Allá por la década de 1950, la tienda “El Sol”, propiedad de don Antonio (Tonito) Castellanos, era centro de atención de un grupo de amigos, que frecuentemente efectuaban tertulias para comentar asuntos, sucesos, noticias y también para charlar sobre temas de la vida cotidiana.
Era frecuente ver a don Ramiro Lizarraga, empleado de correos, a don Antonio Flores, propietario del único automóvil de alquiler en la ciudad, el doctor Eduardo Baeza García, reconocido intelectual, don Chanito Arcila, corresponsal del Diario de Yucatán, don Pepe Fernández, conocido panadero del lugar, y desde luego también, don Tonito Castellanos.
Cuando en su turno don Pepe Fernández era el de la voz, le gustaba incluir en sus relatos palabras altisonantes que estimaba apropiadas para expresar sus ideas a cabalidad.
Según cuentan, cierto día el doctor Baeza, muy cortésmente, dirigiéndose a él, le dijo:
−Pepe, está bien que intervengas para hacer tus relatos, pero ¿no puedes contar las cosas sin decir tantas insolencias?
−Doctor –repuso don Pepe− los insultos son el condimento de la plática, son como la pimienta para la comida.
A lo que repuso el doctor Baeza:
−Sí, pero yo no sé de ningún guiso que se haga con pura pimienta.