El corazón de Ah' Canul - 33
Inicio
A los Maestros les transcribo un texto periodístico que vale la pena reflexionar
Los virus de la lectura
Andrés Jesús González Kantún
Portada -33
 
 

No perderé el tiempo en negarlo: Gabriel Zaid es uno de mis escritores favoritos. Sus colaboraciones son las primeras que leo cuando me llega la revista mensual “Letras libres”. Sus comentarios y los de Guillermo Sheridan me ofrecen un doble alimento: por la temática y por la técnica expositiva.

Los libros de Zaid son, asimismo, admirables, pero este último—“Dinero para la cultura”, editorial Destino—debe leerse y conservarse como un tesoro nacional. Pocas veces nos dicen a los mexicanos de manera tan clara y amena, cuáles son las raíces de nuestros males de la cultura, base de todo lo demás.

Zaid no solamente desarma el complicado aparato de las instituciones (Estado, universidades, mecenas poderosos) que supuestamente apoyan la generación del arte en sus varias manifestaciones, sino que nos comprueba cómo logran, por vicios y corruptelas, precisamente lo contrario de lo que se proponen: atrofiar y adocenar la tarea de los artistas.

Como lector, un capítulo de ese libro me atrajo y sedujo, el que se refiere al fomento de la lectura. Partiendo de la infortunada realidad de que sólo el 2 % de los mexicanos posee el hábito, que sólo llegan a 20 000 las personas que leen más de cinco libros al año, surge la pregunta generosa: ¿Cómo se puede extender la afición a los libros?

Zaid habla de la lectura como de un vicio que se contagia. Señala virus y zona de contagio. El más eficaz de los virus es el ejemplo. Si un niño ve leer a sus padres o a sus maestros, tendrá la curiosidad natural de probar para conocer como es esa experiencia. Otro virus es el comentario.

Cuando alguien expresa el placer que tal o cual libro le ha producido, la forma gozosa como le introdujo en otros mundos, quienes escuchen posiblemente intenten una aventura parecida. Se han documentado muchos casos de adultos que cayeron en brazos de la lectura por acercarse a un cuento o un relato del que oyeron hablar con efusión por un amigo.

Plantea Zaid un caso no por sabido menos penoso: una gran cantidad de maestros de escuela no lee. Una cosa es utilizar libros de texto y de consulta y otra comprar y leer libros que expandan y fortalezcan el horizonte cultural. Hojear las sugerencias añadidas a los manuales escolares no es lo mismo que adentrarse en cuentos, novelas o ensayos.

En el último año de su gestión, el presidente Ernesto Zedillo tuvo la ocurrencia de enviar a los maestros del país, como regalo de navidad, paquetes de cuatro libros de Fondo de Cultura Económica. Se almacenaron en la SEP y los docentes recibían en su centro de trabajo una tarjeta numerada para acudir después por su paquete.

Quien esto escribe no tuvo tiempo de ir por su paquete durante las vacaciones navideñas, pero en enero, temiendo que ya la oportunidad se hubiera perdido, acudí al edificio de la SEP sólo para encontrarme con uno de los espectáculos más desoladores que pueda uno imaginarse.

Ahí estaban hacinados y a la espera, miles de paquetes. Según los encargados sólo 780 maestros habían acudido por el suyo. Una inmensa mayoría había desdeñado el regalo. En compensación, se permitía que los lectores se llevaran cuatro paquetes y otros fueron regalados en diversas bibliotecas. Todo antes de evidenciar el triste fenómeno.

Zaid lo dice muy claro. De un maestro que nunca lee no es posible esperar alumnos lectores. El virus principal está ausente. El comentario tampoco existe. Así se van sucediendo las generaciones de docentes y estudiantes privados del hábito de leer y descubrir nuevos perfiles para su desarrollo humano y ciudadano.

Inducir a padres y maestros a la lectura es el principio del remedio. De ellos debe provenir el ejemplo. Se pierde el tiempo en campañas dirigidas a los adolescentes en cuyos hogares no se conoce un libro ni por la pasta. De nada sirve convocar a los jóvenes a conferencias y charlas si sus maestros prefieren el béisbol y las peleas de gallos.

Los planificadores de la SEP y de las instancias promotoras de la cultura deberían diseñar estrategias para fomentar la lectura entre padres y maestros como un primer y necesario paso.

