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Creyó la estatua que su brillo
de mármol o de bronce
daba lustre a los jardines.
Creyó en el discurso del poeta,
del político indiscreto
que a veces la saludaba con su mano abierta.
Creyó la ingenua estatua
que la luna se posaba en ella
para absorber su prestigio de héroe cotidiano.
Y creyó en la libertad
la pobre estatua
que aún recibe la saliva de los pájaros
“en la hora exacta del crepúsculo”. |