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Columna de Teresita

Fiestas campechanas

(3 de octubre de 2014)
 
 

Ha llegado octubre, junto con la brillantez de la luna esplendorosa, las fiestas campechanas. Tiempo de algarabía, folclor, cultura, aprendizaje y convivencia. Es quizá, uno de los meses de mayor tradición local: erección de Campeche en ciudad, la fiesta patronal en honor a San Francisco, la fundación de la capital del estado, el aniversario del parque centenario, el aniversario del natalicio de Pedro Sainz de Baranda, el decreto de fundación del Instituto Campechano. Dzitbalché (Calkiní), recibe el título de ciudad, novenario y gremios en honor al Santo Cristo de la Misericordia, hasta la llegada de las ánimas y los preparativos para el altar de muertos. Durante este mes, siempre hay ocasión unirse las festividades.

Hace más de cuatro siglos, los españoles arribaron a territorios mayas, llegaron al mundo místico de un pueblo indígena cuya riqueza fue deseada; poseedores de sabiduría y arquitectos de grandes edificaciones. Para los ibéricos, los mayas asentados a orillas del mar, se convirtió en  gran botín, la conquista se consumó. Dos culturas enfrentadas, alma del mestizaje.

San Francisco de Campeche guarda celosamente un pasado henchido de tradiciones, leyendas y disputas que bosquejaron cada época. La capital campechana está de  fiesta. Auroras frescas, alboradas en el pórtico de las iglesias, unión familiar, congregación de vecinos en los barrios y grupos escolares son partícipes de desfiles, festivales y demostraciones de la grandeza cultural, del legendario pasado maya y el legado colonial.

 
 

La belleza arquitectónica del centro histórico de la capital, se baña por el rojo atardecer, torres de catedral vigilan secretamente la tranquilidad del mar, permanecen serenas desde lo alto; cada piedra, cada calle, en cada ventanal o balcón, permanecen huellas o miradas escondidas, la ciudad del sosiego reposa cada amanecer y descansa bajo la redondez de la luna. Nada como la quietud, transparente para coquetear a las nubes cuando cae la noche.

Silenciosas  frente al mar, la  novia del mar y la mujer campechana, disfrutan el horizonte de arrebol, sus figuras hechas sombra, retratan  arrojo y  fe ante la bravura de las olas, mirando la bizarría de pescadores, hombres de aguas lejanas en busca de los frutos del mar. Es la ciudad engalanada por el golfo, amada por la gente, resguardada por vetustas murallas y protegida por añejos baluartes.

Es tal riqueza cultural e histórica, que todos estamos llamados a protegerla. Una ciudad que se expande por el aumento de población, la construcción de zonas habitacionales, áreas de permanente construcción desdibujan los planos ancestrales para dar paso a la transformación urbana, modernización de vías, regularización de predios, limpieza de lotes baldíos que manchan el paisaje citadino. El entorno actual rompe con la armonía cromática de las fachadas, las calles rotas sangran el paso de peatones y vehículos, la baja serranía está acabándose –el baluarte orográfico- convertida en daño ecológico.

 
 

Ante tal escenario, los custodios que viven permanentemente en barrios, cerros, colonias y fraccionamientos de la capital, admiradores del azul gris del mar, orgullosos de su ciudad, están llamados a conservar su entorno, limpiar el frente de sus casas, mantener los predios sin maleza, recoger la basura de sus hogares, mantener en buen estado los parques, juegos infantiles y zonas públicas. Amar la ciudad, es limpiarla.

En esta invitación pública y ciudadana, los empresarios de la construcción deben ser inteligentes, sensibles al daño físico y perjuicios que ocasionan con sus volquetes y maquinaria, pues no sólo las vías que  seguirá el drenaje en construcción sino todas las trayectorias de sus unidades, circulan de manera irresponsable,  tirando a su paso, grandes volúmenes de polvo, lodo y hasta, piedras. El esfuerzo para conservar bella los sitios de la ciudad, tiene que ser colectivo. Porque si esto empeora, el patrimonio histórico, la riqueza arquitectónica colonial quedará en recuerdos, fotos que la generación de infantes y jóvenes del próximo siglo podrá observar.

Hagamos de las fiestas de octubre, el gran motivo para celebrar el cumpleaños de la ciudad y el compromiso para  preservar su belleza, hacer de la limpieza, buenas prácticas ciudadanas, el baúl de valores familiares y costumbres populares que los campechanos vivimos cotidianamente.

 
 

Campeche es nuestro, es la tierra donde aún reside la paz, el lugar encantador de los cacicazgos mayas. El rincón privilegiado del sureste, la ciudad amurallada, la ciudad colonial de antaño que se remoza para estar a la altura de los destinos turísticos del orbe, con la calidad de los servicios y la calidez perpetua del campechano.

Campechano de corazón es mucho más que crujiente fraile, una tira bordada de colores en el traje típico, un suculento cazón  entomatado, un rosario de filigrana o de coral. Ser campechano de corazón es un estilo de vida, esencia de la campechanía; el distintivo del ciudadano emprendedor que forja su con esfuerzo y laboriosidad; el sentimiento oculto, manifiesto en actos, conductas y actitudes  positivas.

Nuestros pies transitan por la legendaria tierra maya, suelo prehispánico que dio paso al encuentro ibérico, hoy sigue de pie. ¡Es el Campeche de ayer, la tierra del presente!

Hagamos de la fiesta del pueblo, la celebración más digna de lo que somos. Campeche es tradición, de historia y valores.

3 de octubre 2014.

 
 
 
 
Texto: enviado por Teresita Durán, 3 de octubre de 2014 / Foto (1): Proporcionada por Narciso Cuevas Flores / Fotos (2-5): Santiago Canto Sosa