El corazón de Ah' Canul - 26
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Anécdotas del Calkiní de ayer
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Chac Mex, era el sobrenombre con que se le conoció a un comerciante libanés, que vivió en Calkiní desde la década de 1940 y principios de la de 1950.

Como era de esperarse, su conocimiento del idioma castellano era limitado, y con algunas palabras y giros de la lengua, tenía alguna dificultad.

En cierta ocasión, estando con un grupo de conocidos, le urgió la satisfacción de una necesidad fisiológica y les dijo:

−Ahora regreso, voy a ca…

A su vuelta uno de los presentes le explicó, que cuando se tratara de ir a esa necesidad, podía emplear la palabra “evacuar”, que no sonaba tan burda como la que él había empleado, y que su significado era el mismo.

Eran los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, y un día, hojeando el Diario de Yucatán, se topó con la noticia de que las tropas aliadas (franceses, estadunidenses), avanzaban hacia la ciudad de París, y los alemanes al no poder retenarla, no tuvieron más remedio que evacuarla.

Grande fue su sorpresa al enterarse de este hecho y dicen que lo que más le disgustaba era, según él, esa desvergonzada e indecente actitud de los alemanes de haber evacuado tan bella ciudad.

 
 
 

Allá por la década de 1950, la tienda “El Sol”, propiedad de don Antonio (Tonito) Castellanos, era centro de atención de un grupo de amigos, que frecuentemente efectuaban tertulias para comentar asuntos, sucesos, noticias y también para charlar sobre temas de la vida cotidiana.

Era frecuente ver a don Ramiro Lizarraga, empleado de correos, a don Antonio Flores, propietario del único automóvil de alquiler en la ciudad, el doctor Eduardo Baeza García, reconocido intelectual, don Chanito Arcila, corresponsal del Diario de Yucatán, don Pepe Fernández, conocido panadero del lugar, y desde luego también, don Tonito Castellanos.

Cuando en su turno don Pepe Fernández era el de la voz, le gustaba incluir en sus relatos palabras altisonantes que estimaba apropiadas para expresar sus ideas a cabalidad.

Según cuentan, cierto día el doctor Baeza, muy cortésmente, dirigiéndose a él, le dijo:

−Pepe, está bien que intervengas para hacer tus relatos, pero ¿no puedes contar las cosas sin decir tantas insolencias?

−Doctor –repuso don Pepe− los insultos son el condimento de la plática, son como la pimienta para la comida.
A lo que repuso el doctor Baeza:

−Sí, pero yo no sé de ningún guiso que se haga con pura pimienta.