El corazón de Ah' Canul - 14
 
No. 14
Los dulces más sabrosos
Andrés Jesús González Kantún
 
 

Amigos y amigas:

No hay duda que los dulces más ricos del mundo son: el beso de una niña o niño y le siguen en orden de importancia esa mirada ingenua y tierna cargada de dulzura o esa sonrisa picara y fascinante o aquel marrullero llanto que abre las puertas del consentimiento.

Cuando el niño mira nos arrebata el alma y nos sumerge en la blancura de su corto intelecto, y nace en ese momento en uno, el deseo irresistible de comerlo a besos para saborearlo y descubrir lo que trae en sus recónditos pensamientos para entregarle lo que pide sin solicitarlo. Candorosa mirada infantil que exuda un no sé qué que cuando se detiene en uno paralizan los sentidos. Ojos de mirar lánguido y tierno así como de los toros de lidia de rizada testuz en un abrevadero, en apariencia mansos, pero explosivos y de mucho trapío en el ruedo. A veces me imagino que antes de hablar, el niño entrena con la mirada para conseguir lo que quiere pues en ella se descubre una inmensa comunicación silenciosa en el momento en que nos ablanda la coraza de la resistencia, pero mata el entendimiento y se cede una vez más.

La sonrisa es otro de los atributos maravillosos de estos pequeños seres. La traen por naturaleza, pero no la sueltan cuando se les pide, sino cuando ellos quieren. A veces es espontánea; otras, simulada y necesita uno transformarse en un payaso para robársela por un rato. Una sonrisa regalada basta para aliviar un afanoso día de trabajo; y una carcajada, un bálsamo relajante para una muerte deliciosa en vida.

El beso de un niño es una golosina que no tiene precio. No se vende a cualquiera, ni tienda que la surta, ni vitrina que la exhiba. Su sabor no se puede definir. O es de miel, chocolate, fresa, coco o chamoy, en fin, nadie se lo explica, porque no se puede describir así como el olor de un árbol de cedro en una húmeda primavera. Lo único que se aprecia, señores y señoras, es que se trata de un dulce con gusto incomparable que sólo lo puede ofrecer un hijo o un nieto, y que en cada momento que se da ya no sabe lo mismo que el anterior, pues cada beso es de diferente aroma.

Yo soy un hombre afortunado por los tantos caramelos que saboreo al día y puedo asegurarles que nunca me empalagan ni me sacian. Se me han vuelto una necesidad compulsiva.

. Estar junto a ellos no es aburrido ni tormentoso, hacen falta como el alimento diario que se necesita para subsistir. Auque a veces da coraje tratarlos porque cuando se les habla ensordecen de repente, la voz melosa o estentórea se gastan inútilmente y se pierden en los intersticios de los rincones menos imaginados. ¡Cabroncitos muñecos encantadores, no tienen remedio!

Cierto, yo he gozado a montón de este privilegio, como muchos otros quizá, pues Dios me ha otorgado, hasta ahora, la dicha de diez nietos y dos en camino que han sido la fiesta de mi existencia fugaz.

Cuando los tengo a mi lado no me atarantan sus gritos ni sus juegos, ni la energía excesiva que muestran, manipulando valiosos artefactos que tanto se cuidan, aunque mi naturaleza no es la paciencia, pero si acaso me gana, me tapono los oídos con corchos invisibles que me evitan oírlos; por eso no sé el porqué se quejan de que los niños matan con sus llantos y sus gritos. Para mí es como un canto embriagante de sirenas posadas en la playa en espera de cautivar a Odiseo que se convulsiona iracundo en el palo mayor de su barco para reunirse con ellas, pero que no puede por estar atado.

A causa de su egocentrismo, cuando arman un relajo provocan problemas, que deben ser resueltos inmediatamente y piden llorando ayuda a los padres sin razón o con ella. Los papás intervienen y resuelven las situaciones sin lastimar a los acusados, pero a veces se atolondran y favorecen a su camada, aunque en lo general se hacen de la vista gorda para evitar confrontaciones con los demás.

El llanto de un niño es la herramienta más efectiva para conseguir lo que desea. Los hay de diferentes tonos: un gesto triste y silencioso o estruendoso acompañado de manoteos y pataleos; son argumentos convincentes que doblegan a cualquier padre que se precie de ser estricto y opta por consentirlo aún fueran los más absurdos o frivolos caprichos.

Algunos papás, que presumen conocer la psicología infantil argumentan: — Deja que el niño se revuelque, grite, salte o se tire a morir, muéstrale indiferencia, y verás que se tranquilizará paulatinamente. Sabe él que esa conducta le abre las puertas del cielo, pero no tomándolo en cuenta aprenderá lo que uno ha aprendido de sus actos extorsionistas.

¡Bien dicho, pero en la práctica se agachan y consienten!

Yo no sé qué raro magnetismo irradian los niños, pero aún con sus travesuras y berrinches nunca sabré vivir sin su calor ni sus besos, sonrisas y lloros. Mientras viva los disfrutaré sin medida... a esa canasta navideña de variadas viandas y colores que la naturaleza me obsequió ya que son la miel del universo infinito concentrado en éstos agradables liliputienses hechos de maná de cielo.

Seguro estoy que no existen dulces más exquisitos que los besos dados por un niño o niña, ¿estoy equivocado, señoras y señores?