Los cambios culturales en la sociedad actual suceden de muchas maneras, en ocasiones son paulatinos, otras veces ocurren rápidamente. Independientemente de la velocidad del cambio, surgen nuevas prácticas de convivencia y de vida. Lo mismo pasa con las personas con discapacidad. Hace muchas décadas, la mayoría de las familias con hijos con discapacidad, evitaba que sus vástagos fueran vistos por vecinos o que salieran de paseo por la calle. Si acaso, los amigos cercanos y familiares sabían de la existencia del niño con síndrome Down, de la niña sorda, del joven paralítico o del abuelo ciego. Aunque en muchos casos, era un secreto a voces, recibir visitas en el hogar era una restricción generalizada. ¡Qué tiempos!
Hoy día, la situación en diversas comunidades se empieza a alejar de los prejuicios, creencias e ideas acerca de la discapacidad. Aunque no en todos los pueblos y ciudades ocurre lo mismo, al menos no todas las personas con discapacidad viven recluidas en habitaciones oscuras o cerradas, ni están atadas a sus hamacas. Afortunadamente, las cosas están siendo más dignas para los seres humanos. La aceptación de la discapacidad es una realidad social, empezando con la familia, escuela y sociedad en su conjunto.
El reconocimiento de los derechos humanos de las personas con discapacidad, la aceptación social de ese sector de la población y su inclusión a la vida plena, son algunos de los logros actitudinales; prácticas basadas en el respeto a la dignidad, tolerancia, convivencia. La no discriminación, igualdad de oportunidades y la aceptación de las personas con discapacidad, son algunos principios que sustentan la cultura de la inclusión y un ejemplo de que sí es posible, un cambio sociocultural; muestra de ello, son los atletas paraolímpicos, músicos ciegos exitosos, empleados con síndrome Down, escritores con limitaciones motoras, ejecutivos que usan silla de ruedas; en fin, todos ellos lograron derribar barreras culturales y de aprendizaje para ocupar un puesto y así, aspirar a su realización personal.
La inclusión de quienes tienen discapacidad, resulta de esfuerzos conjuntos y decisiones inteligentes; la familia, maestros, empresarios, políticos y funcionarios, cada uno, desde su posición, juega un papel importante. Cuando existe una cultura de aceptación de las diferencias y respeto a la diversidad, es posible el desarrollo de las capacidades humanas y la fortaleza espiritual para salir adelante ante los desafíos.
Las personas con discapacidad tienen capacidades y talentos. Sueños y derrotas, derechos y obligaciones, más allá de una silla de ruedas, un bastón, unos audífonos o un movimiento lento, la discapacidad se compensa con otras capacidades y desarrolla nuevas virtudes.
En el crecimiento y desarrollo de una persona con discapacidad, la presencia del maestro y profesionales es parte de la alianza humana que hace posible el aprendizaje. La familia tiene el protagónico en esta historia, un desafío compartido. Cuando el bebé con discapacidad recibe estimulación temprana, atención pedagógica especializada, cuidados médicos y percibe la aceptación afectiva de quienes le rodean, es el principio de una educación infantil con bases para un pronóstico favorable con miras a su inclusión educativa, social y cultural. Esos son los primeros pasos; vendrá una serie de experiencias, retos, compromisos familiares e institucionales; en todo ese proceso, el maestro de educación especial comparte el estelar junto con los padres.
Así, maestros y personal de apoyo intervienen en las diferentes actividades recreativas, escolares, sociales, deportivas y culturales; se convierten en mediadores del aprendizaje, con sus estrategias didácticas crean ambientes agradables en el aula. Por esa noble labor que realizan a diario con los alumnos con necesidades educativas especiales, merecen reconocimiento social.
En la XXIII sesión de la Legislatura LX del Congreso del Estado de Campeche, atendiendo a la solicitud de un grupo de educadores y profesionales de la educación especial, el diputado José Benedicto Barony Blanquet presentó ante el pleno, la iniciativa con Proyecto de Decreto para declarar en Campeche el día 3 de diciembre como Día del maestro y personal de apoyo de educación especial. Una fecha simbólica a nivel internacional que otorga el reconocimiento de las personas con discapacidad, sus derechos y obligaciones. Precisamente, por primera vez en nuestro estado, este 2012 celebramos a todos los maestros, maestras, psicólogos, trabajadores sociales, terapistas y personal de apoyo a la educación especial, como una forma de reconocer su dedicación, compromiso, alto profesionalismo y vocación de servicio, a favor de niños, adolescentes y adultos con discapacidad con o sin necesidades educativas especiales, que reciben atención y seguimiento en los Centros de Atención Múltiple (CAM), en las Unidades de Apoyo al Servicio de Educación Regular (USAER) o en los Centros de Recursos para la Integración Educativa (CRIE) dispersos en la amplia geografía de los once municipios.
En educación especial, creer en el potencial humano de los alumnos y mostrar aprecio a la diversidad, son manifestaciones de sensibilidad para entender la complejidad de las emociones familiares y las necesidades educativas de los chicos. Tienen una demanda permanente para estar dispuestos a entregar tiempo, dedicación, conocimientos, experiencia e inteligencia, porque los maestros saben que lo que hagan o dejen de hacer, influirá en la vida de los educandos y dejará huellas perennes en la memoria y el corazón. Cuerpo, mente y corazón son los mejores dispositivos para impulsar buenas prácticas educativas, comprender las diferencias, respetar los estilos y necesidades de aprendizaje, creer en las potencialidades sin crear más limitaciones para la vida. La docencia en educación especial es un acto creador de amor y sabiduría.
En educación especial se trabaja con pasión, y ese entusiasmo no se da por acuerdo secretarial, logro sindical ni mediante un curso intensivo, es una exaltación a la calidad humana, un estado anímico flexible que se impulsa desde el yo interior, con valores, emociones y compromisos al contemplar el propio aprendizaje y el de los educandos. En verdad, es emocionarse por las sonrisas de los alumnos, contagiarse de la curiosidad, alegrarse por el descubrimiento de una información, contemplar en silencio las miradas chispeantes de los adolescentes, sentir la victoria cada vez que un alumno triunfa o muestra que ha aprendido. Es mantener vivo el deseo de aprender más y conservar encendido el motor para ascender a la cima de la realización personal y profesional que hacen al buen maestro; su tarea no termina cuando se retira de la escuela, continúa… porque su labor se nutre con la esperanza de disfrutar el éxito, la inclusión plena y una vida digna de sus alumnos con discapacidad y sus familias.
¡Felicidades a la gran familia campechana de educación especial!
San Francisco de Campeche, Cam. 4 de diciembre de 2012 |