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Columna de Teresita

Palabras de gratitud a una Madre

(6 de mayo de 2013)
 
Monumento dedicado a las Madres, en la ciudad de Dzitbalché (15/04/2013)
 

Año  con año, la celebración del día de las madres es una auténtica fiesta familiar, bien sea una pequeña reunión en casa, la visita al panteón, el viaje al lugar de residencia de mamá, una llamada telefónica o algo más sencillo, cada persona, según sus posibilidades,  dedica tiempo para recordar y estar cerca de la mujer que le dio vida. Aunque no necesariamente el diez de mayo es la única fecha para hacerlo, gran parte de la población mexicana procura no pasar desapercibido ese día.

La vida merece celebrarse y agradecer cada día a una Madre, sus bendiciones; ¿por qué  esperar el 10 de mayo para demostrar con obsequios su aprecio? En mi opinión,  qué mejor, entregarle en vida, momentos de alegría, devolverle lo mucho de su entrega; expresar con ternura y paciencia, lo valioso que significa, porque cuando su corazón deje de latir,  ya no podrás acariciarla ni tomará tus manos, entonces sentirás su ausencia,   tan grande como el abismo; lágrimas, oraciones  y  flores jamás llenarán ese vacío. Mamá no equivale a un día festivo, significa mucho más.

Una Madre es   ejemplo vivo de lucha, ampara con ternura en su regazo, la fragilidad de un bebé; sostiene en sus manos, la calidez de unas manos pequeñas, escucha las preguntas desconcertantes de  un adolescente; acepta las decisiones de los jóvenes y presiente el abandono de los hijos mayores. A una Madre, se le agradece la vida; su entrega y generosidad al criar, cuidar, educar y proteger.

Es la mujer valiente ante el peligro, fuerte como  roca y cálida como el sol. No importa su edad, siempre dirigirá el timón, aunque navegue entre tempestades, su carácter la mantiene en la ruta correcta para llegar a buen puerto.

Cuando llega a la vejez, se aproxima a una etapa de sorpresas, algunas veces de soledad y abandono; en el mejor de los casos, con los cuidados, según las necesidades propias de algún padecimiento. Cuando eso ocurre, los hijos  experimentan un cúmulo de emociones, puede modificarse la dinámica en el hogar,  fortalecer la solidaridad, afianzar la unión familiar o provocar un distanciamiento entre hermanos debido a la falta de voluntad y compromiso para compartir la responsabilidad en la atención.

Una madre anciana que adolece  alguna enfermedad desea compañía, percibe el aprecio, siente el rechazo, acepta agasajos, sonríe, se emociona, no pierde el instinto maternal, hasta el final de su existencia, se ilusiona con la llegada de sus vástagos, sabe que son parte de su ser…

No importa cuántos años tenga Mamá, durante toda su vida es digna de respeto, todo cuánto pudo depositar en las manos, es invaluable; ningún regalo material, consuela las noches de vela, las horas de angustia, los años de sufrimiento… Si ya es una ancianita, vuelva a casa, -le aseguro amable lector- que sus ojos chispearán de alegría.

Madrecita que forjaste mi presente con empeño,  guarda en tu memoria  estas palabras de gratitud. Que  tu despertar sea el motor de mi esperanza, tu sonrisa clamor de alegría y tu vida, ilusión constante.

A ti, Madre mía que dedicaste con vigor, tus energías al trabajo, hoy mereces mi cuidado y protección.

Tú que día a día disfrutaste el fulgor de las estrellas, deja a tus ojos mirar la inmensidad del cielo y el vuelo de las mariposas.

A ti, mujer de singular belleza, viste tus labios con sonrisas. No permitas humedecer con lágrimas, la ternura de tu rostro.

A ti mujer de la edad dorada que arropaste el cuerpo de tus pequeños, toma contigo las manos  de tus nietos y bisnietos para dibujar con ellos un paraíso imaginario.

Tú que guiaste con la brújula de la conciencia, el destino de tus hijos, desembarca con ellos en el puerto de la felicidad. Si avanzaste con paso firme a la victoria, no desfallezcas antes de terminar el viaje.

Madre mía, haz de tu silencio la mejor canción de valentía.

San Francisco de Campeche, Cam. 6 de mayo de 2013.

 
 
 
Texto: enviado por Teresita Durán Vela, el 6 de mayo de 2013 / Foto: Santiago Canto Sosa