El corazón de Ah' Canul - 45
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Xenia Fuentes Fuentes
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¿Quién era satanás? ¿Por qué le llamaban así? El invocar este nombre es presagio de alguna calamidad, por eso algunas personas se abstienen de mencionarlo y se persignan inmediatamente cuando lo escuchan, para alejar todo lo maligno que esté acechando.

Era un sábado 15  de junio. En  Muna, Yucatán, se celebraba la fiesta de la Virgen de la Asunción, patrona del pueblo. 

En las afueras del pueblo, hacia el norte, vivía Chabelita, una  viuda de ochenta años muy amable y trabajadora; se dedicaba a vender tortillas elaboradas a mano. Su pequeña casa de coloxché y pak’ lu´um, con techo de huano, tenía un patio muy grande con muchos árboles frutales, pero no contaba con una albarrada como muchas otras casas del pueblo. Eso no era ningún problema porque la gente en este lugar no era mala y siempre respetaba las casas ajenas, sobre todo la de Chabelita, ya que era muy conocida por su actividad comercial.

Ese día, Chabelita preparó su banqueta, lavó muy bien su lek con hojas de ciricote, prendió su candela y colocó su gran comal con mucha leña para avanzar rápidamente, ya que tenía varios encargos extras de algunos clientes que trabajaban en otras ciudades y cada año venían a disfrutar de la fiesta. Afortunadamente era muy rápida torteando.

Eran las once de la mañana, estaba a tiempo para terminar con sus encargos y tranquilamente acostarse a descansar. Le gustaba amarrar su hamaca bajo las sombras de las huayas para refrescarse después de su ardua tarea.

Mientras tanto, a esa misma  hora, en la ciudad de Mérida, el matrimonio formado por Lilia y Antonio reciben la visita de sus compadres: Ramón y Lula, a quienes  no veían desde el mes de diciembre a pesar de vivir en la misma ciudad. Estaban felices por la visita, así que se organizaron inmediatamente con la comida y las bebidas. Alegremente comían y platicaban recordando viejas anécdotas de los ahijados.

Después de saborear una deliciosa cochinita pibil con su respectiva horchata de arroz, los compadres se apartan a degustar unas cervezas; Lilia y Lula recogen la mesa y lavan los trastes. El tiempo pasa rápidamente y de repente, los compadres se acercan a sus esposas y les dicen:

—Vamos a pasear a Muna, están de fiesta, se pone muy buena y  los niños se van a divertir —comenta el compadre Ramón.    

—Vamos, ¡llegaremos  a tiempo para la corrida! —dijo Antonio.

Las comadres aceptaron y media hora después partían hacia Muna, llegando alrededor de las tres de la tarde, sin imaginarse el horror que estaban a punto de vivir.

Al llegar, se encuentran con que el centro del pueblo está lleno de puestos de comida, ropa, zapatos, juegos mecánicos, etc. Era un ir y venir de la gente del pueblo y de muchos visitantes de las comunidades vecinas. La alegría se respiraba en el ambiente.

En esta fiesta los grupos musicales participantes, eran los más famosos del momento. En las corridas de toros que se celebraban, actuaban toreros de renombre y los ejemplares que se toreaban eran los más bravos de la región.

En los bajos del palacio municipal la tardeada estaba muy animada. Los bailadores muy alegres no denotaban cansancio. La cantina improvisada estaba llena, pues como es sabido, la cerveza se vende en alto grado en este tipo de festejos y el clima caluroso ayuda a su  consumo.

El tradicional ruedo de toros de coloxché ya estaba listo para su segundo día de corrida. El cartel anunciaba grandes expectativas para la gente conocedora del arte taurino.

A las tres de la tarde Chabelita, que ya se encontraba descansando, recibe la visita de su nieto Paquito, un adolescente de trece años. Este la besa tiernamente en la frente y le pregunta:

—¿Vas a ir a la corrida, abuelita?

—No hijito, estoy muy cansada, hice muchos encargos extras; por la noche quiero ir a misa y un rato al parque.

—Bueno abuelita, ahí te veremos entonces. 

Y se encamina a su casa que está a una esquina de la de Chabelita, pues su mamá y sus hermanos lo están esperando para ir a disfrutar de la corrida.

Los compadres, alegremente, recorren el ruedo, preguntando a los palqueros por el precio de las entradas, y al fin, encuentran espacio en el área de sombra, exactamente frente a la puerta de toriles. Afortunadamente para los compadres que tenían mucho calor, la cantina les quedaba a un costado del palco. Lilia y sus tres pequeños suben al segundo piso del ruedo; la comadre Lula se queda abajo con Ramón y Antonio pues quería tomarse un refresco también.

