El Corazón de Ah' Canul - 70
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Calkiní, un bagaje de cultura no aprovechada
Adnrés J. González Kantún
Portada - 70
 

Tú vives en una ciudad colmada de tradiciones entremezcladas de gotas culturales y religiosas, venidas en parte, de la madre patria, una transculturación inevitable. Dos pueblos que a través del tiempo le dieron identidad al nuevo mundo en la conformación particular de la cultura variopinta en esta América nueva.

Tu ciudad, tu amada tierra calkiniense, forma parte de esa dualidad cultural. Una ciudad que conoces someramente por la costumbre, pero a profundidad en su esencia, no. Cuántas veces has mirado de reojo a tu templo mayor y exclamas regocijado: “¡Cuán hermosa es mi iglesia de San Luis Obispo! ¡Incomparable como ninguna!

Es loable tu comentario y tu admiración, pero se mantiene oculta parte de la verdad al decir bonita e incomparable porque cada detalle de sus varias partes del edificio fue construido con cierta intención premeditada. Una iglesia sobre una loma, un común denominador en casi toda América, y de construcción maciza con paredes de varios metros de espesor poseían el objetivo de alojar y proteger a los pocos españoles para defenderse en caso de un ataque de los pueblos sometidos. Y en su interior, una gama de espacios y paramentos con un significado particular. Te trasladas a su pórtico y observas por cada lado de la puerta principal columnas grecorromanas, espaciadas simétricamente, y arriba una torre cuadrangular, y espadañas vacías que en un tiempo colgaban campanas tañidas con diferentes mensajes para atraer a los piadosos del ayer y el hoy. Una iglesia es un libro abierto para cualquiera, pero plena de ignotos mensajes que se deberían desentrañar con el hechizo de la curiosidad.

Caminas por las calles principales de trazo reticular y te acuerdas que fueron construidas en 1579 por Fray Pedro Peña Claros con el apoyo de las autoridades Ah Canul que deseaban quedar bien con el colonizador para retener sus privilegios y con el rencor disimulado del linaje Canché que también fueron autoridades. Una calle principal adosada de casas coloniales propia para los dzules y las colindantes, como siempre, para los macehuales.

En este décimo mes del año de lunas y gremios, te trasladas a Kucab y Kilakán por tus tacos de cochinita y horchata, y en tu memoria recuerdas que fueron dos asentamientos humanos que fueron congregados en 1565 en Calkiní para facilitarle a los evangelizadores adoctrinar a los abuelos. Halachó, Mopilá, Nunkiní, Panbilchén, Sacalum, Sihó y Tepakam, eran los otros y Calkiní la capital.

Y en “Los Cantares de Dzitbalché” lees:

TU-CHI-NOH-HALTUN           a orilla de la poza en la roca…

Te recuerda un verso de uno de los Cantares, el número 7, que habla sobre la iniciación femenina, un ritual nocturno que alude a una danza en medio del bosque en donde centellea con la luz de la luna un cenote llamado Ix Halim en Calkiní... Una danza errante de lindas mocitas que se trasladan desde Dzitbalché a Calkiní, y te maravillas el cómo se van ensamblando nuestras historias, dormidas en el tiempo, y perdidas del corazón de la mayoría de sus hijos que no quieren saber la riqueza cultural del terruño.

Siempre ha pasado por tu mente la idea cimbreante de desvelar esa otra entrada y desconocida del cenote Ix Halim de tu tierra originaria para descubrir el secreto de sus entrañas, guardadas desde hace centenarios de años. Valdría la pena que las autoridades en turno se animaran a tomar esta idea que no me parece atrevida, sino apasionante para agregarle más saliva en tinta negra a nuestra memoria histórica. 

Ya te imaginas en ese mismo lugar (ahora el Ceibo) la presencia de nahuas e hispanos, bajo la tutela de Francisco de Montejo El Sobrino, tratando de calmar a sus hombres, frente la casa de Na Pot Canché por la toma desordenada de alimentos traídos por los abuelos para atenuar su hambre atroz. 

Y en una parte del Códice se describe el lamento de un calkiniense en el papel de porteador de los pertrechos bélicos de los dzules por el rumbo de Pocboc… Llegan también a Calkiní los primeros cerdos que los españoles cocinaban cuando les faltaba el alimento…

Este octubre es el mes de la campechanía que debe aprovechar la comunidad docente para trasmitirle a las generaciones nuevas todo lo relacionado sobre la cultura del ayer. Un espacio didáctico para inculcarles a los educandos el amor por la tierra nuestra. Para ese propósito se cuenta con documentos históricos que identifican a cada población. Dzitbalché, con Los Cantares de Dzitbalché; Nunkiní con el Ritual de los Bacabes; y Calkiní con el Códice del mismo nombre.

Es una lástima que no se aproveche en ese mes de campechanía algunos temas sobre la riqueza cultural tangible e intangible de nuestra tierra. Sería formidable que los maestros utilicen un breve momento cuando estén en clases para proporcionarles a los alumnos un poquito de la cultura calkiniense que en nada interferiría en sus programaciones. Pero debe ser sistematizado y en colectividad si se quiere obtener resultados positivos; un mes de campechanía se lo lleva el viento.

 

Gremio de la Capilla de San Ignacio de Loyola.

Calkiní, 17 de octubre de 2010. Foto: Santiago Canto Sosa.