El Corazón de Ah' Canul - 61
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Un dóberman
Xenia Fuentes
Portada - 61
 


Imagen proporcionada por Xenia Fuentes

 

Hace 38 años, Dzibalchén era una población muy pequeña. Sus pobladores se dedicaban a la agricultura y a la apicultura, así como a explotar maderas preciosas para la elaboración de muebles y la fabricación de triplay, pues cuenta con un aserradero que hasta la fecha continúa dando trabajo a los pobladores.

Mary llegó a radicar al pueblo; en ese entonces contaba con 21 años de edad, tenía una larga cabellera rizada, ojos muy vivarachos, una linda sonrisa y medía 1.70 m de estatura.

Por casarse muy joven no ejerció su carrera de contadora y se dedicó al cuidado del hogar, era madre de un par de gemelitas de diez meses. Antonio, su esposo, es maestro y trabajaba en la escuela secundaria.

Rentaban una casa de bloques con una recamara, una pequeña sala, la cocina, y un gran patio con árboles frutales. Las puertas de la entrada y la que dividía la sala de la cocina eran muy fuertes y bien hechas, sin embargo, la que tenía acceso al patio era de tabla rústica y de 1.6 m de alto con separaciones de diez centímetros, al no cubrir completamente el marco, quedaba un gran espacio que servía de ventilación.

En el cuidado de sus pequeñas y las labores domésticas se le iba el tiempo, por lo que tenía que planchar por las noches. Ese martes, después de dormir a sus pequeñas, va a la cocina e inicia esta actividad. De pronto, escucha un jadeo, estaba tan concentrada que no le dio importancia, sin embargo, a los diez minutos aproximadamente lo escucha  de nuevo y en esta ocasión, sí levantó la vista y lo que vio la dejó paralizada: era un enorme perro doberman, con un par de ojos rojos muy brillantes, las orejas paradas y la lengua fuera del hocico; estaba de pie observándola, su cabeza sobresalía de la puerta y como la luz del patio estaba encendida, pudo darse cuenta que ese diabólico animal se sostenía con sus patas traseras.

¡No podía creer lo que veía! y casi se desmaya del pánico; intentó hablar, pero no consiguió emitir sonido alguno. ­—¡Dios bendito, ayúdame! —imploró mentalmente. Sentía que el corazón se le salía del pecho y su respiración era agitada. Al fin logró pegar un grito, despertando a Antonio, que sale inmediatamente preguntándole qué sucedía; ella le explicó lo que acababa de ver, y él, tomando un machete salió al patio, recorriéndolo palmo a palmo sin descubrir rastro alguno del animal.

Al regresar, la interroga: —¿Estás segura de lo que viste?, aquí nadie tiene un perro doberman; recorrí todo el patio y no vi nada, además todo está bardeado, no puede saltar tan alto.

Ella le respondió: —Las luces del patio están encendidas, por eso pude ver claramente que se trataba de un enorme doberman; estaba parado del pretil y su cabeza quedaba exactamente sobre la puerta.

Antonio replicó: —Este es un pueblo pequeño y de bajos recursos, no creo que alguien pueda comprarse un perro de esa raza. Ya, vamos a dormir que mañana debo madrugar.

Mary, toda sobresaltada y con la piel enchinada, lleva la ropa planchada al clóset, y la que no pudo planchar, la deposita nuevamente en la canasta. Tuvo un sueño muy intranquilo, pues, cada vez que cerraba los ojos se imaginaba ver de nuevo al enorme perro de ojos diabólicos.

A la mañana siguiente, se levanta a las seis en punto; le prepara el desayuno a Antonio que parte a sus labores un cuarto para las siete. Ella también desayuna, aprovechando que sus nenas duermen plácidamente e inicia su rutina mañanera. Se encontraba barriendo el frente de la casa cuando pasa doña Yoli; que, deteniéndose le saluda alegremente.

Ella, estaba pálida y ojerosa, por eso la señora le preguntó si se encontraba bien; entonces, aun sintiendo pánico y el corazón acelerado, le platica lo sucedido la noche anterior.

Doña Yoli riéndose le dice: —Ya sé de quién se trata. Es don Elut.

—¿Don Elut?, no es posible, él es una persona muy amable y respetuosa, todas las tardes pasa y me saluda —respondió Mary.

—Por eso mismo, cuando una mujer le gusta la merodea por las noches, convertido en un enorme perro negro —afirma doña Yoli.

—¿Y usted cómo lo sabe? —Interrogó Mary.

—Porque en una ocasión doña Rogelia, la vecina, fue a visitar a su mamá que vive a la salida del pueblo y a su regreso como a las diez de la noche, venía platicando con su esposo y su hija; de pronto, escucharon ruidos muy extraños, se detuvieron intrigados pues no se veía nada ni nadie alrededor. El miedo los hizo correr a guardarse tras un enorme laurel que estaba a pocos metros de distancia; entonces, al asomarse, reconocieron a don Elut que se había parado exactamente en medio del crucero y dando nueve volantines hacia adelante y nueve volantines hacia atrás se convirtió en un enorme perro negro.

Mary casi se desmaya de la impresión por el comentario de la vecina.

—¡Madre mía! —Exclama Mary—. Eso significa que don Elut, ¡es un brujo!

—Efectivamente, cada vez que alguna joven guapa, como tú, llega al pueblo, sale en las noches convertido en un gran perro negro para observarla. Así que, ¡cuídate vecina! —Se alejó diciendo doña Yoli.

Mary, a partir de esa aterradora experiencia, durante los dos años siguientes que vivió en Dzibalchén jamás volvió a planchar de noche, aunque su esposo mandó a hacer una gran puerta de cedro para la cocina.

Antonio acepta un cambio de adscripción y se muda con su familia a la ciudad de Escárcega.

En cuanto a don Eleuterio o Elut como le llamaba la mayoría de vecinos, falleció hace algunos años. Sin embargo, comentan los pobladores que su espíritu continúa transformándose por las noches en un inmenso doberman de ojos diabólicos, ya que alguna joven ha visto a un enorme perro observándola.

Es por eso que dicen, cuentan, hay quien asegura… que el alma negra de Don Elut vaga todavía, convertido en un gran perro negro… y cualquier muchacha joven y guapa que se aventure alguna noche a pasar por Dzibalchén… podría encontrárselo.