Parte de su niñez fue de escasez y de afecto anhelado por ese corazón ansioso de amor. A sus cuatro años, se le fue la genética paternal don Eloy Berzunza Herrera. Y a los ocho, quedó bajo la tutela de una tía que no tuvo descendencia, por eso le vació el corazón a Panchito y le brindó todo, todo aquello que le hacía falta: la profesora Lucrecia Fuentes Chávez. A la madre le dolió mucho separarse de él, pero no había otra opción, la situación económica era titubeante para poder atenderlo, si de por medio había otros hermanos y ese apoyo familiar pareció caído del cielo.
Panchito pertenecía a una familia trabajadora que se dedicaba al horneado de un exquisito pan conocido como escotofí —y en Pomuch, como panetela— que le producía recursos económicos para enfrentar dignamente esa vida de abrojos que calcina y desespera. Un destino fiero que envuelve, casi siempre, a las mujeres indefensas, densas en zozobras, desequilibrios y juegos dolorosos en las relaciones diversas que marcaban el entorno familiar. Eran épocas de vacas flacas, difíciles en Calkiní, de luchas interminables por la supervivencia.
A pesar de esos vaivenes familiares, Panchito, en su niñez, supo acomodarse a esas adversidades con la ayuda de ese instinto natural que traía desde pequeño, con esa intuición sensible de un niño con ciertas diferencias físicas que no le mermaron su modo de vivir, ni tampoco la lucidez del pensamiento, ni los complejos que dañan el intelecto y la autoestima, al contrario, era inquisitivo y vivaz; aunque quizá por adentro de él, se sentía escasamente amado, tal vez por el reflejo que producía esa aura de tristeza y melancolía de niño anhelante de caricias, de protección infinita no demostrada en cascadas por todos aquellos seres que formaban parte de su entorno familiar y de amistad.
De pequeño, poseía un singular poder sobrenatural que se le desarrolló en la juventud, no propio para la gente común, pues podía percibir de la nada visiones fantasmagóricas del inframundo que le causaban risa y temor con quienes compartía algunos momentos de esparcimiento o de trabajo. Era también afecto al cine y buscaba mil maneras para no dejar de asistir a ese salón “Carvajal” de infinitos recuerdos.
San Juan, su barrio querido, casi nunca dejó de visitarlo, no obstante sus ocupaciones. A sus hermanos y hermanas, madre, tías y amistades, también los visitaba; y a sus sobrinos y sobrinas les prodigó su tiempo para jugar con ellos haciéndoles travesuras inocentes, hasta que un día por cuestiones de trabajo y por circunstancia familiares desapareció de Calkiní para incursionar en otros estados para mejorar su modo de vida, así que sus visitas parentales disminuyeron.
Panchito, como cariñosamente se le conocía, era fornido por los ejercicios que gustaba hacer, de clara tez, y un hombre cariñoso y protector con sus descendientes a quienes amaba sin medida, tanto que no permitía se hablara mal de ellos, honrado, platicador, tolerante aunque a veces irritable cuando no se le hacía caso. Fue todo un caballero repleto de valores éticos que le fue inculcado desde la familia de los Fuentes.
Panchito, el de la mirada triste y de mar tranquilo, aquella silueta inconfundible desde lejos, junto a su tía adorada, fue un retrato para los recuerdos; un niño que irradiaba ternura y ganas de protección por ser un espíritu privilegiado entre los mortales.
Ese halo bendito que lo envolvió durante mucho tiempo desapareció para siempre en un domingo 18 de septiembre de 2016, en la ciudad de Cancún. Sus cenizas, descansarán en la tierra que lo vio nacer.
Descanse en paz este hijo de Calkiní.