El Corazón de Ah' Canul - 63
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Una feliz mentada de madre
Carlos Estrada Arcila
Portada - 63
 

A mediados del siglo pasado llegó, para quedarse a vivir en Calkiní, Don Panuncio Patiño, un señor chiapaneco muy trabajador y muy amigable.

Después de muchos años de haber salido de su pueblo, y a pesar del cariño que ya le tenía a Calkiní, a Don Panuncio le invadió la nostalgia por su tierra natal y decidió ir a visitarla. Adquirió un boleto de autobús y después de viajar por tierra, y cruzar en pangas mares y ríos, una noche llegó a su pueblo y se hospedó en un modesto hotelito.

Al día siguiente, Don Panuncio fue al domicilio donde sabía que vivían unos familiares, pero al llegar a él recibió de los vecinos del lugar la triste noticia de que también sus familiares habían abandonado el pueblo en busca de mejores lugares para vivir.

El resto de ese día, y la mañana del siguiente, sin haber encontrado a algún amigo de su infancia y juventud, los dedicó Don Panuncio para recorrer los lugares que le traían nostálgicos recuerdos de un lejano ayer que, tristemente, no tenía con quien compartir.

Apesadumbrado porque no había reconocido a ninguna persona del lugar, y nadie lo había reconocido a él, Don Panuncio compró su boleto de regreso a Calkiní y por la tarde, con su veliz en la mano, fue al parque de su pueblo y se sentó en una de las bancas para esperar la hora de ir a la estación de autobuses.

Allí, en el parque de su pueblo, estaba Don Panuncio molesto, cansado y triste, cuando un hombre mayor de edad que frente a él pasaba se detuvo, lo miró detenidamente y abriendo los brazos para estrecharlo con cariño le dijo: ¡Panuncio, hijo de tu puta madre, qué gusto me da verte!

A Don Panuncio se le hicieron cortas las horas recordando con su amigo las aventuras que habían vivido durante su infancia y juventud y de regreso a nuestra Atenas del Camino Real contaba las peripecias de su viaje y que en el parque de su pueblo había recibido, sin lugar a dudas, la mentada de madre más feliz de su vida.

Reflexión: Dependiendo de quien lo diga, y quien lo reciba, no todo insulto es ofensivo ni toda alabanza es grata a los oídos.