A las cuatro en punto la charanga empieza a tocar un pasodoble y los toreros hacen su entrada en medio de aplausos. Sale el primer ejemplar  y el torero en turno recibe una oreja por su notable actuación. En medio de oles y gritos de “torero”, “torero”, transcurre la lidia de cinco ejemplares.

De pronto, por el  altavoz se anuncia  al sexto y último toro de la tarde: Satanás. Es un ejemplar  de la región, de la hacienda de Santa Rosa y había sido toreado el año anterior.

Era un toro cebú, muy robusto de un color gris oscuro y la piel reluciente; la frente es ancha, los cuernos cortos en forma de cono y hacia arriba, los ojos vivos ligeramente rasgados y brillantes, las orejas largas y móviles; la giba sobresalía del cuello fornido, el tronco es largo y ancho, las extremidades gruesas y musculosas, muy ágiles. En fin, tenía una estampa hermosa, bien proporcionada y tan impresionante, que al verlo  se presagiaba el peligro.

La gente gritaba, unas emocionadas porque sabían que este toro era muy bravo y daría un gran espectáculo; y otras, con temor, porque ya había sido toreado el año anterior y lastimó a dos toreros. ¡Es matrero! ¡Es matrero! ¡Que lo saquen! ¡Que lo saquen!, clamaban algunas personas.

Lilia estaba sentada en primera fila. Satanás entra al ruedo velozmente y se detiene exactamente en el centro. Levanta la cara y se le queda viendo fijamente con sus ojos vivos y brillantes. Ella siente su corazón latir aceleradamente como presintiendo algo terrible por suceder y abraza a sus hijitos, exclamando mentalmente: ¡Dios mío, Dios mío, protégenos! 

De repente, Satanás gira la cabeza hacia la izquierda e inicia una carrera desenfrenada hacia el tendido, se impulsa y da un salto espectacular e increíblemente, llega hasta el segundo piso golpeando, pisoteando y lastimando a la infortunada gente que ahí se encontraba. Prosigue su camino, pero ahora hacia afuera. Clamores de horror, desesperación y angustia se escuchaban.

Abajo, en su loca carrera por escapar, Satanás atropella y cornea a algunas personas. Una señora que se encontraba comprando churros, al ver a Satanás, sale corriendo y tropieza, quebrándose el tobillo; los toreros y vaqueros salen rápidamente del ruedo persiguiéndolo, unos a pie y otros a caballo. Era un caos lo que se vivía en esos momentos. La gente corría desaforadamente; las madres tratando de proteger a sus hijos; unas personas ayudando a los heridos, otras corriendo para atrapar al toro. La comadre Lula, Ramón y Antonio, al escuchar los gritos y ver saltar del tablado a Satanás, corren y se suben al palco donde se encuentra Lilia muy asustada, tratando de calmar a sus hijos que lloran.

Satanás se dirige al norte del poblado, corre muy veloz y llega a la casa de la infortunada Chabelita que se encontraba descansando plácidamente en su hamaca, colgada de dos huayas. Ella escuchó un galope muy fuerte y al tratar de incorporarse para ver de qué se trataba, siente un fuerte golpe en la espalda que la lanza por el aire y la avienta al tronco de la huaya, golpeándose la cabeza. Su muerte fue instantánea; así la encontraron los vaqueros que llegaron un minuto después e increíblemente, Satanás se encontraba parado frente a ella, contemplándola muy pasivo. Y sin ofrecer resistencia se dejó lazar.

La gente, indignada, murmuraba: Satanás mató a Chabelita, es un toro maldito, ¡mátenlo! ¡mátenlo! Su dueño, que llegó al mismo tiempo  que los vaqueros, al ver aquel cuadro tan triste, decidió sacrificarlo inmediatamente. Y así se hizo. Su carne se vendió en el improvisado mercado de la feria, que los abastecedores implementaron para la ocasión.

La noticia de la muerte de Chabelita corrió como reguero de pólvora por el pueblo. Mucha gente acudió a su velorio.

Por otra parte, los compadres regresaron a  Mérida sanos y salvos, pero marcados por la horrible experiencia vivida esa tarde.

El sepelio de Chabelita se llevó a cabo al otro día; Algunas personas comentaron que su semblante denotaba paz y hasta una sonrisa dibujaba su rostro, pues era tan buena y generosa que la Virgen se la había llevado con ella al cielo.

Pero, ¿qué fue lo que sucedió?, ¿qué fue lo que alteró a Satanás?, ¿por qué reaccionó tan violentamente?, ¿el diablo había encarnado en él? Tal vez fueron los gritos de la gente, el encierro al que estuvo sujeto lo que lo enfureció o simplemente era un día fatal  para algunas personas. O, como dicen y cuentan los más ancianos del pueblo, debía hacer honor a su nombre… Y llevarse a alguien al infierno, porque realmente era un toro maldito.

 
Foto: Corrida de Toros, década de 1960; proporcionada por Francisca Cuevas