En
memoria de María de los A. Pinto N. A once años
de su sensible fallecimiento.
¡Cómo
lamento y lloro tu eterna ausencia
Cuándo sube a mis labios la confidencia
Buscando en tus palabras dulce consuelo!
Aunque te brinde dichas y paz el cielo;
¡Cuánto lamento y lloro tu eterna ausencia!
Enrique Hernández Miyares. (Poeta cubano).
Los
epitafios son esas frases que se colocan en las lápidas
de las tumbas. Hay algunas que encierran un reproche, como
aquella que puede verse en un cementerio de Minnesota: “Fallecido
por la voluntad de Dios y mediante la ayuda de un médico
imbécil”. O la de aquél señor que
se preocupaba demasiado por su salud y se tragaba toda clase
de menjurjes: “Aquí yace un español, que
estando bueno quiso estar mejor”. Otros, aprovechándose
de su profesión, se hacen promoción gratuita.
Como en una lápida mortuoria de California: “Aquí
yace Jane Smith, esposa de Thomas Smith, marmolista. Este
monumento fue erigido por su esposo en memoria suya y como
modelo. Sólo cuesta trescientos dólares”.
Otros
epitafios encierran toda una enseñanza filosófica.
Para aquellos que no experimentan en cabeza ajena en San Salvador,
República de El Salvador, se haya un monumento coronado
por un automóvil destrozado cuya inscripción
reza: “Esto significa: alcohol, velocidad y distracción”.
Del
ingenio popular nos llega este epitafio que alguna señora,
desilusionada de su marido, le mandó grabar en su tumba:
“Aquí yace mi marido, al fin rígido”.
O el de aquel señor que dedicó a su mujer: “Aquí
yace mi mujer, fría como siempre”.
Según
algunos estudiosos eso de escribir epitafios tuvo su origen
en el antiguo Egipto.
Los
egipcios fueron un pueblo que veneraba mucho a sus muertos.
Las grandes construcciones que realizaron para enterrar a
sus gobernantes y la conservación de sus cuerpos (momificación)
son ejemplo elocuente de su preocupación por “el
más allá”.
Los
egipcios pensaban, y no estaban equivocados, que al escribirle
su epitafio al difunto “hacían vivir su nombre”.
Afortunadamente
se han conservado algunos ejemplos de epitafios egipcios:
“¡Que no sea rechazado de vuestra puerta, dioses!
¡Que no la encuentre cerrada con cerrojo!¡Ojalá
pueda contemplar a Tum, mi Padre, establecido en sus dominios
del Cielo y de la Tierra!”.
O como este otro que procede de un anónimo poeta de
la XI Dinastía (2049 – 1991 a. de C.):
“Hoy
la muerte está frente a mí
como la curación frente a un enfermo,
como el salir al aire libre después de una enfermedad.
Hoy la muerte está frente a mí
como el perfume de la mirra.
Hoy la muerte está frente a mí
tentadora como el deseo de la casa propia
para quien haya estado preso muchos años”.
La
invocación a los dioses de las tinieblas y de las profundidades
era cosa natural en el antiguo Egipto: “Que Hades te
conceda agua fresca, porque perdiste la dulce flor de la juventud”.
Probablemente
los griegos hayan adquirido la afición por los epitafios
de los egipcios. Lo cierto es que con los griegos los epitafios
adquieren un sentido filosófico nunca antes visto;
pero no por eso desprovisto de cierto sarcasmo e ironía,
como el escrito por el poeta alejandrino Calímaco (s.
IV a. de C. ): “Aquí, Filipo enterró su
mayor esperanza, / Nicóteles, su hijo de doce años”.
Los
que morían por la Patria no eran olvidados, su sacrificio
era recompensado con la inmortalidad. Así lo manifiesta
un epitafio griego escrito por Simónides de Ceos (¿556-467?
a. de C.):
Estos
hombres, después de cubrir de gloria
a la amada patria, fueron cubiertos por la oscura
nube de la muerte. Y muertos, no han muerto,
pues su valor los devuelve de la morada del Hades.
El
sacrificio que de su vida hiciera el general espartano Leónidas,
junto con sus trescientos acompañantes, en el desfiladero
de las Termópilas (480 a. de C.) combatiendo a los
invasores persas les valió un monumento funerario y
un epitafio que reza así: “Extranjero, ve y dile
a Esparta que aquí yacemos por ser fieles a sus leyes”.
Célebre
es el epitafio que el matemático griego Diofanto ostenta
en su última morada: “Esta tumba contiene a Diofanto.
¡Oh gran maravilla ! Y la tumba dice con arte la medida
de su vida. Dios hizo que fuera niño una sexta parte
de su vida. Añadiendo un doceavo, las mejillas tuvieron
la primera barba. Le encendió el fuego nupcial después
del séptimo, y en el quinto año después
de la boda le concedió un hijo. Pero ¡ay !, niño
tardío y desgraciado, en la mitad de la medida de la
vida de su padre, lo arrebato la helada tumba. Después
de consolar su pena en cuatro años con esta ciencia
del cálculo, llegó al término de su vida”.
(¿Cuántos años vivió Diofanto?)*
Los
romanos, quizás, adquirieron de los griegos el gusto
por los epitafios. Hasta nosotros han llegado varios de ellos.
