El corazón de Ah' Canul - 44
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Jorge Jesús Tun Chuc
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Es la flor silvestre más hermosa del Mayab, tan bella como la primavera, fresca como la alborada y dulce como la miel.

Ella es delgada, esbelta, menuda y de piel morena. Su rostro es de facciones exquisitamente refinadas. Su cabellera negra, brillante y ondulada, trae  la mente el recuerdo de una romántica noche estrellada. Los azabaches ojos de María son dulces, soñadores y en ocasiones tienen la inquietante chispa de la sensualidad. En su boca de labios de púrpura encendido se aloja el néctar más anhelado que sería tanto como beber en las aguas de la mítica fuente de la eterna juventud.

María es el manantial de inagotable inspiración y belleza que hubiesen anhelado grandes poetas del amor como Bécquer y Acuña. Hoy desde algún lugar del cielo la admiran como la musa perfecta para sus versos de amor sin límites. Su caminar airoso por las calles del pueblo, aviva el crepitante fuego del purgatorio donde placenteramente se queman los atormentados sueños de amor rebosantes de escenas imposibles.

Por el amor de María, los amantes de sentimientos platónicos sufren el calvario de las eternas horas de vigilia que los turna en rehenes del amor en silencio. Su tez es fresca, firme, brillante y joven, cual fina porcelana. Toda ella es deseable como el tentador fruto del Edén. No hay corazón masculino que no haya sufrido las aceleradas palpitaciones por la presencia de María. A sus veintitrés floridas primaveras, esta deidad terrenal es el arquetipo de la mujer soñada por todo hombre para vivir y escribir la más bella y dulce historia de amor infinito, eterno como el universo mismo.

María es la calma relajante y la tormenta perfecta. Unas veces es un rayo de luz, una tibia caricia de sol que sabe a gloria para el cuerpo y el espíritu en una mañana de invierno. En otras es la viva expresión del frenesí, el insalvable remolino de pasión donde la razón se extravía sin remedio, su hipnotizante hermosura la transforma en mujer turbadora que hace surgir el incontrolable deseo, la que despierta aún en las mentes más castas, visiones enloquecedoras de erotismo. María es el símbolo femenino que provoca incluso en los Adanes más castos la agobiante sed por los besos sin control.

Hoy es domingo, día que ella asiste a la eucaristía matutina en la parroquia del pueblo. María luce galana su mejor atuendo que hace resaltar su exuberante y sublime estampa, sus firmes y esbeltas formas se exhiben con su cadencioso caminar. Al fin llega a las puertas de la parroquia. Numerosas miradas disimuladas acompañan su entrada triunfal a la casa de dios. Su alto y entallado traje hace contraste perfecto con su piel morena. El sereno rostro de María muestra su belleza en el umbral de la perfección. El acompañado ruido de sus tacones al tocar las baldosas, convierte lo que antes era tranquilidad y recogimiento espiritual para los feligreses, se transforma en un sacrilegio cúmulo de pensamientos y sentimientos encontrados. Admiración, envidia, celos, lascivia, amor y ternura. La maravilla de sus atributos hace que María pareciera una reina que asiste a la misa dominical abrigada por sus numerosos súbditos.

Al fin, encuentra  un lugar y se dispone a renovar sus votos ante el Todopoderoso. Sus carnosos labios de rubí se mueven discretamente al pronunciar para sí misma una oración al ser Supremo. ¿Qué pensamientos pasan por la mente de María? Ella sabe que su atractivo hechizante es como el licor que nubla la razón, vulnerando la serenidad de los hijos de Adán. Desde siempre, la belleza femenina guarda una enseñanza, que un anónimo poeta expreso así: “Nadie siente el amor sin probar sus lágrimas, ni recoge rosas sin sentir sus espinas”. Sabio adagio que ningún hombre reconoce hasta que es arrastrado por la vorágine de la poderosa Afrodita.

María sabe que Natura y el buen Dios la dotaron generosamente en sumo grado. Con sus encantos tocando a las puertas del Olimpo, bien podría doblegar y poner de rodillas al más apuesto rey de un imperio. Pero, María simplemente vive cada momento con intensidad, como si fuese el último de su existencia y disfruta plenamente cada día como si ella fuese eterna. Y María lo es. La vida se acaba, la belleza es inmortal.