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Columna de Teresita

Profesión compleja

(11 de mayo de 2012)
 
 

Una de las profesiones que merecen del compromiso ético y responsabilidad social para ejercerla, es la del maestro. Para ser maestro no basta con acreditar el currículo vigente en las escuelas formadoras de docentes, también es necesario apropiarse del conjunto de valoresy actitudes de la identidad profesional; implica un proceso de formación personal que define la identidad en el ejercicio consciente, voluntario y reflexivo del ser, saber hacer y saber actuar en la vida personal y laboral. Es decir, ser maestro supone la interiorización de conocimientos, habilidades, actitudes y valores que favorezcan el aprendizaje significativo de los educandos, desempeño docente con calidad que contribuya al desarrollo armónico e integral de las facultades del ser humano. Decidir ser maestro, cumplir con la misión, alcanzar el reconocimiento y la trascendencia es un tarea humanista y exigente.

Ahora que se aproxima el día del maestro, sin dejar de lado el manto oscuro que permea sobre el actuar de algunos educadores, vale la pena cuestionar ¿En qué momento cambió la cultura laboral de los educadores? ¿A qué se debe el predominio de actitudes de conformismo, pasividad y mediocridad en algunos integrantes del gremio magisterial? ¿Dónde están los maestros extraordinarios? ¿Por qué algunos mentores desecharon los valores y principios éticos de la profesión? ¿Estarán dispuestos los profesores a marcar la diferencia, a tener expectativas de realización personal y trascender como maestros? Estas son algunas interrogantes que invitan a revalorar el desempeño del colectivo magisterial, reconsiderar que los tiempos actuales plantean otras exigencias sociales y los maestros de ayer están inmersos involuntariamente en esta vorágine, que los impulsa a ser parte de otras condiciones escolares, alumnos con características y experiencias tecnológicas diferentes a las de su vida escolar (décadas atrás) pero no por ello, insensibles a la realidad.

Los maestros que estudiaron y se formaron en el siglo pasado, son parte de esta época, despojarse de creencias, tabúes personales y prejuicios, resulta complicado. Negarse a vivir el presente, en la sociedad del conocimiento y el acceso a las tecnologías de la información y la comunicación, es enclaustrarse en un molde caduco, sobre todo, si reconocen que el entorno vigente en la vida de los niños y jóvenes, es diferente. La generación estudiantil de esta década está invadida por circunstancias y estímulos virtuales que deforman el contexto familiar, amenazan las relaciones personales, deterioran la comunicación e impide la creación de lazos afectivos verdaderos del desarrollo emocional y cognitivo de las personas. Ante un panorama de esta naturaleza, los maestros en servicio están expuestos a nuevos desafíos profesionales.

Independientemente de la fase de la carrera donde se sitúe un profesor, conviene que realice una autoevaluación, antes de pasar al plano de una evaluación externa e institucional, es recomendable, que cada uno reconozca sus competencias, acepte sus limitaciones, identifique dificultades pedagógicas, esté dispuesto a aceptar sus necesidades de formación académica y a tener la voluntad para aprender y superarse tanto en lo personal como en lo profesional. En mi opinión, disponerse a nutrir la vocación, atreverse con libertad a cambiar paradigmas, prácticas y a edificar la filosofía que oriente su vida magisterial, lo cual lo hará sentirse orgullo de su profesión.

¿Cómo alimentar la pasión por enseñar y convertirse en buen maestro? ¿Por qué es necesario fortalecer los principios de la profesión docente? La autoevaluación es el primer canal para analizar y reflexionar, el intercambio de experiencias entre colegas, los cursos de actualización y el análisis del rendimiento académico de los alumnos, son algunas fuentes de enriquecimiento que el educador debe valorar para inspirar su desarrollo profesional. Los testimonios y aportaciones de otros, también contribuyen a la identidad profesional, tal es el caso del pedagogo Chistopher Day, con su obra Pasión por enseñar. La identidad personal y profesional del docente y sus valores.1 Un libro cuyo contenido resalta la enseñanza apasionada a través del ejercicio emancipador que guía a los alumnos a entusiasmarse por el aprendizaje, ayudándolos a elevar su mirada más allá de lo inmediato, a aprender más sobre símismos.

