Octubre es para los que nacimos, crecimos y vivimos en este rincón mexicano, la gran ocasión para recordar con orgullo la existencia de la raza maya; descubrir nuevamente la grandeza de esa gente y reconocer que somos síntesis de dos culturas. La llegada de los españoles a estas tierras, significó un triunfo para la corona, en tanto, para los nativos, el arrebato de su sabiduría. Justamente en este 2017, se cumple el V Centenario del Encuentro de Dos Culturas.
Fundación de la ciudad
En la lejanía del tiempo -siglos atrás- los españoles atraídos por las riquezas americanas emprendieron la travesía continental a tierras nuevas, pero no desconocidas porque tenían información de la riqueza de los nativos, sus palacios y belleza natural de la región.
La valentía de Francisco Hernández de Córdoba, Juan de Grijalva y Hernán Cortés con la anuencia de la Corona española, les permitió dirigir expediciones para llegar a costas extrañas hasta adentrarse al corazón de la península. La ambición del imperio ibérico otorgó licencia a gente dispuesta a conquistar un nuevo territorio, tal fue el caso de Francisco de Montejo, nombrado “Adelantado, Capitán General y Alguacil Mayor de Yucatán”, quien asaltó el dominio maya. Según los apuntes históricos, el 4 de octubre de 1540, Francisco de Montejo y León fundó la Villa de San Francisco de Campeche, llamándola así, en honor de su santo y el de su padre. La capital campechana está de fiesta por cumplir un año más de su fundación. También el barrio de San Francisco se engalana, el barrio del mismo nombre recobra usanzas populares, la fe cristiana cobija a creyentes y se encomiendan al Santo Patrono; un espectáculo de luces adorna las veladas culturales mientras los vecinos se disponen a disfrutar de atardeceres y espectáculos culturales. El suburbio de la ciudad ha recobrado su estilo colonial, la gente cifra su esperanza cada día en busca de generosos amaneceres y frutos del mar para saborear las delicias de la creación.
Colores, aromas y sabores
Silenciosas frente al mar, la ciudad, la novia del mar y la mujer campechana, disfrutan el horizonte de arrebol, sus figuras hechas sombra, retratan arrojo y galanteo ante la bravura de las olas, mirando la bizarría de pescadores, hombres de aguas lejanas en busca de los frutos del mar. Es la ciudad bañada por las aguas del golfo, legendaria, resguardada por vetustas murallas y protegida por añejos baluartes.
Paisaje inmemorial que retrata amaneceres policromáticos, nubes danzarinas como la espuma, adornadas por parvadas que levantan el vuelo desde la espesura de los petenes. De inigualable belleza natural.
Campeche es mucho más que un crujiente fraile, una tira bordada de hilo contado con flores de calabaza, baluartes y palmeras; un suculento cazón entomatado, un suculento pámpano empapelado, pulpo en escabeche, unos sabrosos tamales colados o deliciosos panuchos de pavo asado. Manjares al paladar que aromatizan las mesas y seducen a los comensales.
¡Qué decir de sus frutas! La boca se hace agua… saramuyos, guanábanas, mangos, caimitos, pitahayas, anonas, zapote, mamey, nance, ciruela, ciricote… frutas dulces, algunas preparadas en bebidas refrescantes que hermosean las mesas en los hogares campechanos o en conservas que se vuelven postres exquisitos. ¡Buen provecho!