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Columna de Teresita

Leer para aprender

(23 de febrero de 2011)
 

 

El interés de las instituciones gubernamentales por incrementar el número de lectores mexicanos, ha sido tema álgido en las políticas del gobierno federal y los estados; fomentar la lectura en la población, ampliar la red de bibliotecas públicas, implementar las salas de lectura en más poblaciones y sitios comunitarios, son algunas de las estrategias de operación de los programas nacionales. Inversiones cuantiosas, modificaciones a la Ley de fomento para el libro y la lectura (promulgada en 2008), cambio al enfoque de enseñanza del español en la educación básica y ferias internacionales de prestigio, aun no impactan favorablemente en las prácticas lectoras de los mexicanos.

De acuerdo a la Encuesta Nacional de Lectura (2006) realizada por el Área de investigación aplicada y opinión de la UNAM, sugiere en sus conclusiones que hay retrasos en materia de fomento educativo, de acceso a la información (bibliotecas virtuales), de pérdida de confianza en las dependencias encargadas del fomento a la lectura, etcétera. Tan crítica es la situación, que apenas unos meses, en agosto 2010, CONACULTA, realizó en México la Encuesta nacional de hábitos, prácticas y consumo culturales; casi la cuarta parte de los encuestados refirió que no tienen un libro en casa, ni siquiera un diccionario; el 38% declaró tener entre 1 y 10 libros. El 93% no ha escrito (hablando del proceso creativo) y del escaso porcentaje de lectores (27%), había leído completo un libro.

México está en una posición desconcertante. ¿Qué pasa con los Programas Nacionales de Lectura y de Salas de lectura? El primero una propuesta de la SEP, el segundo una iniciativa de CONACULTA. ¿Por qué el porcentaje de lectores no aumenta? ¿Cuándo se convertirá México en un país de lectores? Se pueden plantear innumerables cuestionamientos, algunos con respuestas.

En uno de tanto eventos y discursos del titular de la SEP, ha insistido en la necesidad de “una nueva lectura, una nueva cultura de lectura”. Las palabras son viajeras en el aire. Para fomentar esa cultura de lectura, tienen que haber maestros lectores, padres y madres alfabetizadas, pues como afirma el escritor Felipe Garrido, de la Academia Mexicana de la Lengua, la población adulta se encuentra en el limbo lector. Entonces, es urgente que los maestros lean, desarrollen habilidades lectoras, usen sus estrategias de lectura (anticipación, inferencias, predicciones), amplíen sus niveles de comprensión literal, inferencial y crítica, acerca de lo que dicen los textos; en otras palabras, conviertan la lectura en un hábito con habilidades para el procesamiento de la información y la comprensión del significado. La tarea no es sencilla. Se requieren maestros lectores, capaces de disfrutar, inculcar, modelar, leer con y para sus alumnos.

La lectura es mágica, se vuelve cotidiana, cuando se practica todos los días; permite aprender, entrar a un mundo diferente. A través de los libros, es posible viajar, trasportarse en el tiempo y en la distancia, conocer personas, culturas, pueblos y ciudades; permite visitar lugares antes de haber viajado a ellos o ir más atrás del tiempo, a otras épocas y culturas.

La escuela y el hogar son sitios - por excelencia – para el aprendizaje. ¿Pueden los padres fomentar la cultura de la lectura en casa? Desde luego que sí. Leer en familia dejarías buenas ganancias: mayor acercamiento afectivo, convivencia con los hijos, calidad de tiempo compartido. Una forma simple pero altamente gratificante para los hijos, ver leer a sus padres, hermanos, tíos o abuelitos; escuchar relatos, cuentos o historias fantásticas de cuentos de hadas, narraciones de leyendas, fábulas. Entretenerse con las novelas y autores clásicos, incluso, leer el periódico y revistas, son muestras fáciles de imitar desde pequeños. Organizar una visita a las bibliotecas de la comunidad, consultar los acervos o realizar préstamos domicilio de alguna obra, son acciones sencillas y gratuitas. También puede acudir a una librería o a la sección de libros de los supermercados o tiendas departamentales en la ciudad; asista a la presentación de libros y cuando se realice una feria del libro, no dude en llevar a sus hijos.

Si en la familia, la situación económica es limitada para la compra de libros, es recomendable el préstamo a domicilio, intercambio de libros entre vecinos, compañeros de aula, participar en talleres de lectura entre padres e hijos; ante tal situación y con la finalidad de promover la formación de niños lectores, es vital la comunicación de los maestros con los padres. Sembrar la semilla desde temprano en los infantes, es abonar la tierra del saber, abrir nuevos horizontes, poner el mundo en las manos y en los sentidos de las niñas y los niños. Si estas prácticas ocurren frecuentemente en la familia, los niños crecerán aprendiendo y adquiriendo una nueva cultura de la lectura. Es fácil empezar. ¡A leer se ha dicho!

La formación de una cultura de lectura implica corresponsabilidad, las autoridades por sí solas lograrán poco; en esta cruzada, la participación de los maestros y padres, el compromiso de directores y supervisores educativos, funcionarios de las dependencias, tienen que estar conscientes de esta problemática, de las alternativas de solución y resultados favorables que pueden alcanzarse en materia de desempeño escolar, habilidades lectoras, mejora en los índices de las pruebas estandarizadas como ENLACE y PISA, entre otros. En el hogar, formarían hijos responsables, críticos, estudiosos, con hábitos buenos que los alejarían de las adicciones, ocio o redes sociales peligrosas. Leer para ser mejor. Leer para aprender.

 
 
Fuente: Texto enviado por Teresita Durán Vela; 23/02/2011 // Foto: Santiago Canto Sosa; 2011