El corazón de Ah' Canul - 37
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Mi abuelo, ¿extraterrestre?
Guadalupe Berzunza Fuentes
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Hace muchos años, durante la Revolución Mexicana, huyendo de los “alzados” de Tabasco llegaron a Campeche varios refugiados, entre ellos, el joven Narciso Fuentes que se asentó a vivir en una de las haciendas del lugar. Ahí trabajando en el campo, como todos los jornaleros del patrón, logró tener algo de dinero con lo que construyó una pequeña cabaña y se casó con una joven de nombre María, formando así una familia.

Con el tiempo tuvieron varios hijos, tres varones, quienes también trabajaban para el patrón y dos muchachas que se dedicaron a atender a los hermanos. Entre las hijas se encontraba Isaura, una muchacha jovial que gustaba de llevarles la comida a sus hermanos cuando trabajaban en la milpa. Como sabemos, la milpa después de haber sido cosechada se deja secar y luego se prende fuego para posteriormente al caer las lluvias volverla a sembrar. En una ocasión, cuando Isaura contaba con 17 años, llegó el tiempo de la quema y la muchacha, como siempre, preparó el alimento que le llevaría a su padre y hermanos y se encaminó a la milpa por el camino que ya conocía. Al llegar al terreno, sus familiares ya comenzaban a prenderle fuego a las cañas secas, había un viento muy fuerte y uno de los hermanos le gritó a Isaura que tuviera cuidado. Ella se quedó quieta observando por donde estaba el fuego para correr en caso de verse en peligro, pero nadie imaginó lo que pasaría. De pronto se formó un gran remolino de fuego que la envolvió, haciéndola desaparecer de la vista de todos; luego la calma…, el fuego apagado… Los hermanos angustiados corrieron hacia el lugar donde había estado la joven, temiendo encontrar su cadáver carbonizado, pero nada… y extrañados recorrieron el lugar buscando y gritando su nombre y no apareció.

Llegaron anocheciendo a su hogar donde la madre los esperaba preocupada, ellos relataron lo que había pasado y la madre rompió en llanto al presentir que ya nunca más volvería a ver a su hija; al día siguiente los amigos y vecinos se dieron a la tarea de recorrer todo el monte circunvecino para tratar de encontrar el cuerpo o lo que quedara de la joven, pero todo fue en vano. ¿Qué habría pasado con Isaura? ¿Puede alguien desaparecer de pronto sin dejar huellas? ¿La consumió el fuego extrañamente sin dejar muestras de ella?

La familia Fuentes, sumida en su dolor y sin ninguna tumba donde llorar, tuvo que continuar con su vida habitual. Habían pasado cinco días del extraño suceso cuando una noche un cazador nocturno al pasar por lo que semejaba ser una cueva escuchó un leve gemido, machete en mano y con sigilo se aventuró por el agujero pensando encontrar una buena presa, un jabalí o un venadito, pero grande fue su sorpresa al encontrar en un rincón de la cueva a una mujer acurrucada, temblando de miedo y frío. Con cuidado se acercó a ella y le preguntó quién era, no obtuvo respuesta, solamente una mirada de pavor y un quejido. El cazador cubrió a la mujer con su camisa y hablándole tranquilamente la invitó a salir de la caverna, encaminándose ambos a la población. Al llegar, el cazador con gritos habló a sus vecinos para dar conocimiento de su hallazgo. A la luz de las antorchas todos reconocieron a Isaura, quien se encontraba con la ropa rota y sucia, con algunos rasguños en la piel, probablemente hecho por las espinas del monte y con algunas marcas extrañas en el cuerpo. La familia acudió presurosa y se dieron cuenta que efectivamente era Isaura, no se le advertían quemaduras, solamente en algunas partes de su cuerpo se le notaban manchas rojas e hinchadas y su rostro mostraba un miedo inimaginable, había perdido el habla y cuando le preguntaban dónde había estado o que había pasado solamente manoteaba y sollozaba.

Al pasar los días, sus heridas fueron sanando con los brebajes que le daba su madre, pero nunca más volvió a hablar y siempre se le veía con la mirada perdida, como alguien que estuviera ausente mentalmente.

Con el transcurso de los meses su madre preocupada se dio cuenta que el vientre de Isaura se iba abultando más y más, como alguien que esperara un hijo. Lo comentó a la familia y todos entre temerosos y angustiados dijeron que era “el hijo del remolino”.

Pasaron los meses y llegó el día esperado, nació la criatura, un varoncito mucho más grande de lo normal, el cual ocasionó en su madre una fuerte hemorragia que la llevó a la tumba. Los abuelos se hicieron cargo del pequeño bautizándolo con el nombre de Felipe Fuentes, en la hacienda fue conocido como “el hijo del remolino” pues nunca se supo quién fue su padre biológico.

Felipe creció fuerte y robusto, mucho más alto que cualquier niño de su edad, acostumbraba internarse en el monte y regresar hasta tarde, cuando la abuela le preguntaba que tanto hacía, él contestaba “platico con los animales abuelita”, obviamente nadie le creía.

Así fue creciendo, y cuando ya era un joven se incorporó a las faenas de los demás trabajadores de la hacienda. Lo extraño en él era que mientras sus compañeros madrugaban para terminar la faena a tiempo, Felipe se la pasaba durmiendo, y cuando los abuelos le regañaban por no ir a trabajar él solamente fruncía el ceño y esperaba el mediodía para marcharse al monte y regresar al poco rato satisfecho de haber cumplido su trabajo. Los otros compañeros comentaban que Felipe tenía una gran fuerza por eso terminaba en poco tiempo lo que a ellos les llevaba todo el día, por eso también le llamaban “el hombre de una caña” porque según eso solamente tenía un hueso en el brazo.

Cuando fallecieron sus abuelos, Felipe abandonó el lugar y se trasladó a la población de Tenabo. Con el dinero que había ahorrado compró un terrenito y edificó su casa, casándose al poco tiempo con una joven de nombre Marcelina. Siguió trabajando la agricultura y en ocasiones cazaba, platicaba con sus compañeros comentándoles que los venados le hablaban y le decían donde debía cazar. Una vez regresó del monte con dos enormes venados cargándolos sobre la espalda, invitó a todos sus amigos a la preparación de las dos presas. Esa noche hubo gran festín en la población.

Ya tenía hijos y les contaba que escuchaba “voces en su cabeza” y que cuando algún ganado se metía a su milpa, esas voces le avisaban que fuera, y efectivamente siempre que iba se encontraba con que se le habían colado algunos becerros para destruirle el maizal.

Conforme pasaron los años Felipe no cesaba de quejarse de las voces que escuchaba y que no lograba entender, esta situación lo fue enfermando haciendo que la gente del lugar lo considerara “loco” sobre todo después de que en una ocasión cargara un costal de sal en grano y se sentara a comérsela. Su esposa angustiada por las cosas que Felipe hacía lo internó en una clínica de enfermos mentales donde falleció. Posiblemente por efecto del trato que ahí se le daba.

¿Quién fue en realidad Felipe Fuentes?

...continuará