El corazón de Ah' Canul - 13
 
No. 13
El "Chavalillo" y el "Samurais"
Andrés Jesús González Kantún
 
Colonia de Fátima
 

Todo ya está listo para comenzar. Son las 16:30 horas y el "Chavalillo" y su cuadrilla esperan atentos en la puerta del ruedo la llamada del clarín. El "Chavalillo", sin mediar palabras con sus compañeros, se aparta sigilosamente del grupo para dirigirse hasta un árbol de roble en donde se encuentra sujeto un descomunal toro enmascarado, lo observa detenidamente, lo reconoce y exclama con voz encabronada que provoca el sobresalto de un grupo de curiosos:

- ¡Me lo imaginaba! ¡Otra vez! ¡Uta madre! ¡Es el pinche "Samurais"! ¡Qué chinga! ¡Ni modo, me tendré que jugar la vida de nuevo! ¡Ni pedo!

El "Samurais" había sido toreado en infinidad de fiestas de pueblo, por eso el torero al reconocerlo se sintió estremecido. No era para menos, pues aparte de los tremendos sustos que había causado en los ruedos, algunos toreros no vivieron para contarlo. Tenía una bien ganada fama de asesino. Las muescas se le notaban en sus descomunales y puntiagudos tarros.

Se escucha el ronco clarín y los toreros se aprestan a entrar; es el paseíllo de rigor, el acto más atractivo y vistoso en el inicio de una fiesta brava, perderse esta gloria es como si le arrancaran a uno el alma en pedazos.

En el centro del ruedo, fijado sobre el piso, sobresale un escamoso tronco de huano. En él se sujetará al toro y luego se le dejará libre para jugar con la vida o la muerte con su eterno burlador, el hombre.

Ahí entra el "Samurais", de un negro brillante el color y lo traen los hermanos González: "Perucho", "Huelús", "Dzus", "'P' eex" y un agregado el "Pelón Tuz". El toro viene aprisionado en una maraña de tensas cuerdas vaqueras.

Se asoma a paso lento y con el rostro enfundado en un antifaz de pita de fibra de henequén. Por su peligrosidad no se le ha permitido ver a nadie, pero tiene la libertad de saborear en el ambiente el miedo que causa su impresionante figura, él está acostumbrado a producir sensaciones y más si se trata del hombre.

Se le sujeta en el madero a través de una serie de cadenetas. Le ciñen en el formidable cuello una relumbrante y ancha cinta roja y le cinchan la panza con una soga nueva y áspera para convertirlo en un gran saltarín o en un jijo de la chingada.es decir, exprimirle el coraje para convertirlo en un excelente contendiente.

¡Suelten al toro! ¡Suelten al toro! ¡Suelten al toro! Anuncia la trompeta, y se afloja la costura, y la máscara cae lánguidamente al suelo, y se levanta la soberbia testuz. Ahora comienza la danza de la muerte. Un pie adelante, luego el otro, retrocede dos tres pasos, agacha la cabeza, la levanta retadoramente sobresaliendo su enorme giba, gira el cuerpo por completo, araña nuevamente el piso, el polvo oscurece la visión, muge demoníacamente y de sus belfos borbotea un tsunami de saliva. El Samurais ya está listo para el combate. El "Chavalillo" no se asusta, se le templa el ánimo, se le engarruña la piel, se le templa de nuevo y se le expanden los cojones, pero ya está listo también.

El gentío explota de alegría, juega con la palabra chusca y altisonante que son los ingredientes necesarios en esa clase de fiestas.

El toro muge encorajinado, reta, retrocede, patalea, inclina y levanta la rizada cabeza muchas veces para tomar fuerza. Y el torero sale decidido a enfrentarlo como los buenos. Ambos gladiadores se miran a lo cabrón, juegan a ver quién domina a quien:

— ¡Hei toro! ¡Hei toro! ¡Hei toro, aquí estoy! — reta el matador.

El inminente encuentro se produce, y el toro bebe glotonamente un tinaco de aire y coraje, mientras la capa se despliega en un rizoso abanico de un rojo encendido, y luego el capote entra en el juego, y los insultos también. Pero al final de cuentas, como viejos amigos, se dan la mano "¡Gracias a Dios!"

Al Samurais" lo habían traído de Ticul, Yucatán por un paisano avecindado en ese lugar, Ramón Ucán (RIP) quien lo había prometido desde mucho tiempo atrás; hasta que cumplió y de qué manera.

Ahora las corridas de toros comienzan casi a las 17:00 por la llegada del progreso: ya se cuenta con lámparas en el ruedo. Y los palcos donde el sol alumbra ya no existen.