Cuando la Provincia de Yucatán en 1847 se cimbró hasta los cimientos cuando la famosa Guerra de Castas, terrible lucha fraticida en la cual los indígenas mayas volcaron todo su odio en contra de los blancos y a todo lo que con ellos se relacionaba; Calkiní, como muchos pueblos de aquel entonces, vivieron días de incertidumbre y de intranquilidad a la espera de la presencia de las hordas de salvajes que regaron de sangre los campos del Mayab. La llamada Guerra de Castas dio inicio el 30 de Julio de 1847 en la población de Tepich, perteneciente al partido de Tihosuco; dicha lucha fue encabezada por Cecilio Chi, Jacinto Pat y Manuel Antonio Ay y fue tan terrible que “a los niños les estrellaban los cráneos contra las piedras y los recibían con las puntas de sus machetes; ni los inútiles ancianos, ni las mujeres desvalidas se libraban de este furor”, fue en verdad una guerra tan feroz, que al más pintado debe haberle puesto los pelos de punta. A raíz de esta guerra, en la entonces Villa de Calkiní se reunieron los caciques de los pueblos indios a dialogar y a colaborar para la mejor solución de dicho problema. A continuación se expide el acta que a la fecha existe en los Archivos del Palacio Municipal, debidamente firmada por los participantes y a la letra dice:
“En la Villa de Calkiní, a los diez días del mes de Julio de 1848, reunidos los ciudadanos José Bonifacio Canche, cacique de Bécal; Cayetano Moo, cacique de Dzitbalché; José Manuel Yah, cacique de Sahcabchén; Antonio Chuc, cacique de Nunkiní; José Mariano Ci, cacique de esta Villa; José Chi, cacique de Tepakán y Julián Dzib, cacique de Halachó, bajo la presidencia del ciudadano Juan Chi, éste les dirigió las siguientes alocuciones: “Señores, una gran parte de nuestra raza indígena, como sabéis, se ha sublevado rudamente contra los blancos, como en su estupidez decantan, sino en contra la patria común, contra el suelo hermoso, donde nacimos todos y donde nacieron nuestros padres, donde nacen y crecen nuestros hijos, se han cometido crímenes horrorosos, atrocidades espantosas, que algún día caerán, no solamente sobre las inicuas cabezas de sus autores, sino también sobre las de aquellos que no salieron al frente para contener tamañas maldades.
Existe un Juez Supremo que ha de juzgarnos a todos; hay un dios en el cielo, omnipotente, infinitamente justiciero, que no dejará impunes tantas indignidades. Cuando nacimos, cuando abrimos los ojos a la luz, ¿no encontramos una religión de paz, y de inefable consuelo, cuyas dulces prácticas son el mayor placer de nuestros corazones? ¿No encontramos unas leyes siempre protectoras, siempre propicias para nuestras personas y para nuestros intereses? ¿No se nos han abierto las puertas del saber y de los derechos políticos, lo mismo que a todo yucateco? ¿No hemos sido admitidos sin diferencia alguna, en el seno de la sociedad de la civilización? (a continuación hay en el acta 3 líneas totalmente ilegibles).
Nada de ella es noble o decente; sus protestas son indignas, sus medios bárbaros y salvajes, sus tendencias feroces y criminales, sus definitivos resultados serán por consiguiente funestísimos. Los bárbaros del Oriente y los ilusos que han seguido su negra bandería, no tendrán perdón de Dios ni de los hombres.