El corazón de Ah' Canul - 46
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Letras Provincianas
E n s u e ñ o
Jorge Jesús Tun Chuc
Portada -46
 

En el intenso verdor de la llanura empieza a dibujarse el rostro de la noche. La tarde se extingue en prolongado suspiro. El dorado ocaso deja su lugar a la misteriosa, pero no menos bella dama de negro. Siempre majestuosa, luce la joyería del creador. Zafiros, esmeraldas, turquesas y rubíes centellean en su oscura indumentaria.

Desde las colinas del oriente, allá abajo el pueblo es una mancha brillante que se pierde en las azabaches pupilas de la celestina de los amantes y aliada de magos y hechiceros. Amparados por el velo de la noche, un ejército de cocayes hace alarde de su pulsante luz propia; como estando en franca competencia con las infinitas piedras preciosas del káan perpetuo.

Ahí, en la planicie destacan las altas siluetas del campanario de la parroquia, la Torre del Reloj y estructuras metálicas iluminadas que parecen querer alcanzar el reino de Dios. La ciudad navega como solitaria barca en la mar oscura de aguas etéreas.

Las campanas de la iglesia llaman a todo vuelo, a creyentes y devotos a concurrir a la casa de oración. Su característico tañir se pierde en la lejanía como la voz suplicante de la madre abnegada que intenta rescatar a sus hijos de las fauces de la apostasía. Repican clamando la presencia de almas fugitivas, consciencias descarriadas y corazones endurecidos por la vanidad desmentida causada por el materialismo y el placer.

La aguda voz del bronce forjado hasta los verdes dominios de Hunabkú. Conscientes de su mortalidad mujeres y hombres que mantienen viva la esperanza de salvación de sus almas, acuden al llamado del dogma. Otros en cambio, prefieren perderse en los tentadores senderos mundanos del hedonismo.

Al cabo de algunas horas el bullicio urbano casi cesa por completo. Es cuando la noche mágica inicia su romántico canto de exótica belleza que se interrumpe con la bruñida sonrisa de la alborada.

Sin que oponga resistencia alguna me dejo conducir por Morfeo hacia su reconfortante y relajante dimensión, a semejanza de aquellos niños que se marcharon sin dejar huellas encantados por la música del mítico flautista de Hamelín. Emulando esta leyenda, mi espíritu se ausentará por unas horas en su colchón de nubes blancas, cobijado con su sábana tejida con los dorados rizos de la aurora.