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(4 de abril de 2008)
 

Los peligros del entorno acechan a los jóvenes

 

En la vida de los seres humanos, la adolescencia es una etapa crucial para el desarrollo de la persona; estudiosos del crecimiento, comportamiento y  psicólogos, han explicado -desde distintos enfoques- qué sucede con el desarrollo socioafectivo, físico e intelectual, a esas edades. Independientemente de las teorías, lo singular, es que las y los adolescentes, experimentan cambios físicos importantes, modifican sus esquemas de pensamiento, se vuelven sensibles, vulnerables y hasta impredecibles en sus actos.

Durante la adolescencia los cambios hormonales tienen sus efectos en el crecimiento y desarrollo físico, y éstos, en la construcción del autoconcepto del ser hombre o mujer; en la sexualidad y en el género. Pero, eso no es todo, ¿qué ocurre con los aspectos emocionales? ¿el pensamiento lógico y el desarrollo moral..? Seguramente, los expertos tienen respuestas para estas interrogantes, aunque claro, sus investigaciones fueron realizadas, en el siglo XX; hoy, los adolescentes del siglo XXI, están sorprendiendo a todos: especialistas, investigadores, padres, maestros, religiosos, etc…

La interacción de los adultos con ellos, no siempre es de armonía, a veces resulta compleja; no porque, hablen idiomas diferentes, sino por los códigos de comunicación, valores morales adquiridos o tan simple, por la falta de respeto e intolerancia, a sus formas de expresión y comportamientos. ¿Qué hacer entonces? Comprender la situación, mantener la cercanía afectiva –sin presiones- establecer vínculos y medios para el diálogo, inventar espacios comunes y proponer situaciones para la convivencia. Parece fácil, sin embargo, los adultos debemos entender que esa etapa es transitoria, pero determinante en la construcción de la identidad personal, la autoestima y el yo; por eso, es indispensable, que  padres y maestros, mantengamos las vías abiertas, las alertas encendidas, los sentidos en “power”, la inteligencia activada y el corazón en actitud de espía.

A diario se ve alrededor de las escuelas secundarias o preparatorias, -tanto de la capital como de los municipios- grupos de chavos y chavas, tomando el vuelo a la calle, como parvadas sin destino; unos más ordenados que otros manifiestan su cultura vial, otros ni en cuenta, avanzan con rapidez para encontrarse con su media naranja o buscando con ansiedad un oasis, para mitigar la sed o el antojo. Esos comportamientos libres, después de muchas veces, se vuelven conductas –positivas o negativas- según el contexto sociocultural de la comunidad; actuares sin freno, lejos de la verdad y el respeto.

Por otra parte, existen centros educativos sin responsabilidad social, que poco o nada les interesa, lo que pasa alrededor de su territorio; cruzando la reja, maestros y alumnos, dejan de preocuparse de las buenas maneras; así vemos, muchachitas con el informe escolar  abrazadas “apretadamente” con los pretendientes; jovencitos de diferentes “tribus urbanas” atemorizando el ambiente, tiendas, puestos, venteros de dulces, cigarros, refrescos y sustancias tóxicas, sin vigilancia y con prepotencia, dominando su zona libre. Tal situación está generalizándose, y las autoridades educativas, la policía, el sector salud, los padres y  maestros, a todos bien, gracias. Se ha hablado del programa Escuela Segura, campañas de prevención de la adicciones, lucha contra el narcomenudeo, noviazgo sin violencia, prevención del SIDA, entre otros… ¿y los resultados?

Ojalá ante el incremento de los factores nocivos para la salud y la integridad de la persona,  padres de familia, maestros (que muchos también tienen hijos) autoridades educativas y de seguridad pública, compartan esfuerzos verdaderos y hagan alianzas, para hacer frente a las adicciones, narcomenudeo, embarazos en adolescentes, deserción escolar, enfermedades de transmisión sexual, violencia, pornografía… El fantasma del peligro está creciendo a pasos  agigantados; las vías de comunicación en los hogares están oxidándose, los hábitos buenos y valores de los profesores están en peligro de extinción; la vida de los adolescentes está en riesgo, su vulnerabilidad, los pone en el blanco de las bandas y delincuentes; urge atender a los y las adolescentes, porque según la calidad de su presente, dependerá su futuro; serán la fuerza joven de la nueva generación, los futuros padres de familia de los niños que habitarán nuestro estado; por ellos, hagamos más a favor del cuidado, protección y prevención de los derechos humanos.

Hoy como adultos, podemos defender la ley de protección de los niños adolescentes; crear mejores condiciones para que tengan una vida digna y disfruten a plenitud, la adolescencia, una etapa de sueños,  rodeada actualmente de células nocivas en una sociedad de alto riesgo.

San Francisco de Campeche, Campeche. 4 de abril de 2008.

 
 
Texto enviado por su autora. 4 de abril de 2008