El corazón de Ah' Canul - 45
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La retreta y el torito en los gremios de octubre en Calkiní
Andrés Jesús González Kantún
Portada -45
 
Foto: Andrey Alberto
 

Después de misa (19:00 horas), sentados sobre uno de los arriates que circunda el tronco de un almendrón, los músicos animan el ambiente profano con música regional.

El público, mayoritariamente infantil, ansioso, observa, curiosea, y espera pacientemente la quema de los juegos pirotécnicos. Ha ido a esa fiesta ígnea a jugar a los toreros con el fuego.

Llega el momento esperado y en fulgurantes rotaciones se levantan al cielo, globos de chispeantes colores de papel de china, transformados en luciérnagas que a trasluz de su cubierta iluminan tímidamente la inmensidad de la noche estrellada.

De pronto, sale disparado al aire una andanada de voladores, provocando un estruendo ensordecedor e inundando de luz multicolor el firmamento, delineando figuras caprichosas de gusanos acrobáticos, trompos en giros vertiginosos, cascadas, paraguas; rugen los morteros, los disparos, las baterías a punto, los castillos artificiales y las hiladas; el olfato se resiente, y la vista se encandila con tanta luz de incensarios y de Dantes.

Hay una tregua en el campo de batalla; callan las balas, las metralletas, los cañones y las armas eléctricas. De repente suenan los clarines y timbales, anunciando la entrada triunfal del toro petate.

─¡Ahí viene¡ ¡Sí, ahí viene¡ ─grita histérica la muchedumbre en el coso pavimentado. Es un ser híbrido, un minotauro, un toro-humano; se acerca, entre descomunales bufidos, en una carrera estrepitosa por toda la calle asfaltada o en los rincones del jardín, frente al templo de San Luis Obispo, en un intento inútil por embestir al multicéfalo quien no se deja, se deshace en cada acometida; se presenta envuelto en piel de bolsa sintética; hoy de cuero blanco; ayer de pita; mañana, tal vez, un sudario negro. Trae el lomo erizado de chispeantes banderillas, misiles flamígeros, causando el alarido de la concurrencia, que se cubre instintivamente la cabeza, como puede, del peligro inminente que pudiera causar alguna saeta flamígera; pero no se intimida porque sabe el riesgo a que se expone, y además, esa bulla es parte del festejo del mes de octubre, el de las lunas llenas del romanticismo y la melancolía.

Por fin, el toro dobla la testuz, cae de rodillas sobre el piso ennegrecido por tanto fuego y pólvora, entre débiles bramidos lastimeros, en un cuadro de sofocante humo espeso y luces intermitentes de los últimos palitroques incrustados en su macizo lomo.

La fiesta ha concluido y la gente, satisfecha, se retira, reservando una fuerte dosis de ánimo para la retreta de la próxima noche del gremio que le corresponde en esta ocasión, a la colonia de Fátima: mi barrio del alma en donde dejé la genética de mis juegos, mis recuerdos, mis alegrías y mis lloros.