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Junio-Julio 2019

TRIBUTO A LO NUESTRO

2013

De "Tributo a lo nuestro" se transcribe un texto, autorizado a este portal electrónico por Teresita Durán.

 

Portada del libro

 

Nunkiní: tradición y fe

Nunkiní es una población pintoresca, su cercanía con la cabecera municipal y su paso hacia Isla Arena, la sitúan en el corazón de la ruta de las haciendas. Al arribar al lugar, bajo la fronda de los añejos flamboyanes se respira la llana frescura; alineadas albarradas resguardan el patrimonio de las familias, senderos de caminantes, antiguos agricultores y jóvenes entusiastas, transitan a diario por la calle principal del poblado. Entre Calkiní y Nunkiní, los kilómetros acortan la distancia milenaria entre dos asentamientos mayas, territorio dominado por el cacicazgo Ah Canul.

Al paso de los siglos, el misticismo maya está impregnado en sus habitantes. Sus mujeres lucen el blanco de sus trajes bordados con floridos colores; las alpargatas en sus varones, surcan en la humedad de las milpas, se hunden en el lodo cuando llueve, mientras con sombreros de palma mitigan el calor del verano. Cada hombre nacido en este suelo, ama la tierra, pues de ella, la cosecha alimenta a la familia: maizales, sembradíos de sandía, frijol, cacahuate, calabaza, son algunos frutos fértiles que heredaron de sus antepasados.

La magia del lugar se esconde en las paredes milenarias de su iglesia católica, cada piedra labrada fue colocada con la exactitud y precisión de manos indígenas, hoy día, conserva el misterio de la doctrina. Ha sido testigo silencioso de los años, vigía del pueblo, sede de la fe cristiana, bajo su techo han sido bautizados niñas y niños nacidos en los barrios de este enigmático sitio.

Es un territorio singular que conserva leyendas y rituales, la memoria de otros tiempos. Por ejemplo, en los barrios algún pasaje histórico vive en la memoria de los abuelos, también, la originalidad de los osos durante carnaval se ha convertido en el disfraz acostumbrado para elogiar su pertenencia. Así, los vecinos preservan lo que les pertenece: novenas, gremios, procesiones de santos y vírgenes, vaquerías, corridas de toros, exposiciones, venta de sandía y otros productos del campo; el pueblo entero participa, disfruta plenamente de las festividades.

Siempre bajo la protección del Santo Patrono, Diego de Alcalá. En su honor, los feligreses ofrecen plegarias, cantos y oraciones durante el novenario, para pedir por el bien de la comunidad y sus habitantes. Durante esos rituales profanos y religiosos, la algarabía invade el atrio y la plaza principal; los frondosos laureles presencian la fiesta, su sombra cobija a los paseantes durante la procesión del Santo, mientras los estandartes son entregados en el templo y las velas de cera café, reposan en el altar principal. Humo, incienso y rogativas, ambientan el recinto católico. Chicos y grandes conviven abrazados por la fe, la comunidad entera espera las bendiciones y se prepara ante la llegada de la fiesta anual.

Nunkiní es una tierra proverbial, en donde la tradición y la fe religiosa de su gente, tejen con misticismo la creencia popular, no sólo en los tapetes de palma sino en los sentimientos de las personas, más allá de las oraciones, la esperanza del pueblo es inquebrantable. Defienden con pasión lo que les corresponde, celebran la generosidad de la tierra, alaban la herencia de sus antepasados y se esfuerzan por conservar la fortuna de su patrimonio. Es un pueblo mágico.

 

Fuente: Tributo a lo nuestro. Teresita Durán. Edición del H. Ayuntamiento de Calkiní, Campeche; 2013. 76 págs.

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