El corazón de Ah' Canul - 43
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El bailador
Xenia Fuentes Fuentes
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Enrique, un joven campesino, vivía en el pueblo de Santa Cruz y le gustaba  asistir a todos los bailes organizados en su pueblo o en las comunidades cercanas. Era un 13 de mayo y se celebraba la tradicional fiesta de la colonia Fátima en la ciudad de Calkiní.

Enrique, como todos, los años se puso de acuerdo con dos de sus amigos para asistir a ese festejo. Cabe mencionar que aunque era muy joven ya estaba casado. Antiguamente se acostumbraba que la esposa se dedicara a las labores del hogar, cuidar a los niños y nunca cuestionar al esposo acerca de sus actividades. Él era muy responsable, así que ese día después de regresar de su milpa, se bañó y se puso su camisa blanca y almidonada, pantalón azul marino y sus alpargatas recién adquiridas. Pasó a las casas de sus amigos y juntos emprendieron a pie los doce kilómetros de distancia para llegar hasta Calkiní. Hace muchos años solo existían caminos rurales y únicamente se transitaba a pie o en carretas jaladas por caballos.

Apuraban el paso ya que no querían perderse el inicio del tradicional baile amenizado por un grupo musical de la blanca Mérida. Otras personas de su pueblo también iban a la fiesta.

Los amigos estuvieron bailando toda la noche; eran las tres de la mañana y Enrique se da  cuenta que sus compañeros de viaje ya no se encontraban ahí.   Debido a que se entretuvo bailando con diferentes muchachas, no se percató en qué momento sus amigos abandonaron el lugar.

Entonces, con cierto temor, inició solitariamente el regreso a su pueblo. La  luna apenas si alumbraba el camino y el bailador apuraba el paso.

Le faltaban dos kilómetros aproximadamente para llegar a Santa Cruz, cuando de repente vio a una persona sentada a la vera del camino, cubriéndose la cara con las manos. Enrique pensó que era alguno de sus amigos que lo estaba esperando y se había quedado dormido o probablemente se había pasado de copas. Al acercarse a esta persona le palmea la espalda diciéndole:

— ¡Vamos amigo! ¡Ya te alcancé!  ¡Levántate y vámonos!

En la palmada, siente que la espalda del amigo estaba demasiado peluda, el cabello muy largo y muy esponjado -según la misma descripción del propio Enrique-. El incorporarse el personaje, éste medía aproximadamente dos metros de estatura, tenía los brazos muy peludos, era de color negro y   semejaba a un gorila.

Al ver a aquel ser, profirió un fuerte grito y empezó a correr, sentía que el corazón se le iba a salir del pecho y las piernas le temblaban, sin embargo, el miedo lo impulsaba a no detenerse ya que sentía cómo era perseguido. Al fin, vislumbró las luces que alumbraban tenuemente su pueblo. Esto lo motivó a continuar su carrera hasta llegar a su casa. Desesperadamente golpea la puerta gritándole a su esposa:

— ¡Vida, Vida!, ¡Ábreme la puerta! ¡Apúrate!

La señora, somnolienta y enojada porque la habían despertado, abre la puerta y se encuentra con su marido muy agitado, pálido y sudoroso; Enrique entra inmediatamente y coloca las trancas en la puerta.

Segundos después escucharon unas pisadas muy fuertes y múltiples golpes  en la puerta, sentían cómo la casita de paja se movía por los fuertes golpes que le propinaba ese extraño ser. Entonces se abrazaron fuertemente y empezaron a rezar todas las oraciones que se sabían: Padre nuestro que estás en el cielo…Dios te salve María… etc. Las horas se hacían interminables…

Con los primeros rayos del sol todo cesó, entonces su esposa muy asustada lo  interrogó acerca de lo que habían vivido y él, aún con los pelos de punta, le narró todo lo que le había sucedido.

Ella, muy enojada, le dijo:

— ¡Te lo dije, siempre te vas y me dejas sola!  ¡Qué bien que te haya pasado esto! ¡A ver si así aprendes!

Después de escuchar los regaños de su esposa, Enrique reflexiona y acepta que es tanto su gusto por el baile que se ha expuesto a ser asaltado al caminar de madrugada, o como en esta ocasión al vivir tan horrible experiencia.

A partir de ese día, Enrique, prometió a su esposa jamás volver a asistir a algún  evento social en otro pueblo. Y cuando sus amigos lo invitaban para ir a alguna fiesta, inmediatamente les decía que no,  porque  recordaba a aquel ser negro y peludo que lo había perseguido un 13 de mayo y la piel se le enchinaba nuevamente. Así que, después de varias negativas sus amigos dejaron de insistir.

Enrique, como siempre, se dedicó a trabajar y a hacer crecer su parcela. Y con el paso del tiempo ese recuerdo se fue haciendo más y más borroso hasta desaparecer. Sin embargo, su gusto por el baile se fue acrecentando. Aún conservaba su alegría y popularidad. Y, cada vez que en su pueblo se realizaba algún evento de este tipo, inspirado ponía en práctica sus mejores pasos bailando hasta el amanecer porque él era “Enrique el bailador”.