El Corazón de Ah' Canul - 68
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Se cancela la fiesta de mayo de 2020
Andrés Jesús González Kantún
Portada - 68
 
Foto: Cortesía de Andrés Jesús González Kantún.
 

Pesadumbre total se percibe en las almas de los amantes de las fiestas tradicionales. El vocerío en las festividades ya no se escucha; los juegos mecánicos pletóricos de niños, ahora, en silencio; el clarín y la charanga en los tendidos de huano y madera, callados; el salón social, en plena soledad; la Negra Uc, una puestera de comida y antojitos, invisible; las oraciones y los cantos en la iglesia y procesión del día 13 parecen escucharse como un eco lejano en los oídos devotos de los feligreses; mi barrio de la Colonia un desierto, por todos lados. Una fiesta sin fiesteros que se cancela en este 2020 en la colonia, por causa de un contagio pandémico, el Covid 19.

Aquella vaquería de concurso que permanece enraizada en la nostalgia, parece resurgir de la nada en una escena fantasmal. Se advierte a una jovencita que se arregla cuidadosamente el rostro para estar más bonita de la que está, se recoge el cabello obscuro en una madeja y la adorna con un lazo de color amoroso. Los músicos de siempre, con la dirección de Arturo González, preparan sus instrumentos de viento y percusión, ya están listos para la tradicional jarana. En la algarabía nocturna se escuchan dos golpes de timbal y la danza de raíces andaluzas, retumban en la pista de baile con la pieza musical de apertura, los tradicionales Aires del Mayab. Los hombres de blanco miran retadoramente a sus parejas y se enfrascan en el lance más vibrante de una fiesta regional, la vaquería. Una pareja que contagia al restante de los bailadores para llenar el salón social. Ya se escucha el zapateado acompasado y clamoroso, y los trajes acrisolados en un enjuague de mil colores aletean en viento, y animan el ambiente de esa jarana de amistad y alegría. Los chasquidos de los dedos a semejanza de castañuelas españolas resuenan a un mismo tiempo en el ambiente folclórico. Los danzantes, en posición gallarda, zapatean gozosamente, y las mujercitas con esa sonrisa cautivadora invitan a comerlas a besos o a mordidas. Afuera, un enjambre de miles de ojos contempla regocijado el espectáculo público, y se retira del mapa escénico igual que los danzantes de la vaquería más reconocida en el Camino Real, en ese barrio de añejas historias ya escritas, la colonia de Fátima.