
Nadie
se acuerda de dónde vino ni cuándo apareció
el primer oso en el poblado de Nunkiní; lo único
que se sabe es que en Carnaval todos quieren ser osos.
En
un principio surgieron en grupos y eran completamente ariscos.
Ese carácter indómito los hacía temibles
con sus enemigos, que osaban enfrentarse a ellos en el desahogo
de viejas rencillas.
Los
barrios de San Román y el Gato Negro eran enemigos a
muerte y se agarraban, precisamente en Carnaval, a trancazos
y pedradas, protegidos en la clandestinidad de sus disfraces
de osos, y para evitar confusiones entre ellos tenían
una clave que los hacía identificarse.
Los
zafarranchos que provocaban todavía cuelgan en la memoria
de mucha gente. Ahora los osos casi se han civilizado.
Se
presentan dando brincos, volantines, y se comunican a través
de gritos estentóreos, ininteligibles, causando la turbación
de las personas que no los conocen, pero que hacen la delicia
de todos los habitantes del lugar.
El
oso gruñe, se embriaga, se revuelca, se contorsiona,
gime por puro gusto, debido a los cimbreantes latigazos recibidos
a cada momento, en su tosco lomo, por un domador que lo guía
sin dificultad cuando se cansa o lo arrastra cuando se resiste;
cuerda o cadena es el cordón umbilical que los une siempre.
Su
traje es muy singular, confeccionado de piel de pita o fibra
sintética que le cubre todo el cuerpo, que a más
remedo de plantígrado semeja a un grotesco muñeco
informe. La parte dorsal es cubierta con un pedazo de piel reseca
de venado, cuya finalidad es resaltar el chicotazo que se le
propina a cada rato para menguar su inagotable energía.
En
la cintura de ambos (domador y oso) cuelgan sendos cencerros
cuyo tintineo anuncia su presencia por los lugares en donde
deambulan.
El
oso sufre en su carapacho de costal, pues necesita mucho corazón
para soportar el intenso calor, producido por su piel artesanal
de traje hermético y asfixiante. Si no contara con el
apoyo de “Dionisio”, quizá no hubiera osos
enfundados en piel de agave, aunque cuentan que algunos han
muerto, no se sabe sí de calor o del vino.
Así
se festeja el Carnaval en Nunkiní, tierra de petates
y sandías, la fiesta sin par de osos, osas, ositos y
ositas. Carnaval de hombres que quieren ser osos... y de osos
que no quieren ser hombres.
Esta
tradición ha trascendido a otros lugares del municipio
de Calkiní.
Fuente:
Un
viaje folklórico por el solar nativo. Andrés
Jesús González Kantún. Vol. 6 de la Colección
Ah-Canul. Ayuntamiento de Calkiní, Campeche; 2007. 82
Págs. / Foto: Santiago Canto Sosa; 15 de febrero de 2010.
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