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Columna de Teresita

A Enrique Herrera Marín. In memoriam

(15 de agosto de 2011)
 
 

La vida es fuente de bendiciones: refleja generosidad, dispone momentos agradables, acumula experiencias y custodia aprendizajes. Su ausencia deja vacíos, acuña recuerdos que no se esfuman, se conservan firmemente. Mi familia y quien esto escribe, fuimos afortunados de conocer, admirar, convivir y aprender de un extraordinario ser humano; alguien con el don de dar color a la noche, hacer brillar el sol en una corrida de toros, dejar brotar el capullo de la flor de la calabaza, sentir el calor del comal con una apetitosa tortilla de maíz o emocionarse con los labios rojos de una joven mestiza en la vaquería. La sensibilidad y su gran orgullo por las raíces del pueblo maya fueron motivo de inspiración para la creación de óleos y pinturas. Con singular técnica, vistió brochas y pinceles que se deslizaron cientos de veces en los lienzos. Ningún otro artista campechano ha pintado tantas veces a la mujer mestiza como él.

El pincelador del alma maya se ha marchado, se fue sin despedirse, sin dedicarnos una canción… abandonó su guitarra, las brochas, los caballetes, los cuadros… la familia; a los niños del taller de pintura, a socios de la Atenea Becaleña, maestros jubilados del coro, a pintores de su agrupación, artistas, vecinos y paisanos. La música y la pintura fueron compañeras inseparables de su vida. El magisterio se convirtió en el regazo de sus sueños.

El maestro Marín –como cariñosamente le llamamos- seguirá vivo en cada una de sus cuadros; cada vez que lo escuchemos cantar, ver su retrato o simplemente al nombrarlo. Amó su tierra natal, como tantas veces expresó: Mi tierra, mi gente, mis costumbres…

Con la intención de compartir el sentimiento y admiración por la sensibilidad del hombre virtuoso, dar voz al agradecimiento de mi familia y socios de la agrupación Atenea Becaleña, a la perteneció como socio, participando en festivales culturales y exposiciones para deleite de habitantes de las comunidades en el municipio de Calkiní; también fue promotor cultural, encabezó junto a otros creadores, el gusto por la apreciación y expresión artística del trabajo de pintores locales en escenarios de la Feria Artesanal de la ciudad o en galerías del estado de Campeche y Yucatán.

En su memoria –respetuosamente- evoco su existencia. En múltiples ocasiones acudimos a sus exposiciones, sin dejar de apreciar los matices de óleos y acuarelas; sentir en cada cuadro y revivir las costumbres del pueblo: Cabeza de cochino, Jaraneros de Tankuché, Los cazadores, La charanga, El chiclero, La noria, Hombre de campo, Hanil cool, Tortilla a mano, son muestra del folklore de la tierra de los abuelos; su talento artístico es manifiesto.

La figura femenina vestida con el traje regional, adornada con rosarios de filigrana, con un niño en brazos, amamantándolo o simplemente acostados en la hamaca, fueron imágenes recurrentes. El colorido de los huipiles, la blancura de los fustanes o el matizado satinado de los ternos en las noches de vaquería, tuvieron un significado especial en sus colecciones. La choza de palma con paredes de palos, la banqueta y el fogón con el comal también. No se diga de las plazas e iglesias católicas de Bécal, Calkiní, Dzitbalché, Nunkiní y Campeche. Fue capaz de plasmar la riqueza y el patrimonio cultural de la región maya del norte de Campeche, su contribución a las artes en la Península de Yucatán es digna de admirarse.

Con sus creaciones, los usos y costumbres de las familias mayas, trascendieron más allá de fronteras, en diversos puntos de la geografía nacional; su inquietud por dar vida a la vida de sus ancestros y semejantes a través de los colores y las formas, hoy se ha convertido en el legado de un artista noble, humilde, generoso… heredó piezas artísticas, joyas que muestran el mundo mágico de los mayas descendientes de una prolífera cultura. Quizá las opiniones que expreso en estas líneas sean descalificadas por los estudiosos del arte o los críticos, no importa; su juicio y conocimiento es de expertos, gracias por ampliar los saberes. Mis palabras son transparentes.

Enrique Herrera Marín dejó a la posteridad una colección de pinturas valiosas, su contribución al arte regional y al patrimonio cultural de Campeche, es sin duda, un tesoro valioso. Su vida no fue opaca sino brillante, su obra trascendental. Se marchó el profe, el amigo, el artista… El pincelador del alma maya…

Descanse en paz.

San Francisco de Campeche, Cam. 15 de agosto de 2011.

 
 
 
 
Texto y foto(2): enviados por Teresita Durán Vela; 15/08/11 // Foto(1): Santiago Canto Sosa; 2010