El corazón de Ah' Canul - 24
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Iglesia de San Luis Obispo
Andrés J. González Kantún
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Los monumentos históricos del pasado prehispánico o colonial mucho tendrían que ofrecer a nuestro intelecto, si gozaran el don de la palabra porque han sido silenciosos testigos de historias inéditas que el tiempo inexorable con su carga de sorpresas se ha encargado de guardarlas en un cajón de antigüedades que no se ha podido desempolvar y despegar el laberinto de telarañas que las ocultan a los ojos incisivos del estudioso y que solamente la memoria egoísta guarda para sí. Cada rendija, detalle o fachada arquitectónica nos señalan épocas pasadas, corrientes culturales que se han paseado por el mundo cuyas características sobresalientes nos permiten deducir verdades ocultas.

Ahí están presentes los Polifemos homéricos de piedra y granito, imperturbables, ariscos, orgullosos en espera de ser develadas sus identidades por espíritus inquietos que las quieran dar a conocer a la comunidad los mensajes telepáticos que nos transmite la creatividad de los antiguos arquitectos masónicos de varias razas, condensadas en la sapiencia espacial que son una amalgama de cultura y sacrificio, en consecuencia, nuestros edificios y monumentos que tienen la esencia de todas ellas como son la griega, mesopotámica, romana, árabe y la nuestra, un verdadero sincretismo arquitectónico.

Hay obras que conservan aún historias vírgenes escondidas en los archivos de las iglesias, guardadas con celo por muchísimos años por los previsores religiosos españoles franciscanos, dominicos y agustinos. Hombres de mente exuberante y ágil, aunque con los prejuicios del Medioevo. Cuando llegaron los primeros doce religiosos, por solicitud de Hernán Cortés en América, se dedicaron a la evangelización de los conquistados, los concentraron en un lugar para hacer más fácil el trabajo y aprendieron la lengua indígena para acercarse más a ellos y se avocaron a la investigación de la cultura de los pueblos para darlas a conocer a la posteridad. Pero aún duermen esos viejos archivos narcotizados en los cajones de Dios, misterios de muchas historias no reveladas.

Es indudable y atroz que algún día, esas maravillosas obras tendrán que sucumbir ante la fuerza hercúlea del tiempo y la naturaleza madre, como siempre, empeñadas en desvanecer lo que el hombre un día creó para el pasmo de la civilización actual. Aquellas mentes iluminadas, descendientes de los creadores de bellezas arquitectónicas, se cruzarán de brazos ante el desafió del tiempo y verán morir épocas de luces y fantasmagorías como los elefantes en la búsqueda de un lugar digno para morir en paz. ¡Qué desgracia!

En Calkiní, como en muchos lugares de México se conservan aún representativas obras de la Colonia como son las casonas y las iglesias encerradas en una urbanización basada en un trazo reticular y como alma principal de la ciudad, la plaza central. En las grandes ciudades tienen cierta variación, pero la esencia es la misma: al este la iglesia y el palacio episcopal, al oeste el Ayuntamiento, al norte las casas reales y al sur por ciudadanos distinguidos. Y en el centro del zócalo una picota destinada para castigar a los delincuentes y una fuente. Cuando el zócalo era grande se destinaba para ejercicios militares como es el caso de la Plaza mayor de la ciudad de México en donde emerge actualmente de sus cenizas el templo mayor de los aztecas, el Cu principal para la alabanza a Huitzilopochtli, Dios de la guerra o el Dios sol (el quinto sol) y su inseparable amigo Tláloc, Dios de la lluvia.

Este rasgo urbanístico, creado por los romanos y aplicados por los españoles durante la reestructuración urbanística de los pueblos conquistados, fue el molde que se utilizó en todos los pueblos de México. Calkiní no fue la excepción, aunque descuella un detalle, pues en una de sus construcciones, el Palacio Municipal no mira al frente de la plazoleta como el resto de los edificios situados en el cuadrilongo debido al haber sido construido en una fecha postcolonial, pero quizá el largo del edificio no cupo y ese detalle le restó armonía al rectángulo de la Plaza.

Con el marco de esta introducción me voy a referir a uno de los monumentos históricos más representativos de la ciudad de Calkiní: la iglesia de San Luis Obispo, pero hablaré de manera general y con un tono recreativo intercalando vivencias particulares pues ya existe una historia pormenorizada en un libro (El templo de San Luis Obispo de Calkiní Campeche) creado por la acuciosa investigadora: profesora Estela Hernández Sandoval, de meritoria credibilidad.

La iglesia de San Luis Obispo de Calkiní, es similar a los edificios del Medioevo, la diferencia estriba en las torres que difieren de las atalayas que poseen los castillos medievales.

La iglesia es un edificio fuerte y macizo con sus contrafuertes, espadañas y almenas en hilera. Su tamaño en comparación con otras construidas en México es mediana, pero bella sin lugar a dudas.

Fue edificada sobre templos mayas que fueron destruidos para evitar la continuación de las creencias nativas e imponer una nueva religión monoteísta que se logró a medias o quizá en un porcentaje mayor a través de la sangre derramada por los abuelos. Leamos la política seguida por los encargados de la evangelización. En 1537 los obispos de México escribían a Carlos V que los templos no habían sido todos destruidos y pedían su licencia para mandar demolerlos, a fin de extirpar por completo la idolatría. Respondió el emperador: “En cuanto a los Cúes o adoratorios, encarga S. M que se derriben sin escándalo y con la prudencia que convenía y que de la piedra de ellos se tome para edificar iglesias y monasterios, que los ídolos se quemasen, y otros puntos concernientes a esto”.

Se puede advertir que la política de construcción fue uniforme en toda América, iglesias sobre vestigios nativos y en lugares elevados para observar el movimiento de los pueblos cautivos para prevenirse de cualquier rebelión y darles tiempo a los escasos españoles civiles y religiosos para cobijarse en esas fortificaciones tipo fortaleza.

La iglesia nuestra, apunta al cielo una torre de tres cuerpos con una cruz en la cúspide de brazos extendidos en el infinito equipados con campanas de bronce que no han dejado de repiquetear en cientos de años. Una torre como un giroscopio de un submarino que ojea sin cesar a toda la ciudad, guardando en la memoria un sin fin de historias desconocidas y profanas como aquella que corre en boca de los más viejos y recreadas por la imaginación desbordada del pueblo como aquel cura sin cabeza que merodeaba sus alrededores, asustando a los desvelados supersticiosos o aquella gallina viuda y sus pollitos nocturnos en fila india, en las viejas calles de Calkiní.

Continuará...