Publio
Virgilio Marón (70 – 19 a. de C.), poeta latino,
hizo grabar sobre su tumba: “Mantua me dio la vida /
que Calabria me arrebató; / ahora pertenezco a Nápoles,
/ canté granjas y pastos, / capitanes y sus guerras”.
Otros
epitafios hacen mención de las glorias guerreras: “Aquí
yace Escipión Africano el Mayor (235 – 183 a.
de C.), cuyas acciones ni sus compatriotas ni los extranjeros
pueden negar”.
En
las Catacumbas romanas, cementerios subterráneos que
utilizaron los primeros cristianos como centros de reunión,
se han encontrado los siguientes epitafios: “Quietos
yacen los huesos entre las piedras / mientras el alma vuela
a voluntad de Dios”. “Nacido con el nombre de
Pascasio Severo el jueves de Pascua, día anterior a
las nonas de abril... quien vivió seis años,
recibió la gracia el 11 de las calendas de mayo y depuso
sus albas bautismales en el sepulcro la octava de Pascua”.
“Aquí está puesta Veneriosa, recién
bautizada, que vivió seis años, finó
el 8 de las idus de agosto”. “A Domisio inocente,
recién bautizado, que vivió tres años,
treinta días”.
Los
mexicanos, tal vez, recibimos de los españoles eso
de escribir epitafios. Los pueblos mesoamericanos sentían
una profunda veneración por sus difuntos. De ahí
que pronto adquiriera carta de naturalización en nuestro
país escribir sobre las lápidas de las tumbas
algún pensamiento dedicado al ser querido.
No
faltarán aquellos que saquen a relucir su sentido del
humor, como la funeraria González que anunciaba allá
por los años cincuentas del siglo pasado: “Aquí
no nos pasamos de vivos con los muertos”.
En
el cementerio de la ciudad de Calkiní podemos admirar
varios sepulcros que contienen originales inscripciones.
Los
familiares de Alejo Pérez García y Petrona España
Pacheco escribieron: “¡Papi y Mami: El dolor de
haberles perdido se convierte en gozo al saber que Dios les
ha recibido”.
En
la tumba de la niña Librada R. Santoyo C., quien falleciera
a los cuatro años de edad, se lee la siguiente cita
bíblica: “Viéndolo Jesús les dijo:
Dejad los niños venir a mí y no se los estorbéis;
porque de los tales es el Reino de los cielos. Marcos Cap.
10:14”. Además, en la lápida tiene esculpido
un reloj que marca la hora de su deceso: 6:30 A. M.
Sin
duda alguna las madres son las que se llevan los más
grandes elogios. Como la inscripción de la Sra. Clementina
May: “Duerme en Paz madre querida que / mientras duren
nuestras vidas / depositaremos en tu loza fría / rosas,
lágrimas y oraciones”.
Desde
luego que también hay recuerdos para el progenitor.
“A la paz ganada por un padre que supo cumplir su misión
en la vida”. Epitafio dedicado al Sr. Hernán
Avilés Pérez. Pero quizá el más
significativo sea el que le escribieron sus hijos al Sr. Felipe
de Jesús Dzib Puc: “Viejo: Descansa en Paz”.
En
el camposanto antes mencionado, en los lotes que llevan los
números 61 y 62, se encuentra el Osario de la Familia
Pinto Negroe, en él encuentra su sueño eterno
la que en vida llevara el nombre de María de los Ángeles
Pinto Negroe (1930 – 1993). Persona muy apreciada por
la sociedad calkiniense por su amabilidad, don de gente y
afable trato. Como un homenaje a su memoria dedico este acróstico,
que bien pudiera servirle de epitafio:
Al
recuerdo de tía Olo, con gratitud.
M
oriste para este mundo de ingratitud
A l prójimo ayudar fue tu mayor virtud
R ecuerdo tu rostro santo de beatitud
I rse tu alma purísima por la altitud
A sí lucías santificada en
tu ataúd
D
e ti yo tengo recuerdos de gratitud
E n tu alma noble no cabía ingratitud
L
os que te conocieron en la juventud
O rgullosos testificarán plenitud
S obre todo notificarán rectitud
A
quellos que testimonian tu magnitud
N o dejarán de reconocer excelsitud
G anaste el amor de todos con tu actitud
E ras por antonomasia la gratitud
L ucías como una estrella en su plenitud
E ras astro que guiaba nuestra rectitud
S eguirá haciéndolo, aun estando
en el ataúd
P
ero tu deceso nos llenó de inquietud
I luminar ¿quién podrá
nuestra juventud?
N o habrá otro faro para guiar alba
virtud
T ú iluminabas con tu luz la negritud
O scuro y triste, tú, alumbrabas el
ataúd.
N
o sea tu ausencia eterna causa de inquietud
E n ti hallaremos ejemplo de gratitud
G racias te damos por ser ángel de
virtud
R ogamos a Dios te acepte con amplitud
O ramos para que alcances la beatitud
E ras una santa, aun tendida en el ataúd
Y para aquellas personas que se abaten, sufren, acongojan
y entristecen pensando en la ingratitud, el olvido, la indiferencia
y el abandono de sus seres queridos después de su muerte
es bueno, como consuelo, meditar en las palabras del escritor
francés Henri de Montherlant (1896-1972): “Hay
personas que viven, únicamente, por un bonito epitafio”.
Y
usted, amable lector, ¿ya redactó su epitafio?
*
84 años. (325 – 409).