El simbolismo que protege la imagen del maestro postrevolucionario del siglo XX está a punto de desaparecer; la imagen actual está deformándose, pero es momento de fortalecer la importancia de ser maestro en estos tiempos. Para ser un buen maestro, se necesitan valores éticos y actitudes positivas. Un buen maestro se distingue por el compromiso ético con que ejerce su labor, la responsabilidad social con que interactúa y se relaciona con los alumnos, padres y colegas, así como por el entusiasmo y pasión con que día a día, prepara su clase, para hacer de esa experiencia de vida una oportunidad de aprendizaje para los alumnos.

 
 

El buen maestro se distingue por su deseo insaciable de seguir aprendiendo, mejorar sus formas de enseñanza, atreverse a reconocer sus limitaciones y fortalezas; modificar sus actividades, diversificar su clase, motivar a los alumnos a aprender, respetar las diferencias individuales de sus estudiantes, ofrecer las ayudas necesarias, ampliar su repertorio de ejercicios y actividades; atreverse a descubrir otras metodologías, usando su libertad y creatividad.

La pasión por enseñar no se da por acuerdo secretarial, logro sindical ni mediante un curso intensivo, es una exaltación a la calidad humana, un estado anímico flexible del profesor que lo impulsa desde el yo interior, sus valores, emociones y compromisos a contemplar su propio aprendizaje y el de sus estudiantes. Emocionarse por las sonrisas de los alumnos, contagiarse de la curiosidad, alegrarse por el descubrimiento de una información, contemplar en silencio las miradas chispeantes de los adolescentes, sentir la victoria cada vez que un alumno triunfa o muestra que ha aprendido. Es mantener vivo el deseo de aprender más y conservar encendido el motor para ascender a la cima de la realización personal y profesional que hacen al buen maestro.

Un buen maestro cree en el potencial humano de sus alumnos y muestra aprecio a la diversidad; muestra sensibilidad para entender la complejidad de las emociones y entrega su tiempo, dedicación, conocimientos, experiencia e inteligencia, porque sabe que lo que haga o deje de hacer, impactará en la vida de los educandos y dejará huellas perennes en la memoria y el corazón de los chicos.

Para quienes llevan años en la profesión o están iniciando, leer Pasión por enseñar es un aliciente ideal para promover la autoestima, sacudirse del estancamiento profesional, liberarse de las cadenas de la frustración o remover las emociones y sentimientos añejados que no impiden las bondades del ejercicio docente. En estos tiempos, rezagarse o elegir la apatía como estilo de vida, es negarse vida y crecimiento. Si la tierra gira, la sangre circula, las olas vienen y van, los girasoles cambian, entonces ¿por qué mantener inmóvil el pensamiento y la vida del maestro?

Si estás empezando tu carrera de maestro, trabaja con entusiasmo, con voluntad para hacer las cosas de manera diferente; si estás cerca de la primera década de actividad, un alto cae bien para redefinir el futuro de tu profesión; si haz dedicado más de dos décadas de tu vida a esta labor, valora ¿Qué puedo hacer para mejorar mi situación? y si ya estás cerca de la etapa del retiro, aprecia tu vida, responde ¿Cómo preveo el resto de mis años en la escuela, en educación? Es momento de tomar una decisión ¿Tengo salud, fuerza física, actitud mental para cumplir cabalmente, con eficiencia y responsabilidad la función y las tareas que implica el trabajo que realizo? El retiro es una etapa del ciclo de vida profesional y laboral. Se cierran ciclos y abren nuevas ventanas, la vida se vive, se disfruta; el trabajo no es para sufrir.

Con el respeto que se merecen las maestras y maestros, el reconocimiento, las huellas que imprimen en la vida de los alumnos, el recuerdo de las familias y la labor que realizan en la escuela de la comunidad, ahí tienen los mejores estímulos que vale la pena atesorar; porque acumular años, finalmente no te hace acreedor a una condecoración, sino a crear una imagen cansada que arruina una larga trayectoria; aniquila la labor ejemplar y marchita el misticismo de una profesión altamente humana y digna.

A mis maestros, a los maestros nuevos… gracias por su fortaleza al sembrar nuevas semillas de esperanza y calidad de la enseñanza.

A aquellos que han dedicado más de tres décadas de su vida a este ejercicio social y continúan en las escuelas, gracias por su tiempo y experiencia. Que este día del maestro les ilumine para descubrir el lado luminoso de sus vidas.

A los maestros extraordinarios que sí existen, ¡felicidades!

San Francisco de Campeche, Cam. 11 de mayo de 2012.

1 Day, Christopher. Ed. Narcea. 2007.

 
 
 
 
Texto: enviado por Teresita Durán Vela, 11/05/12 // Fotos: Santiago Canto Sosa, 2012