ABOLIDAS
las paredes, entra el jardín a mi cuarto:
Pócimas, conjuros, libros de magia...
Recorro el bosque en busca de hierbas y musgo,
añado el corazón de un colibrí al bebedizo,
hojas de menta, alas de un hada, cuarzo...
Bruja, bacante, sibila:
salmodio en lenguas extrañas y me sosiego
en la semilla de la ensoñación.
A la mañana siguiente, saludo, comedida,
a quienes presenciaron estos sucesos
y fingen que nada pasó. Les pago con hojas de oro
su tolerancia. Tomo mis tijeras y sigo,
sin remordimientos, con la acción cotidiana
de cortar gajos y flores bajo la luz del día.
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