El corazón de Ah' Canul - 44
Inicio
Sábado de cine
Élmer Cocom Noh
Portada -44
 

Hace muchos años, como hasta ahora, ir al cine era la única distracción de fin de semana para los jóvenes y, en general, para la gente del pueblo. Por eso nosotros fuimos aficionados a las funciones del sábado en el cinema “Carvajal”.

Fue grande nuestra afición que nunca nos perdimos una película. Bueno, sólo una, cuando nos enfermamos de gripe. Adrián fue el único que no se enfermó, por eso él si fue aquel sábado.

Aquella vez pasaron “El gran jefe”, de Bruce Lee. Fue la única ocasión que no lo acompañamos. Por eso, cuando terminó la función, se levantó de su silla como un rayo y se encaminó a la salida. Desde las escalinatas del Palacio Municipal, veía desfilar a la gente. Estaba atento de los que salían de la sala, esperaba que alguien fuera por su rumbo. Pero salieron todos y nada. No tuvo más remedio que regresar solo a casa.

Venía por la calle principal, caminando más rápido de lo normal. Silbaba para distraerse un poco. De vez en vez volteaba; pero iba solo. No le agradaba para nada el silencio imperante. Tan desértica estaba la noche, que venía caminando en medio de la carretera. Fue así como distinguió a lo lejos una multitud. Por la forma en que vestían y por el murmullo apenas perceptible de los cánticos que entonaban, pensó que se trataba de una peregrinación.

No le tomó importancia, por lo que continuó con su habitual paso; de pronto, le asaltó la duda:

—¿Una procesión a las doce de la noche? —dijo extrañado.

Recordó las palabras de la abuela, que de niño le había contado mucho acerca de los malos vientos, que precisamente a esa hora rondan por las calles del pueblo, en forma de toro, de cochino, de chivo, de procesión con gentes vestidas de blanco y con velas.

—¿Procesión? —reaccionó con sobresalto—. ¡Claro, es una procesión de ánimas! Su cuerpo fue adquiriendo una heladez mortuoria.

Siguiendo con los consejos de la abuela, brincó la albarrada del solar más cercano y se guardó entre las piedras, tendido bocabajo sobre la maleza, a expensas de ser picado por alguna culebra o animal ponzoñoso. Cualquier cosa era preferible a tener que enfrentarse con seres fantasmagóricos, a ser agarrado por un viento malo, pues podría ser fatal.

Apenas transcurrieron algunos minutos, pero a él le parecieron siglos. Sudaba copiosamente, su cuerpo se había hecho carne de gallina.

La procesión se fue acercando hasta donde estaba. Con más razón se tapó los oídos, no sea que los rezos lo encantaran y lo hicieran salir de su escondite, para llevarlo al... tan sólo de pensar en el lugar se persignó tres veces antes de volver a la postura anterior.

Fue tal vez su corazón aventurero que lo llevó a dominar el miedo, o la imprudencia que lo llevó a mirar por entre los resquicios de las piedras del muro. No hubo encantamiento. Pudo escuchar con claridad los cánticos. Una señora cargaba entre sus brazos a un niño. Las demás personas la seguían. Todos cantaban con fervor y alegría.

Hasta ese momento, nuestro amigo comprendió que se trataba de una procesión, sí, pero del Niño Dios. Avergonzado por el incidente, esperó a que se alejaran. Luego se incorporó y saltó la albarrada. En el camino venía ordenando sus ideas.

—¡Qué tonto! —dijo para sí—. Pero si estamos en enero. Y se rió de sí mismo, de su torpeza. Luego, el silencio volvió a reinar en la calle. Se olvidó de silbar, pero lo que no se le olvidaría es de salir acompañado.

 
 
Fuente: La casa de la abuela. Élmer Cocom Noh. Colección Ah-Canul, No. 3. Ayuntamiento de Calkiní, Campeche, 2007. 44 pp.