C u e n t o

El oficio de la quimera / Alejandro Macgregor González

 
 

Se adelantó y abrió la puerta. La persona atendida agradeció el detalle; acto seguido, vino la despedida... -gracias médico, hasta la vista-.

Una entrevista más, una acción más, en el constante apuntalar de su prestigio. De ese prestigio que se convirtió en fama, en corrido de voz popular. Sin embargo, distaba mucho de estar satisfecho. Un título profesional, los años de cátedra, los puestos públicos, los escritos periodísticos, el ser un autodidacta en varias ciencias y lenguas, su apariencia de caballero imperturbable... era lo acumulado en su vida, en esta su vida que por momentos tornábase tan fatigosa... ¡Ah! Pero lo último había sido el dirigir la vetusta institución, la provinciana Clínica.

Se decía, se contaba, que no había mejor persona para dirigir tal monumento cultural, tanta historia, tantos nombres.

El localismo, ese localismo hispanoamericano, que se aferra a tradiciones que por un momento representaron tranquilidad, era motor de su actuación. La provincia, la añeja, la colonial, buscaba su identidad en algo que fue. Se justificaba en lo remoto. Olvidaba que el cementerio contenía los restos de aquellos que habían visto caer el telón, y en el tercer acto de una época que no tuvo siquiera a un historiador esforzado y contundente.

La historia, la historia, según la vieja definición, la "maestra de la vida", le permitía los salarios, la posición, la imagen, pero en su interior más agradecía a la omisión que a la historia. Estrictamente, defendía cosas muertas. En literatura, Víctor Hugo se le mostraba como la antorcha que alumbra los textos. Las fechas no le importaban, Hugo murió en 1885... la mañana pertenecía a un octubre de 1982. No podían importarle, porque vivía de cosas muertas, de localismo, de la historia no escrita, del murmullo provinciano... del añorado pasado y su quimera.

En aquella Ciudad hubo manifestaciones culturales cuyas calcas apenas se vislumbraban en el presente. La acusación era esa: las raíces del arte y del conocimiento no habían pasado de la superficie, y el tiempo y todo, las habían arrancado. Medrar en esos afanes, cobrar en esas administraciones gubernamentales que por amor o capricho pretendían rehacer lo que nunca se había hecho, se volvió oficio.

De ahí las condenas, de ahí la injusticia y el regocijo de los aduladores... "Todo pasado fue mejor: en ferias, en fiesta, en personajes, en anécdotas y preparación; en señores y en damas; en virtudes.

Ni que hablar de esas páginas, de quiénes nacieron y murieron poetas. Del libro viejo que requirió galerada y cordel. (No se precisa ser revolucionario para oponerse a tal mentalidad burguesa, sólo es necesario ser joven y vivir en esta época.

En 1982 no hay dinero para acudir a las ferias; la fiesta es tomar una cerveza; no se aspira a ser un personaje, sino al sustento; no hay anécdotas, sólo montones de información o desinformación.

En 1982 uno se capacita, apenas hay hombres y mujeres y se intenta ser sano. Ahora no se puede escribir un libro y mandarlo a la imprenta, ¡ah! la primera novela. Los escritores, los que no tienen establo de vacas de engorda, se limitan a colaborar en los periódicos, con su arte singular que al día siguiente envuelve piltrafas en el mercado, ¡ah! y por lo general no se les publica una novela. Pero eso se iba al aprtado del silencio, de donde no debía salir nunca, porque podía significar el perder los empleos...

Terminó su abstracción, dibujó su siempre dibujada sonrisa, dejó de mirar el ventanal, la estancia. Recordó su guardada conciencia.

Tomó el maletín y salió al pasillo; en el lugar abierto el aire le golpeó la cara y sintió el vacío, ese vacío en el alma.

 
 

Fuente: El oficio de la quimera. Alejandro Macgregor González. Editorial Los aluxes. Mérida, Yucatán, 1984. 56 p.