del libro viejo que requirió galerada
y cordel. (No se precisa ser revolucionario para oponerse
a tal mentalidad burguesa, sólo es necesario ser
joven y vivir en esta época.
En
1982 no hay dinero para acudir a las ferias; la fiesta es
tomar una cerveza; no se aspira a ser un personaje, sino
al sustento; no hay anécdotas, sólo montones
de información o desinformación.
En
1982 uno se capacita, apenas hay hombres y mujeres y se
intenta ser sano. Ahora no se puede escribir un libro y
mandarlo a la imprenta, ¡ah! la primera novela. Los
escritores, los que no tienen establo de vacas de engorda,
se limitan a colaborar en los periódicos, con su
arte singular que al día siguiente envuelve piltrafas
en el mercado, ¡ah! y por lo general no se les publica
una novela. Pero eso se iba al aprtado del silencio, de
donde no debía salir nunca, porque podía significar
el perder los empleos...
Terminó
su abstracción, dibujó su siempre dibujada
sonrisa, dejó de mirar el ventanal, la estancia.
Recordó su guardada conciencia.
Tomó
el maletín y salió al pasillo; en el lugar
abierto el aire le golpeó la cara y sintió
el vacío, ese vacío en el alma.
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