El corazón de Ah' Canul - 16
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Remembranza de un viaje en tren
Carlos A. Estrada Arcila
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Eran aproximadamente las 5 de la tarde de una cálida tarde del verano de 1948 y en la vetusta estación de "Ferrocarriles Unidos de Yucatán" se confundían las personas que iban a viajar con las que, no teniendo otra forma de distracción, iban a "gustar" la pasada del tren; el alegre bullicio de las conversaciones se enriquecía con los pregones de las vendedoras de antojitos que esparcían delicados aromas; en el lugar se sentía un grato ambiente de fiesta y tomado de las manos de mi madre y de mi hermana esperaba ansioso la llegada del tren que nos llevaría a la ciudad de Mérida. El natural nerviosismo que me invadía por ser este mi primer viaje en tren se acrecentó cuando escuché el agudo silbatazo de la negra máquina que con un penacho de humo, despidiendo cálidos chorros de vapor y saludando con repiques de campana entraba a la estación y entre rechinidos de frenos se detenía delante del andén.

Con emoción, que desbordaba mis 9 años de edad, subí las escalerillas de uno de los vagones y tomé asiento junto a una de las ventanillas abiertas mientras mi padre acomodaba la maleta y las bolsas en la canastilla y se despedía rápidamente de nosotros antes de que el tren arrancara de nuevo. Transcurridos algunos minutos, que me parecieron horas, escuché que alguien gritaba ¡vaamonós!, luego la máquina lanzó un silbatazo, las vendedoras de antojitos corrieron hacia las escalerillas y sentí el brusco jalón del vagón que era arrastrado por la locomotora. Poco a poco el tren fue ganando velocidad y por la ventanilla veía pasar las últimas casas de la calle 22 de Calkiní, así como los postes de la línea telegráfica que nos acompañarían durante todo el viaje. La altura del vagón alejaba la línea del horizonte y con la cabeza apoyada en el marco de la ventanilla tenía la impresión de que el tren no se movía, que los objetos cercanos eran los que pasaban rápidamente ante mi vista mientras los más alejados giraban lentamente a mi alrededor. De tiempo en tiempo el paisaje variaba: albarradas grises y selva, albarradas blancas y casas y, entre éstos, el bello espectáculo de los mares de verdes lanzas de los henequenales salpicados con varas en flor, que se perdían en el horizonte.

Cuando mi madre se descuidaba sacaba la cabeza por la ventanilla para ver el costado de los otros vagones y el de la esbelta máquina cuya chimenea despedía una espesa columna de humo que en ocasiones, al tomar el tren alguna curva, entraba al vagón, manchaba nuestras ropas y causaba escozor en nuestros ojos.

Al llegar el tren a las estaciones el ambiente se animaba con los pasajeros que subían y bajaban, así como con las vendedoras de frutas, dulces, refrescos y antojitos, que ofrecían sus mercancías dentro del vagón o desde afuera por las ventanillas.

Las novedades del viaje y mi natural curiosidad de niño propiciaban continuas preguntas a mi madre, que con cariñosa paciencia respondía a ellas:

_¿Mamá, porqué no tardamos en esta estación?

_Aquí no hay estación, el lugar se llama Granada, es una hacienda y como hay poca población el tren sólo se detiene un momento que se llama Parada de Bandera.

A veces era mi hermana la que respondía:

_¿Mamá, porqué ahora tardamos tanto?

_Ya no molestes a mamá y mira, el tren se cambio de vía para que la máquina tome agua de aquel tinaco y pueda seguir caminando, por eso no nos hemos ido.

Después de más de dos horas de viaje, habiendo comido a la hora de los responsos, (12 del día) como decía mi padre, y acostumbrado a cenar a las 6 de la tarde, ya tenía hambre y mi estómago rechinaba como los frenos del tren; seguramente mi madre y mi hermana sentían lo mismo que yo porque al llegar a la estación de Chocholá mi madre compró unas tortillitas preparadas con tsi'ik de venado (En esa época el venado era comida común en la península, por lo que estoy seguro que sí lo era) y sendos vasos de horchata fría que saciaron nuestra hambre y fueron una más de las delicias de mi viaje.

Siendo más o menos las 8 de la noche llegamos a la blanca ciudad de Mérida y quedé extasiado con la amplia y hermosa estación repleta de gente y con los cochecitos de caballo que esperaban afuera luciendo luminosos faroles; abordamos uno de ellos y aún me parece escuchar el rítmico sonido de los herrados cascos del caballo en las baldosas de las calles que recorrimos hasta llegar a la casa de mis tíos, donde fuimos cariñosamente recibidos.