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Columna de Teresita

Jubilarse para renovarse

(25 de septiembre de 2015)
 
 

Así como el desarrollo humano atiende a un proceso, la vida laboral también. Cuando al fin consigues trabajo –si éste corresponde a lo que estudiaste– el comienzo es luminoso, lleno de expectativas; conforme pasan los años, se adquiere experiencia, mejora el desempeño, la situación económica prospera, se presentan opciones de crecimiento y de ascenso en algunos casos.

A veces, los planes se alejan del proyecto inicial y del desarrollo profesional, lo que en ocasiones genera estancamiento, frustración, desmotivación y apatía, condiciones que afectan el desempeño y atacan el espíritu del trabajador. Si esas circunstancias personales predominan durante mucho tiempo, el trabajo se convierte en una tarea tormentosa, se desdibuja la sonrisa y hasta los otros pagan por la insatisfacción del compañero.

Durante los últimos meses, se ha incrementado el número de trabajadores en la educación pública que se encuentran en proceso de jubilación. El retiro es una de las etapas de la vida laboral. Lo que inicia, termina. Cuando llega ese  momento, las personas atraviesan una transición del trabajo a la jubilación, puede ser breve, recibida con actitudes positivas o prolongada por falta de tareas, salud desmejorada, desgaste causado por trámites administrativos, y la espera del pago de la pensión mensual.

Afortunados los que tienen un empleo, conservan el trabajo y tienen la posibilidad de obtener el retiro que como derecho les corresponde. El principio y el final de la vida laboral de los maestros en México es un tema de reflexión en los últimos años.

Una de las etapas de la carrera docente es el retiro. Concluir en el ejercicio de la  profesión, cerrar el ciclo tiene su momento. Se aproxima a un cambio de actividad, aprovechamiento del tiempo, renovación personal –incluyendo la espiritual–, disposición a más tiempo para la adecuada alimentación, activación física, el entrenamiento y los viajes. Jubilarse para renovarse, la vida no termina con el retiro del trabajo.

Dedicatoria

A las maestras y maestros en retiro:

Llegó el día de dejar la escuela, optar por la jubilación, no sé si fue anticipada, forzada por factores externos o decidida por convicción, sin presión alguna o de alguien. El  momento de decir “hasta aquí, ni un día más”. Quizá fueron treinta años o más dedicados al trabajo en las aulas, compartiendo con niños de edades diferentes, adolescentes con historias desiguales; conviviendo con colegas, padres de familia, directores y supervisores. Viviendo cada ciclo escolar con sorpresas, satisfacciones, frustraciones, alegrías y nuevos compromisos.

Los años laborales en el magisterio ciertamente son acumulables, creas antigüedad pero son relativos, porque depende de cada docente, su sentido ético y logros, los que permiten disfrutar plenamente cada etapa. Puede ser la misma cantidad de tiempo pero hay una gran diferencia entre el que dedicó tantos calendarios a la vida en los salones, aprendiendo y enseñando a aquel que se limitó, en el mejor de los casos, a cumplir el horario de la jornada de su plaza. Mi reconocimiento para los primeros.

La energía del joven maestro en la comunidad perdura, la emoción en las celebraciones del día del niño, el festival de las madres y el día del padre, así como los convivios navideños, las clausuras y hasta las veladas con su toque de diversión y laboriosidad, se evocarán a través de álbumes fotográficos. De esos días, las imágenes guardarán instantes de las páginas personales en el ejercicio de la profesión.

 
 

A las maestras y maestros de educación especial que ofrecieron profesionalismo durante décadas en la atención de alumnos con discapacidad o con necesidades educativas especiales, que cada día fue de aprendizaje para los niños: cada palabra pronunciada un gran logro, cada paso un éxito, cada palabra escrita señal de progreso, cada hábito la muestra de una destreza; porque con sus actos de enseñanza brotaba la esperanza para las familias, por esos instantes de victoria compartida. Su estampa seguirá viva.

A las educadoras de educación inicial y preescolar, heroínas y valientes. Amigas de los duendes y abogada de los animales salvajes, conserven esa valentía para defender los derechos de los niños. Creadores  de escenarios atractivos y mundos imaginarios para favorecer el desarrollo de las competencias para la vida, que su alegría adorne la plenitud de su madurez.

A las maestras y maestros de educación primaria. Forjadores de conocimientos y aprendizajes duraderos. Las huellas que imprimieron en la vida de los alumnos, el recuerdo de las familias y la labor que  realizaron en la escuela de la comunidad, son los mejores estímulos que vale la pena atesorar. En buena parte de las comunidades rurales, fueron autoridad y ejemplo de vida. Estoy segura, no fue en vano tanto tiempo al servicio de la educación.

A las maestras y maestros de secundaria. Guías, amigos, cómplices de travesuras pero firmes en sus estrategias para relacionarse con los adolescentes. En la asignatura a su cargo, su implacable organización promovió hábitos de estudio para la vida futura de los estudiantes. Entre los cambios psicológicos y emocionales propios de la edad, los docentes se convierten en aguerridos consejeros.

A las maestras y maestros de educación indígena. Promotores de la lengua materna, defensores de usos y costumbres propios de la cultura local, su intervención pedagógica para la construcción de escenarios para el aprendizaje será al mismo tiempo, el motor que impulse las competencias para el vida. Su contribución germinará.

A las maestras y maestros de educación física. Incansables bajo el sol, juguetones, consentidores, confidentes y apreciados por los alumnos. En la historia escolar de sus discípulos han impregnado energía y dado movimiento al cuerpo en crecimiento, desarrollando destrezas y talentos. Los estudiantes añorarán ese tiempo de juego y diversión.

Se han retirado centenares de profesores, vacíos que serán cubiertos por la nueva generación. Se organice o no un festival de despedida en la última escuela de labores, permanece el recuerdo de los docentes en la historia de los colegios, la disciplina, sus hábitos buenos, la calidez de su trato, el ejemplo, las palabras sabias y enseñanzas. Tampoco se olvidan los días de ensayo del bailable, la memorización del poema, el discurso alusivo en el homenaje, los cantos y juegos.

El fin de la vida laboral es un respiro para unos, pero para otros puede ser el comienzo de una etapa difícil. Para aquellas maestras y maestros que dejan las aulas, arriban a la antesala del gozo de la vida plena, madura. Se cierra un ciclo, para abrir otras puertas y mirar nuevos horizontes, vislumbrar otras expectativas, mantener la capacidad de asombro, ilusión para despertar y valorar la generosidad de la vida.

La continuidad del día corona la oportunidad para adaptarse a nuevas tareas, la libertad para organizarse, divertirse, aprender algo nuevo, renovar lazos de amistad  entre condiscípulos, organizar encuentros familiares, unirse a un grupo en la comunidad, disfrutar cada rincón de la casa, expresar la transparencia del cariño a las personas cercanas y a los seres queridos, integrarse y beneficiarse de los programas creados especialmente para los jubilados y pensionados, es una magnífica opción.

Termina la vida laboral. Un capítulo que concluye para dar paso a otro episodio sorprenderte… su misión no finaliza en la escuela, la vida le ha reservado otra encomienda ¡vívala, disfrútela!

Septiembre 2015.

 
 
 
Texto: Enviado por Teresita Durán; 25 de septiembre de 2015 / Fotos: Santiago Canto Sosa, 2014