El corazón de Ah' Canul - 28
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Psicosis colectiva
Andrés J. González Kantún
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El progreso suministra una enramada benéfica de servicios y productos a la sociedad y también, sus inevitables consecuencias pesarosas que erizan la piel con acontecimientos que enredan la imaginación popular convertida luego, quiérase o no, en suposiciones malsanas, pero no exentas de verdad. Acontecimientos inusuales que rompen el equilibrio mental de una sociedad acostumbrada antes a la tranquilidad como el que viven algunos estados de la república en donde la delincuencia ha trastocado la sensibilidad humana, causando una histeria colectiva que poco a poco ha ido tomando asiento en los aún pueblos sosegados como es el caso de Calkiní, aunque se debe ir aprendiendo a navegar en esas aguas tempestuosas, causada por la falta de oportunidades para trabajar, en especial los jóvenes de todas las categorías sociales.

Ante este fenómeno de comportamiento obsesivo colectivo, la memoria me envía al año de 1988 cuando en Calkiní se vivió una historia similar de incertidumbre social por el acoso invisible de una banda conocida como Las panteras que se dedicaba a atemorizar al pueblo con grafitis amenazadoras garrapateados en todo sitio accesible. La gente en su natural idiosincrasia de credibilidad ante estos sucesos eventuales, prefería no salir por las noches para evitar un encuentro accidental con estos malandrines del miedo. Finalmente, en Nunkiní, fue atrapado un grupo de mozalbetes, robando una bicicleta y los remitieron a las autoridades en Calkiní con la idea de que eran Las panteras. Las panteras desaparecieron sin dejar rastro ni nunca se mostraron físicamente, pero dejaron un olor a una historia real. Aunque fueron puras conjeturas convertidas en emocionantes relatos que le dieron alimento al pueblo, acostumbrado a la modorra, para distraerlos de la rutina asfixiante propia de la provincia. Las panteras en Calkiní fue una calca de una organización surgida en 1966 en Estados Unidos como un medio defensivo en contra de la discriminación racial y no buscaban más que modos para luchar en contra del trato recibido por sus hermanos blancos porque las panteras también eran americanos. Si cometieron tropelías era una reacción natural de autodefensa para devolverle los males ocasionados por sus contrapartes.

En Calkiní, aún un pueblo en sentido figurado, se ha armado una tremolina social por causa de una retahíla de secuestros que ha desatado el rumor popular, enmarañando historias convertidas ya como un hecho de Zetas, Familias y Templarios y no como un resultado que puede originarse de otros medios modernos como es el uso de la TIC en manos de hábiles delincuentes que podrían estar, incluso, purgando alguna condena y cometer fechorías.

Los pueblos ya han sido rebasados por la ciencia y la tecnológica y por eso no dan crédito en que ahora los secuestros se podrían ejecutar virtualmente, es decir, en forma no física. La fuerza de la credibilidad popular no ha podido ser persuadida por la sutileza y objetividad de la ciencia, siguen creyendo en la palabra de los ángeles y arcángeles. Las redes sociales, el directorio telefónico, el acceso a bases de datos gubernamentales, el google maps y otros miles de artefactos sofisticados y satelitales pueden ver, oìr, captar movimientos, situar latitudes geográficas, reconocer personas, y un sin más de funciones. Así se explica toda la información que se tiene de la víctima para atarlo psicológicamente durante el transcurso operativo de su secuestro. A través de estos medios se pueden conocer secretos particulares: pobrecito de los infieles.

No se puede negar que en Calkiní aún se vive en tranquilidad en comparación con otros estados de la república, pero tampoco se debe ignorar la presencia sutil de cascabeles venenosos que ventean posibles incautos para su beneficio.

Si se quiere vivir en paz debe fortalecerse la unidad de los pueblos y ciudadanos en la vigilancia de comportamientos extraños, tener el valor civil para denunciar actos que vayan en contra de la salud y el pudor, no provocar alharacas populares sin fundamentos, exigir a la autoridad un censo sobre personas nuevas y motivos de su estancia en esta tierra así como estrategias que inhiban las amenazas telefónicas, en fin, un trabajo en comunión con el gobierno municipal, que debe contar con una gendarmería antisecuestros activos y no estáticos, para defender lo que ya es evidente en Calkiní.

Un pueblo merece lo que vive, hay que cerrar filas.