El corazón de Ah' Canul - 22
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El príncipe Jack y el hada Amor
Guadalupe Berzunza Fuentes
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Cierto día en que Jack se encontraba mirando ensimismado por la gran ventana de su precioso cuarto, vio pasar volando como saeta en fuga a una diminuta luz resplandeciente que le fue indiferente porque la vida para él no le sabía a nada. Siempre entre hilos de seda perfumada, protocolos y vasallos a quienes debía atender para resolver sus problemas.

Vivía en un gran castillo con la abundancia que da la riqueza: mujeres encantadoras, buena comida, ropa, antojos, servidumbre y además contaba con el cariño de sus padres, pero aún así no era feliz. Se ahogaba en la incertidumbre de su soledad.

Todas las mañanas al despertar, se asomaba a la gran ventana gótica de su cuarto y observaba el paisaje de grandes extensiones de pasto verde-limón rodeado de frondosos árboles que sombreaban los jardines señoriales que diluían el ambiente con su perfume embriagador, en fin, un verdadero paraíso. Pero Jack, siempre pensativo, viajaba en otros mundos desconocidos, deseando encontrar atractivos nuevos que lo apartasen de la vida frívola, llena de conveniencias y compromisos sociales propios de su alcurnia.

En el amanecer de un nuevo día, nuevamente Jack se recargó en el alféizar de la gran ventana abierta para respirar aire fresco, y de pronto…se le aparece encaramada en olas de viento y mar aquella lucecita fosforescente y misteriosa, pero que se pierde entre la densidad de las flores del jardín imperial.. Ahora sí le llamó la atención y se propuso a investigar el enigma de su terca presencia.

De modo que al siguiente día estuvo atento a la aparición de la luciérnaga. Y así, con los cinco sentidos en alerta, la vio aparecer y la llamó ansioso:

— ¡Hey lucecita, detente por favor! ¡Acércate a mi ventana!

La luz se detuvo, y se acercó hasta el ventanal posándose delicadamente cerca del brazo del Príncipe. Con el asombro reflejado en el rostro, pudo darse cuenta que se trataba de una pequeña mujercita con alas de frágiles ilusiones, de cabello azafranado sujeto por una diadema iridiscente; portaba un vestido largo de color azul brillante y la rodeaba una campana de luz dorada que la hacía aparecer más radiante, bella y sensual.

— ¿Quién eres pequeño ser? ¿Por qué siempre te me apareces? —preguntó Jack.

— Soy el hada Amor, amigo príncipe, y he acudido para ayudarte porque es parte de mi misión. Sé que necesitas ayuda por eso he estado rondando tu ventana. Te preguntarás como me enteré, es fácil nosotras los seres etéreos tenemos el don de la telepatía y nos aparecemos a los seres humanos para ayudarlos en sus problemas como es el caso tuyo.

— ¿Yo en problemas? Enfermo no estoy, así que no necesito ayuda.

—Eso crees, tú padeces el síndrome de la soledad a pesar de que vives en la opulencia y la falsa alegría cimentada en cáscara de una sociedad vacía y sin objetivos.

— ¿Yo, en la soledad?

— ¡Sí, tú, pero por lo pronto vendré algunos días a platicar contigo sobre tu mal para enseñarte a sentir las cosas de diferente manera

— No me siento enfermo, pero en fin, aquí te esperaré.

Después las visitas fueron constantes. Acudía Amor a la ventana de Jack a contarle fantásticas historias del mundo de las hadas y su misión de animar a la humanidad para encontrar la felicidad a través de la fraternidad y el amor para conservar la salud de la tierra que es también un ser lleno de energía y vida, pero él parecía no escuchar sus relatos, pues sólo permanecía embelesado con la incomparable belleza de la muñequita semejante a un botón de una rosa a punto de estallar en mil estrellas de luz.

Un día Amor le dijo:

— ¡Vamos Jack, acompáñame, te enseñare el maravilloso mundo que te rodea!

— No puedo, los guardias me detendrían pues han recibido órdenes de mis padres para no permitirme salir pues por ser el heredero del trono corro el peligro de que alguien pueda atentar en contra de mi vida.

— Exageras, no pasará nada, deja a una lado tus miedos que te dominan y salta la ventana y sígueme a recorrer el mundo, no te extrañarán, ¡ven vamos!

Jack brincó la ventana y se fue, acompañando a la libélula humana por todo el inmenso jardín que rodeaba su castillo y luego se fueron en alas de sendos pegasos a otros reinos hermanos para comparar la vida en sociedad. Ella le explicaba cómo sus hermanas hadas se encargaban de inducir al mundo en el modo de cultivar el amor entre los hombres para encontrar la felicidad y al mismo tiempo el cómo mantener en magníficas condiciones a aquellas flores luminosas, a los pastos encendidos de verdes, a las aves de colores brillantes y delicado canto Ël aparentemente escuchaba el discurso, pero su cerebro divagaba no estaba interesado en esas maravillas explicadas, sino sólo soñaba en el encanto de aquella estupenda mujer presente frente a él.

Finalmente retornó a su castillo, ya entrada la tarde, y se dio cuenta que efectivamente nadie lo había requerido en su ausencia, así que respiró aliviado.

Los días se fueron desgajando del árbol de la vida y Amor en su afán de entretener a Jack para que sus obligaciones principescas no le fueran tan pesadas y las pudiera administrar con alegría.

Se acercaba el otoño y Amor le dijo:

— Jack, pronto tendré que marcharme, requieren de mis servicios en otra región.

— ¡No es posible, tú no puedes abandonarme!

— No te estoy abandonando, sólo me ausentaré por poco tiempo, tengo un trabajo pendiente que cumplir.

— Las otras hadas te puede suplir.

— ¡No, es mi deber ofrecer amor al mundo pues de mí dependen muchos seres!

Continuará...