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Columna de Teresita

Delincuencia juvenil, amenaza la paz social

(24 de octubre de 2016)
 
 

El municipio de Calkiní concentra buen número de escuelas de educación media superior y superior, en sus poblaciones habita un alto porcentaje de jóvenes y otros estudiantes residentes, formando un amplio segmento de habitantes jóvenes, quizá por ello, es una plaza que motiva a ofrecer y engatusarlos hacia el consumo de estupefacientes, menudeo y distribución de alguna sustancia tóxica. Tal ambiente se agudiza por la falta de opciones laborales, mismas que generan la migración hacia ciudades como Cancún, Playa del Carmen, Mérida, Ciudad del Carmen o Campeche, para después de una aventura sin éxito retornar a sus lugares de origen, sin expectativas y con alta probabilidad de unirse a algún grupo para delinquir.

Lamentablemente, cada vez más están ocurriendo hechos protagonizados por jóvenes, muchos de ellos abandonaron la escuela, otros tienen algún problema de adicción y provienen de ambientes familiares violentos. La situación es peligrosa para los vecinos de los barrios, una amenaza para la comunidad y, más aún, un desafío para las autoridades locales.

En repetidas ocasiones, la nota roja de riñas entre adolescentes, vandalismo en fines de semana, agresiones físicas a personas adultas, atropellos a viviendas y el acecho constante de algún intento de abuso son una constante. Y los uniformados, patrullas y rondines ¿dónde están? La dependencia encargada de la seguridad pública no está al servicio de la ciudadanía, la comunidad sometida por el vandalismo sin que, la policía atienda las demandas civiles.

En los últimos meses, escenas como las anteriores están presentes en el municipio de Calkiní, primero Diztibalché ahora Bécal, el centro de operaciones de bandas que asolan a los habitantes de la Villa; enfrentamientos y protección de familiares son hechos que han pasado de las pantallas a la realidad. Migrantes de otros lugares y patrones de conducta negativos, se están apoderando de la pasividad de aliados juveniles de la localidad, quienes ante la falta de vigilancia de sus familiares, fácilmente son presa de redes del consumo de drogas y alcohol, situación que se favorece pues ninguna autoridad aplica el reglamento para evitar la venta de alcohol, cigarrillos a menores de edad. Si la policía municipal cumpliera su trabajo con responsabilidad, contribuiría en minimizar la existencia de grupos delictivos; hacen falta servidores públicos con conocimiento y ética para cumplir con sus funciones, sensibilidad para proteger a sus conterráneos, salvar a sus hijos y familiares de las garras de la delincuencia.

Esas señales de alerta deben ser un sensor para todas las autoridades, incluyendo las educativas y policiales. Cuando en las calles ocurren batallas campales y en los sitios públicos impera el desorden, son evidencia de que pueblo y gobierno están distanciados, ni uno ni otro manifiestan voluntad por atender la problemática, sin darse cuenta que su desinterés e incapacidad contribuyen a la expansión de la delincuencia. El asunto no es de una persona, es de la colectividad: pueblo y gobierno, escuela y familia, iglesia y sociedad.

Las acciones serán exitosas si todos participan. Quizá, amable lector, no tenga hijos pequeños ni adolescentes, pero si algún ser querido, a lo mejor un vecino, ahijado o alumno, por ellos, humildemente, doy voz al silencio de muchas personas que no se atreven a aceptar la situación que asola nuestras calles, el temor que siembran en los pueblos, la presencia de jefes de bandas y la amenaza que merodea las escuelas.

Jóvenes estudiantes, que su compañía, confianza, respeto y solidaridad, les inspire ayuda para sus amigos.

Padres, madres, hermanos, abuelos … cuidemos a los nuestros.

Directores de escuela y maestros, que su sensibilidad humana les permita percibir conductas inesperadas, necesidad de escucha de sus alumnos, demanda de afecto y confianza.

Presidentes municipales, regidores, servidores públicos municipales, que su ética de servicio les dé claridad para percibir los problemas sociales de sus comunidades y atender con responsabilidad las necesidades de su gente.

Legisladores locales, que su capacidad de gestión sea su fortaleza para ofrecer apoyos institucionales, programas educativos y recursos financieros para buscar soluciones a los problemas que laceran el tesoro de la juventud.

Religiosos, que sus iglesias sean un verdadero oasis de esperanza y formación espiritual.

¡Alto a la delincuencia! ¡Atención a los jóvenes! ¡Protección a las niñas y jovencitas! ¡Salvemos a los jóvenes, a la juventud de los pueblos! Es el presente que debemos atesorar, educar y proteger, ellos serán el futuro y el origen de la futura generación de familias.

San Francisco de Campeche, Cam. 24 de octubre de 2016.

 
 
Texto: Teresita Durán Vela, 24 de octubre de 2016 / Imagen: https://encrypted-tbn3.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcTruMVZg6EtSjlC0Ib2Fh2nojZg3-773n-rW1H4caXlPdW516bv