El Corazón de Ah' Canul - 60
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Teresa
Guadalupe Berzunza Fuentes
Portada - 60
 

Paseando por la orilla de la playa, me encontré con un hombre mayor que, sentado en una roca, miraba fijamente el horizonte marino.

Al pasar cerca de él, me llamó la atención el semblante tan triste que mostraba; acercándome, comenté:

─Hermoso atardecer, ¿No le parece amigo?

Volviendo la mirada hacia mí respondió:

─Tal vez lo sea joven, pero a mí ya todo me parece igual.

─Posiblemente por la costumbre de verlo todo el tiempo, ¿no? ─Respondí.

─¡Ojalá fuera eso!, no amiguito, los recuerdos no me permiten apreciar el paisaje en todo su esplendor.

─Recuerdos… de alguna aventura marina, me imagino.

─De una historia que marcó mi vida para siempre, y que hoy precisamente se cumplen 20 años de haberla vivido.

─Por la cara que le veo ha de haber sido algo terrible.

─Para mí sí, y como observo que he despertado tu curiosidad te la contaré, sirve que me hace aliviar un poco mi pena.

Sentándome a un lado del amigo, me dispuse a escuchar tranquilamente su relato:

Hace algunos años, vivía en el poblado cercano una hermosa joven llamada Teresa, de cuerpo delgado y fuerte, tez morena, cabello largo que le llegaba a la cintura, rostro hermoso de finas facciones y ojos verdes de mirar profundo. Una belleza de mujer.

Tere, como le llamábamos sus amigos, era una chica jovial y traviesa, pues gustaba de jugarnos algunas bromas. Ella era pescadora como nosotros, debido a que su padre ya anciano no podía solo con el trabajo, por lo que Tere le ayudaba con el manejo de la lancha y la tirada de las redes. Como desde jovencita se había iniciado en la pesca, se había convertido en una mujer muy diestra para ese trabajo.

Siendo hija única, su padre la adoraba, pues la madre de Tere había fallecido cuando ella era aún niña. Fuimos grandes amigos desde pequeños; con los otros chicos de nuestra edad formábamos un grupo muy unido, después del trabajo nos reuníamos para conversar e intercambiar sucesos que habíamos presenciado durante nuestra travesía por el mar: Que Alfredo logró ver un delfín, que Marcos pescó una mantarraya, que a Juan le quemó una medusa, etc. etc. Todo entre risas y albures. Cuando terminábamos nuestra charla juvenil, corríamos a nuestras chozas a bañarnos y disfrutar nuestra cena.

Algunas veces Teresa, después de cenar, se subía a su lancha y navegaba mar adentro, se sentaba sobre las redes y se ponía a cantar hermosas canciones, hasta la orilla nos llegaba su dulce voz; sus amigos sabíamos que le cantaba al mar, era un momento muy íntimo para ella y nadie osaba interrumpirla.

Así, fueron pasando algunos años. El padre de Tere falleció y ella quedó sola, entonces nos reunimos los amigos más cercanos y decidimos que era tiempo que alguno se casara con ella; secretamente, todos teníamos el deseo de que se enamorara de nosotros, pero claro, tenía que escoger a alguno. Acordamos que cada quien le declararía su amor y ella elegiría al adecuado; jugamos unos volados para saber quién sería el primero y sucesivos, elegí ser el último, por temor a ser rechazado; así, si elegía antes de que me tocara ya no pasaría le vergüenza de que no me aceptara.

Intentaron todos nuestros amigos y ella no se decidió por ninguno, así que arriesgándome también a ser rechazado, una noche de luna llena en que la descubrí paseando por la orilla del mar, me le acerqué como si nada y después de un rato de plática banal le insinué que yo la amaba desde niño y que me preocupaba el que estuviera viviendo sola, que mi deseo era poder protegerla como su esposo si ella aceptaba.

Teresa detuvo su caminar y, mirándome fijamente a los ojos, me dijo:

─Carlos, nos conocemos desde hace mucho y de entre todos los amigos siempre he sentido por ti un cariño especial; desde hace unos meses he comenzado a extrañar tu compañía, a recordar tu risa cuando te hago bromas, a interesarme por todo lo tuyo, eso creo que significa que estoy enamorada de ti… ¿No?

No pude contestarle, pues dentro de mí sentía una gran alegría, un gozo indescriptible que lo que hice fue atraerla hacia mi pecho y fundirnos en un abrazo cálido y amoroso.

Desde ese día Tere fue mi prometida; los amigos se enteraron y entre bromas y chascarrillos no tuvieron más remedio que felicitarme por mi supuesto triunfo.

Mientras se realizaban los preparativos para la boda, mi hermosa novia y yo, al terminar nuestra labor pesquera y después de cenar, nos reuníamos para charlar y hacer planes para el futuro. Estaba tan entretenida en los preparativos y el trabajo que se le olvidó por completo volver a cantarle al mar.

Por fin, llegó el día esperado; después de la ceremonia en la pequeña capilla del pueblo, nos trasladamos al embarcadero, pues era costumbre que los nuevos esposos dieran un paseo en lancha por la costa acompañados por familiares y amigos cercanos.

Mi novia lucía preciosa, con su vestido blanco y su largo velo que revoloteaba con el viento haciéndola reír. El día lucía poco soleado, pero no le dimos importancia dada la alegría que nos embargaba.

Ya instalados en la lancha, comenzó el recorrido, todo tranquilamente. Al dar vuelta la lancha para regresar, se soltó bruscamente uno de los aparejos, causando que mi Tere que se encontraba en la orilla de la lancha cayera al mar, al mismo tiempo que un fuerte viento, nubes negras y olas altas nos señalaban que había iniciado una tormenta. Rápidamente, me tiré a las aguas encrespadas, tratando de envolver su cuerpo con mis brazos, pero… ya no la vi. Me sumergí varias veces y no la encontré; al igual que yo, tres de nuestros amigos también se lanzaron al agua para ayudarme, pero todo fue en vano.

Nos ayudaron a subir de nuevo a la lancha, tenía la esperanza de que como ella era buena nadadora hubiera encontrado la forma de salir a flote, aunque fuera un poco lejos de donde nos encontrábamos. Poco a poco, fue pasando la tormenta y todo volvió a estar en calma; en la lancha todos nos preguntábamos donde estaría Teresa. La lancha nuevamente fue puesta en acción, realizando varios recorridos por la costa, pero todo en vano, ni siquiera su cuerpo inerte podíamos vislumbrar.

Cayó la noche y regresamos al muelle; todos retornaron a sus hogares, yo me quedé en la lancha, con la esperanza de escuchar su llamado en cualquier momento, pero eso no sucedió. Pasaron los días, meses y años, mi querida Tere se convirtió en leyenda; unos dijeron que el mar se había enamorado de su voz y por eso se la llevó; los más racionales me dijeron que posiblemente el velo le envolvió la cara, asfixiándola e impidiendo que pudiera nadar, por lo que alguna corriente marina la llevó muy lejos. Nunca se encontró su cuerpo, ni siquiera en algún poblado de la costa aledaña.

Por eso me ves aquí muchacho, todos los días he tratado de poder escuchar la voz de mi novia cantándole al mar, y aún no lo he logrado.

Se hizo un largo silencio, durante el cual al observar la cara del hombre pude ver como gotas de agua correr por sus mejillas; me levanté turbado e inmediatamente me despedí, dejándolo de nuevo solo con su pena. Mientras caminaba de regreso al poblado, me pareció escuchar entre el ruido de la brisa vespertina como en un susurro una voz de mujer cantando.