Martes de Juan Carnaval: último día de bulla. Por todo Yum-Bé se desbordaba un río de borrachos-osos, niños-osos y viejos-osos. La noche tragó al pueblo en su oscura boca. La pequeña planta eléctrica, con su suave jadeo, alumbraba la plaa y el palacio municipal. Música y gritos eran un todo a la vez. La población estaba hecha un inmenso colmenar.
―Ya mero están todos. Sólo falta Crescencio Suaste. Si es posible hasta el hijo.
―Pero, patrón, creo que al ninio no será necesario traerlo. Apenas es un chamaco, ja.
―Ya veremos, don Tono. Hasta un chilibito entre las uñas lastima mucho y...
¡¡Déjenme hijueputas!! ¡¡Qué nos quieren!!
―Ya cálmese, don Augusto. Tenga un poco de calma.
―¿Qué carajo quieren? ¿Por qué nos traen aquí en el palacio?
―Luego se entera. Nomás traigan a su hermano Crescencio, oría de qué se trata. Y si es posible hasta a su sobrino.
―Y ellos, ¿por qué? Además mi sobrino Berto es un chamaco, y... ¿por qué se cubre la cara?
―Creo que es él, Augusto. Aquella persona de la cual me hablastes hace como dos semanas allá en la tienda.
―Ajá, ya me acordé, Rodrigo..., pero, ¿qué quiere? Ya sabe que no nos obligará a hacer lo que desea.
―¿No te lo dije, Augusto? El quiere más de lo que creístes?
La noche helaba y sin embargo la gente seguía llegando a Yum-Bé. Nadie quería perderse la quema de Juan Carnaval y mientras tanto era paseado por el corredor del palacio municipal. Una enorme caravana de osos piel de pita henequenera lo acompañaban: osos-ancianos, osos-niños, osos-muchachos iban detrás de él y su viuda.
―¡Se nos perdieron, patrón! ¡Quién sabe dónde están! Ni el hijo aparece siquiera.
―Pues hay que buscar bien. Es necesario que todos estén aquí.
―Pero, patrón, es que hay tanta gente por el Carnaval que...
―¡No importa, vayan otra vez! ¡Tráiganlos a como dé lugar!