El Corazón de Ah' Canul - 60
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El Sol: una tienda peculiar
Felipe J. Castellanos Arcila
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Entre las décadas de los años 40 a los 70 del pasado siglo XX, en nuestra pequeña ciudad florecieron algunas tiendas de abarrotes de tipo familiar, entre otras, la de don Benito Sánchez con la ayuda de sus hijas, de las que no recuerdo nombres; “La Primavera”, de don Antonio González y sus hijos Juan, Felipe “Pilín” y Mariano; “La Teresita”, de don Felipe Suárez “Pinos”, con su esposa e hijos, Felipe “Huxaco” y “Gil”. Otras de estas tiendas de antaño: “La Japonesa”, de la familia Mayor, y “El Sol”, ubicada en el cruzamiento de las calles 20 y 23, en una antigua casa colonial en cuya fachada, en bajo relieve, ostentaba la figura de un sol, de ahí el nombre. Esta tienda era de la propiedad de mi padre don Antonio Castellanos González “don Tonito”, que atendía con la ayuda de Raúl su hijo, su hermano Gustavo y sobrino Pastor.

Esta tienda, como las otras, prestaba servicio todos los días de 6 de la mañana a las 12 del mediodía y de las 3 de la tarde a las 8 de la noche; sin embargo, en esta tienda se daban aconteceres que la hacían diferente con respecto a las demás.

Entre otras peculiaridades, vienen a mi recuerdo las siguientes: a la entrada de la tienda en el espacio entre las amplias puertas y el mostrador, su dueño colocaba una gran caja de madera (fanega, unidad de medida de granos) llena de mazorcas de maíz y dos pequeñas bancas a sus lados, en las que muchos de los clientes se sentaban en espera de ser atendidos o en su defecto permanecían en amplia plática con el dueño. Cabe señalar que mi padre era excelente platicador con dominio de muchos temas científicos y culturales, de su vasta preparación autodidacta y, en tanto transcurría la plática, las mazorcas eran desgranadas de buen agrado por sus clientes.

Otra de las singularidades, era que muchas de las mujeres que esperaban el nacimiento de alguno de sus hijos, acudían al dueño de la tienda para preguntar el sexo del bebe en espera; a don Tonito le bastaba una mirada para augurar con toda autoridad <tendrás un niño> y enseguida recurría a su libreta de contabilidad en la que al margen anotaba el nombre de la madre, la fecha y hora y, finalmente, la respuesta de su augurio, en la que con sumo cuidado anotaba el sexo opuesto al dicho con anterioridad, de esta manera si había reclamo de equivocación, se recurría a la libreta y asunto terminado, así la fama de que era muy atinado en sus predicciones se fueron acrecentando.

Por las tardes, al declinar el sol, la caja de granos y las bancas salían al exterior de la tienda, en espera de otra clase de clientes, de los que acudían a participar de temas del diario acontecer o de quienes acudían a ampliar sus conocimientos de  cultura en general; entre los asistentes a estas tertulias: don Fabián Arcila Rojas (reconocido Profesor y Oficial del Registro Civil), don Ramiro Lizárraga (Administrador de Correos), don Antonio Flores dueño del único vehículo automotor de renta en Calkiní. Los fines de semana se integraban al grupo don Modesto Estrada y el culto doctor Eduardo Baeza García; de asistencia breve de todos los días don Pepe Fernández (Panadero), que acudía a la entrega de sus productos para su venta, pero que atraído por los temas de la conversación quedaba atrapado, con descuido de su propio negocio de la panadería y, desde luego, cuando el tiempo de atención a sus clientes se lo permitía, se contaba con la participación del anfitrión.

También por las tardes, a la salida de la sesión vespertina de la escuela, algunos escolares acudían con el propósito de rentar una pequeña bicicleta, la única en ese tamaño existente en Calkiní, con la cual aprendimos a manejar todos los niños de esa generación. En posesión de la bicicleta se acudía al aprendizaje en la explanada cubierta de zacate de lo que hoy es el parque principal; los que decían ya haber aprendido pasaban por una prueba consistente en bajar la rampa del altillo del Templo de San Luis Obispo, a cuyo pie existía un corte en la superficie a causa del paso de las carretas; quienes se deslizaban raudamente sin caer al paso del corte, quedaban consagrados como ciclistas; quienes no, a curar sus raspaduras en la piel o a cargar la pequeña bicicleta, que de tanto tumbo, en ocasiones salía igualmente deteriorada.

En la década de los años 50 se introdujo a Calkiní el servicio telefónico, con una Oficina Central y 24 teléfonos domiciliarios. Para establecer la comunicación, primeramente se llamaba a la Central y ésta a su vez al número de teléfono solicitado; de estos primeros aparatos uno se ubicó en la tienda “La Primavera” y otro en “El Sol” con los cuales se brindaba servicio al público. Los niños de esa época, ávidos por conocer de la modernidad, previo acuerdo, acudían a cada una de las tiendas mencionadas y establecían la comunicación deseada. De esta manera, dimos el salto en la comunicación, dejando a un lado el teléfono de las latitas unidas al extremo de un largo cordel por uno de verdad.

TIEMPOS IDOS QUE NO VOLVERÁN.