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En
el templo principal de esta ciudad, cuyo patrono es San Luis Obispo
de Tolosa, los frailes franciscanos que arribaron en 1544, fundaron
el Convento de San Luis de Calquiní, el cual cobijó su tarea evangelizadora
hacia los indígenas.
Este
sitio comenzó a construirse en 1548, bajo la supervisión de Fray
Luis de Villalpando. No obstante, es hasta el 13 de septiembre de
1776 cuando concluyen los trabajos de esta joya arquitectónica,
“uno de los conventos más bellos del sureste mexicano”.
Se
conoce muy poco acerca de la existencia de religiosos alojados en
este lugar después de 1600 y antes de 1800. Don Manuel Herrera Pech
(1903-1986), en su libro “Apuntes para la historia de Calkiní” (1966),
cita a frailes de la Orden de San Francisco, aludidos en los archivos
parroquiales:
Manuel
López, Juan Esteban Argáez, Romualdo Granados, Anselmo Avila (Teniente
de Cura), Antonio Garrido, Juan José Garrido, Pedro Loría, Juan
Collí (Teniente de Cura), José Berzunza, Miguel Romero; todos ellos
vivieron en el convento en los años de 1818 y 1819.
Francisco Vega, Abelardo José, Fabián Cervera, Francisco
Espinosa (Teniente de Cura), Encarnación Arón (Tte. de Cura) y Juan
de Dios Ortega; en 1820.
José
Vallado, José Cano, Andrés González (Tte. de Cura) y Juan Loría;
en 1822-1823. Guillermo Vallado, Estanislao Carrillo, Joaquín Pastrana
y José María Valladares; en 1824-1825. Y José Valladares, Fabián
Cerón, José Campos, Juan Coello y Victoriano Lorena, en 1826. En
esas fechas el Obispo de la Diócesis de Yucatán era D. Pedro Agustín
Estévez y Ugarte.
Al
abandonarse las actividades en el convento, sus techos se derrumbaron
paulatinamente. Sus paredes y pisos evocaron imágenes de castillos
medievales; piedras que guardaron en sus oídos de polvo los cánticos
y rezos en mezclas de latín, español y maya. Los pasos de lejanas
voces subían los escalones hasta llegar a la “media naranja”, el
domo que permitió vislumbrar el panorama de varias poblaciones “a
la redonda”, como un paisaje florido y atesorado de metáforas. “Patios
y bóvedas que marcaron indelebles la niñez de muchos calkinenses”.
En
la parte adjunta al “cañón”, llamada así por ser una pieza larga
y angosta, que en años anteriores fue habitada por la familia de
un sacristán, se fundó el Monasterio de Santa
Clara y San Francisco, el 24 de julio de 1982, integrado
por 10 monjas.
Ellas
provenían de la ciudad de Campeche, en donde habían estado desde
el 27 de octubre de 1980, antes de trasladarse a la Atenas del Camino
Real. Habían arribado de la Villa de Guadalupe (su sede en la Metrópoli),
en una cantidad de 8 personas. Fue un sábado, en vísperas del día
de Santiago Apóstol, entre las 6 y 7 de la mañana. Por la tarde
del mismo día, ocuparon “el
cañón” y las plantas baja y alta del edificio que da al poniente,
abarcando parte de la planta superior del lado sur del ex convento.
Las
autoridades eclesiásticas eran: El Obispo de Campeche, D. Héctor
González Martínez; el párroco, Pbro. José Cirilo Ruiz López; y la
Superiora, Rvda. Madre María Mercedes Medina Retana. De las diez
hermanas en aquel entonces, 5 eran de votos perpetuos, 2 de votos
temporales, 1 novicia y 2 postulantes.
Poco
tiempo después, el 5 de septiembre, el cura Antonio Hernández Guillén
sustituyó al Padre Cirilo, e inició la reestructuración de los cuartos
aledaños al Monasterio, que en tiempos pasados fuera considerado
el claustro más pequeño de la Nueva España.
De
esa fecha a la actualidad, han fungido como Superioras o Abadesas
del Monasterio: Mª Mercedes Medina Retana (1981-1984); Mª Rafaela
Álvarez García (1984-1990); Mª Juana Huitrón Martínez (1990-1993);
Mª Rocío Ramos Martínez (1993-1996); Mª Jesús Huitrón Rubio (1996-1999),
Mª Martha Medina Dzib (1999-2002) y Mª Bernardita Mondragón
Miranda (a partir del 30 de enero de 2002). En el año 2005,
Mª Martha Medina Dzib es la Superiora.
Durante
18 años, los cánticos se han esparcido por el umbral del templo,
llegando a los oídos de los filigreses, en horas de la Eucaristía.
A veces, acompañan con sus dulces tonos los salmos de vida que se
yerguen desde el coro izquierdo, a un costado del altar mayor del
templo.
Su
vestimenta consiste en el hábito café, escapulario, una cuerda en
el cinto, con tres nudos, la corona franciscana, toca blanca y velo
negro; y en sus pies calzan huaraches.
Los
objetivos del Monasterio son “sostener espiritualmente al Seminario
y clero campechano. Interceder y pedir por todo el pueblo de Dios,
mediante nuestra vida de oración, penitencia y trabajo aunado al
sacrificio; y vitalizar los planes de Pastoral en toda la Diócesis.”
Se
dedican a hacer oración vocal y mental, a adorar al Santísimo Sacramento
(diurna y nocturna), y a quehaceres domésticos (aseos de la casa,
comida, etc.). Se mantienen gracias a la elaboración de hostias
y otras ornamentaciones para las iglesias.
Nota
actualizada en abril de 2005.
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Fuente:
Los ojos de Ah-Canul. Santiago Canto Sosa Calkiní,
Campeche. 2000-2005.
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