El corazón de Ah' Canul - 58
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En una familia de músicos, dos músicas
Andrés J. González Kantún
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Nilda y Socorro Rodríguez Gutiérrez. Fotos: Cortesía de Socorro Rodríguez
 

¡Oh qué tiempos aquellos! Época en que la música, una fuente inagotable en Calkiní, era el oficio de mucha gente, un modo honorable para vivir, aunque modestamente. Eran las primeras décadas del siglo XX. Los viejos músicos, dedicados a enseñar, y los nuevos, a propagar el arte de Orfeo en orquestas como la Aurora, la Reyde, Columbia, El Chamaco Cervera, etc.

Hubo en Calkiní una familia del Centro cuyos hijos cultivaban la música. Los padres, Don Humberto Rodríguez Berzunza (Juez de Paz) y doña Consuelo Gutiérrez Casanova, y los hijos: Humberto Jesús, Manfredo, Adrián, Nilda y Socorro Ramona.

Las dos mujeres por influjo de ver tocar a sus hermanos decidieron seguir sus mismos pasos en la profesión. Aprendieron a leer notas a través de un músico conocido de esa época llamado Cirilo Canul. Nilda, atraída por la trompeta y Socorro, por el saxofón. Ensayaban, generalmente, en su domicilio, situado en la esquina de la calle 20 No. 74-A entre la 13 y la 15, en medio de dos tiendas “La Teresita” de don Felipe (a) don “Pinos”  y “La Primavera” de don Antonio González,  ambas ubicadas en contra esquina.

Era novedad ver en el pueblo tocar a dos mujeres instrumentos de viento. Y en el ensayo, por la cercanía de las dos tiendas, mucha gente se arremolinaba a curiosear, y se animaba a entrar en la casa, por lo que la familia optó por instalar rejas de madera; otra solución fue practicar en una cueva. El viejo padre muy feliz clamaba que cuando muriera le tocaran “Solamente una vez” de Agustín Lara, y a la madre, “el Himno Nacional”. La respuesta, una sonrisa de indulgencia. La ilusión de ambas mujeres era tocar en la orquesta “Las Maya Internacional” de Judith Pérez Romero, la fundadora quien falleció a la edad de 96 años.

En cada ensayo no faltaban los amigos filarmónicos, y otros, los titulares —que se duplicaban en funciones— se turnaban en la tocata para no herir susceptibilidades. Hasta que llegó el momento deseado de estrenar a las músicas en un evento en el parque principal. El hermano mayor tocaba en la banda del estado de Campeche y desconocía en lo absoluto el empeño de sus hermanas por la música, y además se le quería dar una sorpresa. Cuando supo la intención y los instrumentos que iban a tocar sus hermanitas, no se sintió alentado, argumentando que esos instrumentales de viento no eran apropiados para mujeres por el esfuerzo pulmonar que se ejecutaba.

Las ilusiones regadas por los suelos, el aparato de sonido, los atriles y los instrumentos de la orquesta quedaron arrumbados y el lanzamiento programado en el parque fracasó, las melodías de siempre practicadas con tesón nunca salieron del saxofón y la trompeta de las mujeres. Estas dos consanguíneas quedaron en sus sueños los deseos de emular a los varones y tocar en el grupo de “Las Maya Internacional”.

Nilda y Socorro trabajaron por un tiempo en la escuela normal de profesores cuando era director el profesor Efraín Pérez Rodríguez. A Socorro sólo le quedan los recuerdos de aquel ayer de prejuicios, vestidos largos y respeto ilimitado a los mayores. En una caja guarda con celos la memoria personal de su hermana Nilda con sus poemas, pastorelas y una composición musical dedicada a Campeche. Cuenta que en sus quince años le amenizó su fiesta el inmortal Arturo González de la ciudad de Ticul en donde laboraba eventualmente su hermano mayor, y por la cercanía familiar con el obispo de aquella época Alberto Mendoza y Bedolla, en su misa de gracia se pudo oficiar, por única ocasión, a las siete de la noche, rompiendo las reglas establecidas en los horarios de aquel tiempo, en que la misas sólo se oficiaban en dos turnos: a las seis y diez de la mañana.

Ah, qué tiempos aquellos de merengues, almendras, alfeñiques, melcochas, escotofí, longanizas y suspiros juveniles, aquí en la tierra de los Ah Canul.