El corazón de Ah' Canul - 58
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Letras Provincianas
Mi quimera favorita
Jorge Jesús Tun Chuc
Portada - 58
 
Foto proporcionada por Jorge Tun Chuc
 

“La conciencia es la voz del alma,
las pasiones, la del cuerpo”.

William Shakespeare.

 

La tarde se apagaba en una emocionada caricia del sol en retirada. La musa de caminar airoso, con una cadencia sensual elevaba su hermosura hasta el cenit. Su luminosa estampa de buena cepa, era semejante a una aparición mariana, una divinidad sacada de un cuadro sacro de un artista renacentista.

El claroscuro de la hora y la luz artificial le daban a esta deidad terrenal un aire de exótica belleza. Su cabellera que caía sobre sus femeninos, delicados hombros, era una oscura, abundante cascada del color extraordinario de la noche. Esos ojos soñadores bajo la sombra de sus pestañas le daban a su mirada, el encanto de la seducción.

Ella caminaba sensualmente luciendo sus generosos atributos que arrastrarían al delirio hasta a los mismos dioses del Olimpo. Con un aire sobrio de coquetería elegante, parecía ignorar las miradas de ambos géneros que se fijaban en su dulce y magnética presencia. Por momentos, ella caminaba como desconectada de su entorno, como adentrada en insondables pensamientos, o en no sé qué sueño. Como su mente estaba ausente, no se percató de mi presencia.

Sin poderlo evitar una poderosa fuerza me hizo detenerme, al fin estaba yo frente a la muchacha más hermosa que mis ojos hayan visto. Solo pude decir:

─¡Hola, chica! Ella respondió ─¡Hola! Esbozando una blanca, luminosa y reconfortante sonrisa, tan bella como una radiante alborada. Ella continuó su marcha. No pude contener mi impulso de dar la media vuelta para mirarla absorto alejarse hasta perderse en la distancia.

Casi al instante, sentí en mi interior una extraña, placentera, más bien dulce sensación de que mi corazón aún es joven. Mientras tanto, María del Rosario continuaba su paseo como una diosa de ébano, deslumbrante de sublime belleza.

Mi quimérica visión con aires de ilusión duró apenas unos minutos, suficientes para adentrarme en esa dimensión maravillosa. Al desvanecerse el encanto, solitario continué caminando por la calle inmerso en mis pensamientos.