Del éxito depende cualquier campaña posible entre infancia y esa juventud que resulta reprobada en cada examen que solicita “lectura y comprensión de textos científicos o narrativos”

COMENTARIO

Cuando se tiene el hábito por la lectura ésta se convierte en una necesidad compulsiva. Intentar adquirirla ya de grande se torna difícil, más no imposible. En los países del primer mundo, la enseñanza de la lectura ya es una costumbre en el hogar, es inmanente. Saben que leer es disfrutar, interpretar, soñar y adquirir conocimientos. Los niños entran en la escuela siendo ya lectores. Qué maravilla si esto sucediera en México.
La clave para adquirir el hábito por la lectura, como se menciona en el texto anterior, se inicia en casa con el ejemplo de toda la familia. Padres, madres y hermanos lectores producen niños lectores. Maestros leyentes generan niños lectores, pero infortunadamente en ambos casos no sucede así. Los padres en el país nuestro, que en su mayoría son pobres y a veces analfabetos, sólo se preocupan por la supervivencia que en la obligación por formar niños lectores, ¿y en la clase social mediera? carecen del tiempo necesario para practicarlo o se adocenan, y además escasea el hábito por la lectura.

Un día un compañero jubilado me vio con un libro en plena lectura y me dice:

—Yo ya no leo, por eso me jubilé.

Caracoles, no logro concebir la argumentación del maestro aquél que cree que para leer hay que estar en activo, cuánto disparate en el cacumen.

Hasta ahora no he logrado entender el porqué los maestros a sabiendas de esta deficiencia lectora no intenten provocar estrategias que induzcan a los alumnos a leer, hay tantas que se podrían aprovechar. Por ejemplo:

Llevar a clases revistas de todos tipos, hasta de monitos, periódicos, Muy interesante, cuentos, National Geografic, usar con convicción los libros del rincón de la lectura u otros con que cuentan, pero de manera sistemática, llevar a los alumnos a las bibliotecas para que las conozcan y manipulen los libros, en fin, atraparlos para que poco a poco vayan penetrando en el mundo fascinante de la lectura.

Pero en estas alternativas hay que gastar, claro cuando a alguien le gusta leer no se mide no cabe duda, para adquirir el material bibliográfico. La persona que lee debe tener en casa el material suficiente para compartir con sus alumnos, pero si no existe esa costumbre por leer, obviamente no habrá material y la dichosa lectura se vaciará en saco roto.

Pero sí el maestro no cuenta con el material, pudiera apoyarse con el acervo cultural con que cuenta y al inicio de cada clase contar historias con las artes de un histriónico consumado acordes al interés de los niños preferentemente de imaginación para atrapar el albo cielo de sus pensamientos inéditos. Esta estrategia la deben practicar todos los maestros de manera constante, porque el fomento a la lectura es trabajo de todos. Trabajar en el papel de llanero solitario no funciona.

Si supieran los niños que leer es conocer el cielo, viajar en el mundo con la imaginación, conocer a gentes de todas las épocas y de todos los países con sus costumbres y sus dolores, llenar las alforjas del conocimiento, analizar los movimientos políticos sin dejarse manipular, ayudar al desarrollo del país, a compartir experiencias, crear textos que entretengan a la humanidad, ayudar a enriquecer el acervo lexicológico y corregir la ortografía, en fin, el amor a la lectura hace libre al hombre de todos los males del mundo. El niño merece que se le enseñe a leer en todos los matices exigidos en un buen lector. Además la lectura trae como consecuencia la escritura. ¿Cuántos alumnos estarán en potencia de ser escritores y se desperdician por la falta de interés de sus maestros por no adentrarlos en la lectura?

Es impactante cuando las estadísticas aseguran que a muchísimos maestros no les gusta leer. Es necesario reflexionarlo porque así como vienen los retos en la Reforma Educativa, el maestro estará obligado a convertirse en lector si quiere avanzar, en caso contrario otro gallo cantará en su ánimo. Hay qué hacer algo.

En conclusión, el fomento a la lectura debe comenzar en casa, y el refuerzo le corresponde al maestro, si no es lector, tendrá que transformarse para dar el ejemplo a sus alumnos.