| Eran
aproximadamente las 5 de la tarde de una cálida
tarde del verano de 1948 y en la vetusta estación
de "Ferrocarriles Unidos de Yucatán"
se confundían las personas que iban a viajar
con las que, no teniendo otra forma de distracción,
iban a "gustar" la pasada del tren; el alegre
bullicio de las conversaciones se enriquecía
con los pregones de las vendedoras de antojitos que
esparcían delicados aromas; en el lugar se sentía
un grato ambiente de fiesta y tomado de las manos de
mi madre y de mi hermana esperaba ansioso la llegada
del tren que nos llevaría a la ciudad de Mérida.
El natural nerviosismo que me invadía por ser
este mi primer viaje en tren se acrecentó cuando
escuché el agudo silbatazo de la negra máquina
que con un penacho de humo, despidiendo cálidos
chorros de vapor y saludando con repiques de campana
entraba a la estación y entre rechinidos de frenos
se detenía delante del andén.
Con
emoción, que desbordaba mis 9 años de
edad, subí las escalerillas de uno de los vagones
y tomé asiento junto a una de las ventanillas
abiertas mientras mi padre acomodaba la maleta y las
bolsas en la canastilla y se despedía rápidamente
de nosotros antes de que el tren arrancara de nuevo.
Transcurridos algunos minutos, que me parecieron horas,
escuché que alguien gritaba ¡vaamonós!,
luego la máquina lanzó un silbatazo, las
vendedoras de antojitos corrieron hacia las escalerillas
y sentí el brusco jalón del vagón
que era arrastrado por la locomotora. Poco a poco el
tren fue ganando velocidad y por la ventanilla veía
pasar las últimas casas de la calle 22 de Calkiní,
así como los postes de la línea telegráfica
que nos acompañarían durante todo el viaje.
La altura del vagón alejaba la línea del
horizonte y con la cabeza apoyada en el marco de la
ventanilla tenía la impresión de que el
tren no se movía, que los objetos cercanos eran
los que pasaban rápidamente ante mi vista mientras
los más alejados giraban lentamente a mi alrededor.
De tiempo en tiempo el paisaje variaba: albarradas grises
y selva, albarradas blancas y casas y, entre éstos,
el bello espectáculo de los mares de verdes lanzas
de los henequenales salpicados con varas en flor, que
se perdían en el horizonte.
Cuando
mi madre se descuidaba sacaba la cabeza por la ventanilla
para ver el costado de los otros vagones y el de la
esbelta máquina cuya chimenea despedía
una espesa columna de humo que en ocasiones, al tomar
el tren alguna curva, entraba al vagón, manchaba
nuestras ropas y causaba escozor en nuestros ojos.
Al
llegar el tren a las estaciones el ambiente se animaba
con los pasajeros que subían y bajaban, así
como con las vendedoras de frutas, dulces, refrescos
y antojitos, que ofrecían sus mercancías
dentro del vagón o desde afuera por las ventanillas.
Las
novedades del viaje y mi natural curiosidad de niño
propiciaban continuas preguntas a mi madre, que con
cariñosa paciencia respondía a ellas:
_¿Mamá,
porqué no tardamos en esta estación?
_Aquí
no hay estación, el lugar se llama Granada, es
una hacienda y como hay poca población el tren
sólo se detiene un momento que se llama Parada
de Bandera.
A
veces era mi hermana la que respondía:
_¿Mamá,
porqué ahora tardamos tanto?
_Ya
no molestes a mamá y mira, el tren se cambio
de vía para que la máquina tome agua de
aquel tinaco y pueda seguir caminando, por eso no nos
hemos ido.
Después
de más de dos horas de viaje, habiendo comido
a la hora de los responsos, (12 del día) como
decía mi padre, y acostumbrado a cenar a las
6 de la tarde, ya tenía hambre y mi estómago
rechinaba como los frenos del tren; seguramente mi madre
y mi hermana sentían lo mismo que yo porque al
llegar a la estación de Chocholá mi madre
compró unas tortillitas preparadas con tsi'ik
de venado (En esa época el venado era comida
común en la península, por lo que estoy
seguro que sí lo era) y sendos vasos de horchata
fría que saciaron nuestra hambre y fueron una
más de las delicias de mi viaje.
Siendo
más o menos las 8 de la noche llegamos a la blanca
ciudad de Mérida y quedé extasiado con
la amplia y hermosa estación repleta de gente
y con los cochecitos de caballo que esperaban afuera
luciendo luminosos faroles; abordamos uno de ellos y
aún me parece escuchar el rítmico sonido
de los herrados cascos del caballo en las baldosas de
las calles que recorrimos hasta llegar a la casa de
mis tíos, donde fuimos cariñosamente recibidos.
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