El Corazón de Ah' Canul - 65
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El 20 de noviembre y la Revolución Mexicana
Estela Hernández Sandoval
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La Revolución, el movimiento armado, “la bola” significó para muchos hombres del pueblo, días de intenso regocijo, alterado con días de zozobra, de abatimiento y de grandes peligros; esto lo escuché de algunos que participaron en ella.

La aventura maderista fue en verdad disparatada, pero no faltó quién la siguiera. Madero proclamaba: ¡Sufragio efectivo, no reelección! Esta arenga no encontraba eco en el pueblo, en el verdadero pueblo y por eso don Porfirio lo toleró por mucho tiempo, aunque un día, lo encarcela, para dejarlo escapar poco tiempo después. Eran tiempos de elección (8ª reelección para Díaz, quien lo festejó en grande en el Centenario de la Independencia).

Después de la evasión, el 5 de octubre de 1910, Madero proclama su Plan de San Luis, en él contempla la nulidad de las elecciones recientemente efectuadas, reafirma su principio de la no reelección y reclama para sí la presidencia provisional, a la vez que, convoca a un levantamiento armado para el 20 de noviembre de ese mismo año.

Algunos responden a ese llamado, en Coahuila, Chihuahua, Sonora y Zacatecas. En Puebla es descubierto y masacrado un puñado de maderistas dirigidos por la familia Serdán. Este hecho y su anuncio con grandes titulares que la prensa publicara, exacerbó algunos ánimos, pero el pueblo, la gran masa, hasta esos momentos, seguía sin moverse.

Clave para encender este movimiento fue, ¡como siempre! Estados Unidos, que en su apoyo a los maderistas y por un conflicto surgido con Porfirio Díaz, en marzo de 1911 moviliza a 20000 hombres hacia la frontera y envía a cuatro cruceros hacia Tampico, amenazando con movilizar 20000 hombres más si no se daba la renuncia de Díaz. Entretanto tenía lugar en nuestro país, pequeñas escaramuzas protagonizadas por Pascual Orozco y Francisco Villa, maderistas ambos, quienes toman ciudad Juárez, un pueblo miserable, polvoriento, perdido en la frontera donde tienen lugar las negociaciones entre “los alzados” y el gobierno.

Aquí, en ciudad Juárez se toman los siguientes acuerdos: la renuncia de Díaz, la permanencia del estatus porfiriano (un gobierno interino controlado por el parlamento en ejercicio, el ejército porfirista, ministros, etc.) y nuevas elecciones. Esta moderación de Madero hace que, muchos de los involucrados en el movimiento revolucionario empiecen a nominar la “I” del segundo nombre de don Francisco, corresponda a “Ingenuo”.

Los Acuerdos de ciudad Juárez, indulgentes hacia los oficiales del antiguo régimen, el nombramiento de Carranza como Ministro de Guerra Provisional, hacen que tanto Pascual Orozco como Francisco Villa, manifiesten su oposición y se levanten en contra de Madero.

Finalmente, Díaz, viejo, cansado, enfermo, abandonado por sus partidarios, decide embarcarse rumbo a Francia, el 25 de mayo de 1911, según dijo, para evitar mayor derramamiento de sangre.

El 7 de junio entra Madero a la ciudad de México, solo, sin escolta y, ahora sí, el pueblo participa lleno de fe y esperanza.

En tanto Henry Lane Wilson, embajador de Estados Unidos en nuestro país, protagonista en esta etapa escribe a Washington: La revolución no ha terminado, Madero caerá muy pronto.

Con el paso del tiempo y tras pronunciamientos de Madero, fueron uniéndose a él, los desheredados, los despojados por latifundios, los marginados, los sin nada, con la ilusión de obtener o recuperar un pedazo de tierra y mejores condiciones de vida.

Ahora sí, miles y miles de gentes del pueblo se le unieron, transformando al movimiento de político a una verdadera revolución social. Uno de ellos fue mi abuelo materno, Jesús Sandoval Medina, hombre de espíritu quijotesco, crítico y liberal, quien allá por la década de los 50 del siglo XX, recibiera la visita, en su casa, de una comisión de correligionarios villistas quienes le llevaban la noticia y los formularios respectivos para que llenara, de que el gobierno les iba a conceder una cantidad mensual durante el resto de su vida; a lo que mi abuelo aunque viejo y cansado, pero aún ecuánime, contestó “Yo no luché por una pensión, yo luché por un pedazo de tierra para trabajar, y ésta noblemente me ha proporcionado una forma honesta de vivir y a hacerlo sin grandes carencias. También luché porque mis descendientes tuvieran mejores condiciones de vida que las mías, y tengo nietos estudiando. Ambas cosas las conseguí, la pensión está demás, ¡no la quiero!

Ahora, transcurridos 109 años del inicio de esta gesta, en que los mexicanos celebramos con un desfile deportivo y surgen “las adelitas” y los discursos ensalzando a esos héroes y heroínas que lucharon por mejores condiciones de vida, cabe reflexionar sobre lo siguiente:

Es verdad que hemos progresado, que tenemos una mayor educación, recibimos servicios básicos de salud, tenemos agua y energía eléctrica, pero, aún existen mexicanos, igual que nosotros, que viven en la miseria total, que tienen tal grado de rezago, que para ellos no se hicieron realidad los sueños revolucionarios de que sus hijos y los hijos de sus hijos vivieran en un país “más parejo”

Tenemos una gran deuda social al respecto.