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Nuestra génesis como nación no empieza
hace 200 años, surge en el lejano siglo XVI cuando
se produce el encuentro de la población indígena
asentada en lo que hoy conforma nuestro territorio -purépechas,
mexicas, mayas, zapotecas, tarascos, otomíes,
tarahumaras, etc., etc.- y el conquistador español
venido de allende.
La
llegada de los españoles genera una nueva infraestructura
pero la diversificación persistió en lo
que dio por llamarse "reinos" -Nueva Galicia,
Nuevo León, Nueva España, Nueva Vizcaya-.
En la Península de Yucatán, surge la Capitanía
General y en cada una de estas estructuras florecieron
características propias y distintivas de su forma
de ser y existir, pero compartiendo un común
denominador: la preponderancia y dominio económico
y político de un reducido grupo, situación
que se prolongó por trescientos años.
Durante
este período nace nuestro mestizaje, primero
la sangre indígena se mezcla con la española,
luego con la de los traídos del África.
Posteriormente con la de los alemanes, italianos, ingleses
que vinieron a explotar las minas y la producción
agrícola, lo mismo sucede con la de los judíos
conversos al catolicismo y dedicados a la comercialización
de productos y con las de otros emigrantes llegados
a nuestro país.
Así
es como se unen caracteres físico biológicos
pero también rasgos culturales, formas de ver
y vivir la vida, en una especial argamasa que da como
resultado lo que hoy somos: un pueblo orgullosamente
mestizo.
Los
procesos históricos vividos también dan
un sello a nuestra identidad. Las condiciones de vida
imperante en la colonia, promotoras de una serie ininterrumpida
de inconformidades que estallan en rebeliones alimentadas
por acontecimientos que tenían lugar, principalmente
en Europa pero especialmente en España, hacen
que en 1810 aflore, una vez más, el deseo de
desligarse del gobierno de lo que dio en llamarse "la
madre patria".
A
partir de este evento y durante poco más de sesenta
años, en el territorio nacional se debatió,
con las armas en la mano, el proyecto político
de la nueva nación.
Después
del inicio de la guerra por la independencia y muertos
sus principales caudillos se generó una situación
en la que la lucha por la independencia decayó.
La tranquilidad entre los ricos de la Nueva España
comenzó a florecer de nuevo y sólo se
perturbaron cuando desde España vieron amenazados
sus intereses y los que antes habían combatido
-clero, ejército y nobles-, retoman la idea de
emancipación política y buscan los medios
para llevarla a cabo sin sufrir pérdidas.
En
Agustín de Iturbide encuentran la figura a través
de la cual podrían salvar sus intereses, consumándose
su anhelo en 1821. Mas resultó un cierre ficticio
y la nación se vio envuelta en una serie de convulsiones
fratricidas.
Lo
que verdaderamente sentó las bases del espíritu
de la nueva nación fueron las Leyes de Reforma
que fundamentan nuestra identidad nacional en los principios
básicos de libertad e igualdad, pero al tocar
a los intocables, las internas luchas armadas se intensifican
y como si no fuera suficiente, naciones extranjeras
-Francia y USA- intervienen invadiéndonos y ahora
hay que defender la soberanía nacional.
Al
sobrevenir la Revolución y los movimientos que
le sucedieron, juntamente con las enunciadas en el párrafo
anterior desempeñan un papel reforzador del espíritu
nacional de nuestro pueblo y culmina en el fortalecimiento
de nuestra nación que cristaliza en una nueva
Constitución, la del 17, la cual entre sus principios
primordiales postula una república federal, una
división de poderes, la autonomía municipal,
amén de las garantías individuales y derechos
laborales.
Parece
necesario enfatizar que nuestra Carta Magna reconfirma
un principio que hoy en día se antoja olvidado
inclusive desde las más altas autoridades, la
separación de Iglesia y Estado.
Al
parecer las nuevas estructuras sociopolíticas
son contrarias a tal postulado y por eso "olvidan"
que si bien estamos celebrando el bicentenario del inicio
de la lucha por la independencia y el centenario del
inicio de la Revolución, también estamos
celebrando el 150 aniversario de las Leyes de Reforma.
Ni
como mexicanos ni como nación, podemos ni debemos
olvidar que éstas establecieron principios que
promueven el desarrollo de una libre conciencia, único
instrumento efectivo de la persona.
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