El Corazón de Ah' Canul - 63
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Me pesa creerlo
Andrés Jesús González Kantún
Portada - 63
 

Foto: Cortesía de Andrés Jesús González Kantún

 

Me llega a casa un viejecito albañil, platicador ameno, por cierto, del poblado de Chunhuás (antiguamente una hacienda del señor Font) para construir en mi terreno un chaletito que traía escondido en mi mente. Se sabía de pe a pa la política municipal y estatal de hace muchísimos lustros, y de los chanchullos cometidos cuando se celebraban elecciones. Nombres y más nombres de políticos conocidos salían a borbollones de su boca casi destentada y poseía una memoria fotográfica que develaba sus andanzas por mar y tierra, dejándome atolondrado, y a cualquiera que lo llegase a escuchar.

Fue comisario de una tierra rústica de apenas 400 habitantes y consejero de las autoridades en turno, así como se acostumbra en los pueblitos folclóricos.

Hablaba con mucha soltura la lengua maya que prefería escucharlo para fortalecer la mía, su estilo de hablar no me aburría. A mí me encanta ejercitar ese arte de atender el baile de las palabras, exenta de frivolidades, de aquella gente que le sobra. Era un hombre rudo en el trato y cuando hablaba revolvía su discurso con palabras de los abuelos blancos, lamentablemente la verdadera lengua maya ya se perdió en la evolución de los tiempos.  Muy reflexivo y se hacía preguntas tales como de dónde vinimos, hacia dónde vamos, la razón de estar en este mundo, y los diluvios platicados por sus ancestros, el origen de su apellido Itzá, cómo se construyeron los edificios mayas, y por qué  los descendientes actuales de la raza cobriza son muy dejados actualmente en el conocimiento, según su apreciación,  y yo me quedaba callado, especulando en este hombrecito, hijo de nuestros abuelos mayas, haciéndose abstracciones que otros linajes más desarrollados ya se habían formulado a sí mismos para desentrañar los objetivos de la raza humana y de su presencia en este mundo. Preguntón a diestra y siniestra… y yo enredado en sus razonamientos al responderle con mis escasos conocimientos recluidos en mi acervo cultural acerca del pasado mesoamericano.

Se me olvidaba aclarar que acordamos en comunicarnos, las veces que se pudiera, en lengua maya para vigorizar la de mis abuelos quichés y procuré usarla, todo el tiempo, mientras conversaba. Cuando se me atoraba le hablaba en español, y él hacía lo mismo, pero atravesadamente y me acordé de Gerónimo de Aguilar. Siempre he creído que una lengua original podría mantenerse viva solamente si se habla continuamente y no con tantas estrategias superficiales inventadas por los dedicados a su conservación.

Yo escuchaba muy atento su matraqueo verbal hasta que me detuve un instante en un comentario interesante que chismorreó con mucha agitación:

—Profe, profe, cerca de mi pueblo —no me acuerdo el nombre que me dio porque era palabra maya— he visto unas piedras labradas que parecen barquitos, se encuentran apiladas a un lado de unos cuyos (vestigios mayas) cerca da una estancia ganadera llamada X’ Huelem, no muy lejos de Chunhuás. No me explico cómo lo esculpieron los antiguos si no conocían el metal. Si quiere los podemos traer en su platillo volador —se refería a esa camioneta colorada que tengo y que la usé en tres viajes para acarrear de su tierra piedras aplanadas, talladas empíricamente por la naturaleza para adornar la fachada de mi salón de fiestas, adobadas con el alma en el servicio que le damos a nuestros clientes. Cuando guste usted, profe, ya sabe…

Inmediatamente, apareció un tsunami literal en mi memoria sobre una ojeada hecha en un libro de los Cantares de Dzitbalché (Cantar diez) cuya autora es Martha Ilia Nájera Coronado que narraba:

“(…) decían que los hombres llegaron a ser tan corrompidos en su moral, ridículamente degenerados en su cuerpo, habiendo llegado a ser pequeños y gibosos, verdaderos enanos (ppuzoob), pues aún en la edad del perfecto desarrollo parecían niños de diez años (…) (Carrillo y Ancona, 1937: 168).

Por ello, la deidad llamada Noh Yum cab decidió enviar un diluvio y sólo un hombre justo se salvó, pues obedeció a Dios, que le mandó que labrara un banquillo de madera para que cuando el mundo se inundara pudiera salvarse; los demás se burlaron de él y los fabricaron de piedra; al terminar la catástrofe el único que pudo flotar fue el hombre bueno…

Carajos, se me emparejaron muchos enigmas en mi pensamiento sobre aquel diluvio descrito en el Popol Vuh coincidente con la biblia y su héroe Noé, y en la historia mesopotámica, y en muchas otras culturas y se me cimbró el ánimo al preguntarme, ¿hubo en realidad un diluvio universal? Son muchísimas culturas que hablan en episodios sobre lluvias incesantes…

Me pesó creerlo, y solo atiné a responderle con vacilaciones:

—Gilberto, en cualquiera de estos días vamos a traer esos barquitos o banquillos de piedra, ojalá no nos descubra la autoridad porque está penado por la ley.

—No pasa nada, profe —me contestó alegremente.

Gilberto Itzá Trejo, aún tiene bastante bagaje histórico para contar, es cuestión de darle cuerda y se suelta sin interrupción por varios siglos para remover el pasado de sus tatarabuelos, y aprovechar esos momentos   para guardarlo en mi cajita mágica para darle luz algún día, y además no desperdiciar su natural verborrea nativa para que mi lengua materna resplandezca en mí como un legado inolvidable de mis antepasados. Una lengua materna que me llena de orgullo ejercerla en cualquier oportunidad que se me presente para jugar con ella, principalmente en mi escuela en donde los jóvenes, en su mayoría, la aprecian y la tamborilean en su lengua juvenil.