El Corazón de Ah' Canul - 63
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La realidad de los ancianos
Teresita Durán
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El tiempo no se detiene. La música del reloj marca el compás de los días; el almanaque deja pasar los meses, la floración, lluvias, tardes ardientes, el frío y las fiestas. Con el devenir de los años, las personas atesoran vivencias, aprendizajes y recuerdos. Cada ser humano tiene su propia historia.

Quizá alguien se atemorice por la edad y las canas, añore detener el tiempo, teñirse el cabello o empiece a obsesionarse por envejecer.

El reloj podrá quedarse sin pilas, pero las auroras no; los ocasos seguirán, nuevos otoños y primaveras llegarán. Padres e hijos seguirán celebrando cumpleaños. Los primeros llegarán a la ancianidad, los hijos experimentarán la adultez. Cuando eso sucede, los descendientes al mirarse en el espejo, exclamarán ¡ya estoy quedando viejo!

Las arrugas en la piel, la fragilidad física y los cambios naturales en el cuerpo son señales de la evolución. Crecer y envejecer son procesos fisiológicos. Con las décadas, la gente crece en vida.

Ancianidad

Cuando papá y mamá tienen la bendición de celebrar más de ochenta años, posiblemente necesiten apoyo y compañía. ¿Quién de la familia atenderá esas necesidades?

En ocasiones, esa situación genera conflictos, aun cuando exista comunicación en el hogar, el distanciamiento ronda, las discusiones suelen ser inevitables.

Los padres ancianos que gozan de salud mental y fortaleza física tienen autonomía, no así, aquellos cuya condición motriz y/o cerebral limita su independencia. Estar cerca para apoyarlos, invita a tener voluntad individual, disponibilidad y un alto volumen de amor.

¿Quién los cuidará? ¿Quién se encargará de los gastos de alimentación y salud?  ¿Quién lavará la ropa, limpiará la casa? ¿Y el dinero? Son tantas las preguntas, a veces sin respuestas ni responsables para tales tareas. La triste realidad en los últimos días de muchas laboriosas mujeres y valientes hombres que durante sus años mozos, eran vitalidad y audacia.

Si el abuelito recibe algún tipo de pensión, ayuda económica, o tiene un familiar con ingresos suficientes, es posible, un entorno menos agresivo que el abandono.

La invalidez en la vejez aunada a las condiciones de salud mental (por ejemplo, demencia senil, Alzheimer) son circunstancias especiales que dificultan la atención, ameritan la ayuda de todos. Razones suficientes para invocar la solidaridad en la familia, promover la corresponsabilidad y la negociación, pues se requerirá tiempo, dinero, apoyo profesional de médicos, gerontólogos, esfuerzos y muchas ganas de compensar ese cariño infinito que cuando niños los hijos recibieron. Dejo a la conciencia de cada persona estos pensamientos.

Cada familia tiene su propia aldea, establece sus normas de convivencia y en su microcosmos goza el ejemplo de sus ancestros. Desde lo profundo de mis recuerdos y la educación que recibí, un padre o una madre anciana es vida, no un objeto inerte, sino un corazón que palpita, un cuerpo cálido en espera de un abrazo.

Continuemos el viaje… tal vez descendamos a esa estación, cuando eso suceda ¿quién estará para recibirnos? ¿Con quién compartiremos la ancianidad?