“Y no dejó de llover y las aguas subían
de nivel y arrasaban todo. Pero lo más increíble
fue que a los animales y las cosas les salieron las
palabras, reclamándoles a los primeros hombres:
—Nos
apalearon cuando sólo les pedíamos con
la mirada un pedazo de pan o cuando menos nos dieran
para lamer un insípido hueso, pero no se condolieron
de nuestras urgencias. Ahora los mataremos a mordiscos
— protestaron los perros.
—¡Cierto!
-aseguraron los comales —a nosotros nos quemaron
la espalda sin compasión y ahora, apenas, está
restañando.
-Y
a nosotras —clamaron las piedras del hogar (las
tres piedras que sostienen el trasto de comida) —a
fuerza de tanta lumbre nos cocieron y tiznaron nuestro
lomo. Ahora nos vengaremos. Y se fueron encima de los
seres quebrándoles todos los huesos-. Entonces
los hombres, asustados, se subieron a los árboles,
pero fueron aventados al suelo; buscaron la protección
de las montañas y estas se derrumbaban; todo
resguardo les fue negado a los hombres creados por los
dioses cuya única culpa fue no haberlos ensalzado,
reconociéndolos como sus progenitores.
Los
sobrevivientes, son los monos, remedo de los hombres
actuales”.
Mi
madre terminó la plática mientras recogía
el huano que utilizaba en sus tejidos para fabricar
sombreros.
Quedé alelado con su recitación.
—¿Y
de verdad sucedió, mamá?
—Si,
hijo, así me lo contaron los abuelos
Al paso del tiempo caí en la cuenta que aquel
fragmento histórico contado por mi madre se trataba
del libro sagrado de los mayas quiché sobre el
origen del hombre: El Popol Vuh de Guatemala. Y cuando
en el Códice de Calkiní leí:
“Sufrimos
fatiga nosotros descendientes de los Canules, cuando
caminamos por caminos cerrados del Petén Itzá,
de donde vinieron los de nombre Canul", quedé
doblemente extasiado.
En
un principio había creído que "Madus"
me estaba hablando del diluvio universal ya que ella
era una contumaz religiosa y no perdía ocasión
alguna para encandilarme con sus creencias religiosas
las cuales todavía no traspasan la coraza de
mis férreas convicciones amparadas por el raciocinio
de la ciencia.
Más
larde comprendí, cosa inusual entre la gente
grande de hoy, que ella si conservaba el ritual de la
tradición oral, aunque no comprometida, con la
finalidad de conservar el pasado de los abuelos. Le
comente a una de mis hijas aquel episodio de mi niñez
y me contó que a ella también la habían
asustado con ese cuento.
Mí
progenitora no sabía escribir de corrido ni siquiera
era afecta a la lectura, si acaso se distraía
en el acoso enloquecedor de los textos religiosos los
cuales recitaba mejor que una grabadora.
Guatemala,
ya tenía su historia no escrita, sino oral. Sólo
cuando los mayas aprendieron el alfabeto latino, traído
por los frailes españoles, nació el intento
por recuperar el bagaje cultural de los abuelos, aunque
con interpolaciones cristianas occidentales, pero no
se recobró gran cosa, sino sólo aquello
que les permitió la fuerza de la memoria..
Los
mayas sólo disponían de pictogramas poco
adecuados para expresar el pensamiento abstracto, de
donde surge, en consecuencia, una tradición oral.
Fue una lástima que no hayan inventado la genialidad
de otro alfabeto, de haber existido otra historia se
escribiría de los mayas. Verba volant, scripta
manent.
Mi
madre, desde Calkiní dio una muestra de esa prodigiosa
retentiva, aunque no fue una historia completa la cual
le agradezco, porque si así hubiera sido me habría
muerto desde aquellos días.
Ciertamente,
procedemos del Petén Itzá… del pueblo
de Cakchiquel, de Guatemala, tierra de Miguel Ángel
Asturias.
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