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Ejemplar No. 33 / domingo 4 de julio de 2004 / Año IV

Presentación

“Que la Gracia de Cristo Jesús, presente en la Eucaristía, esté con todos nosotros”

Hermanos cada domingo escuchamos la invitación para asistir como peregrinos al Santuario Mariano de Ntra. Señora del Carmen. Pero es importante que sepamos cual es el fin, sobre todo haciendo a un lado ciertos prejuicios.

Un santuario es un lugar de culto donde se venera la imagen o reliquia de un santo o santa de devoción especial. Se considera como un sitio de oración y peregrinaje donde se pone en contacto la divinidad con lo humano, para comunicarse con los santos e invocar su ayuda o su consuelo, o también para agradecer con el corazón los beneficios que se nos han otorgado.

En los santuarios marianos esta comunicación se hace posible con la Santa Madre de Dios, a través de imágenes, bien sea pinturas, tallado o esculturas; en ocasiones los hechos, como apariciones de la virgen o acciones milagrosas, son la base del culto y la construcción de determinados santuarios. Las características de los santuarios marianos tienen que ver con la relación que se establece entre los fieles y Maria, bien sea en el papel de esta mediadora universal, como mensajera del Señor, o como sitios de conversión, penitencia, afirmación de la fe, acción de gracias y reconciliación.

El santuario mariano es:

- Un centro en torno al altar de Jesús”, en este lugar de gracia.
- A los pies de Maria santísima, “bajo la mirada amorosa de Maria”
- Con el pueblo de Dios que peregrina en este lugar.
- Para una apertura al don de dios, que se comunica en Jesús, nuestro salvador, y nos viene de Maria (mediación).
- Una visita al santuario tiene la dinámica de conversión, significa por el hecho mismo la voluntad y el esfuerzo de acercarse a dios y de dejarse inundar por él.
- Debe de ser un momento donde se purifique mas las fe que conduzca a Cristo.

P. José (A.S.J.)

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Tema:  Ante las vacaciones de verano*

Por Judith Avilez Vásquez

 

Las escuelas han cerrado sus puertas anunciándonos la llegada del verano. Más que por las estaciones climatológicas, nos movemos por el curso escolar. El trajinar de aquí para allá se ha puesto de moda y las carreteras soportan riadas de coches, con sus humos respectivos, los del turismo y los de las gentes.

Si es verdad que en cualquier época del año se viaja cada día más, no es menos cierto que en las vacaciones veraniegas se incrementa ese ritmo circulatorio, sobre todo las vías que conducen a las playas o pueblos que celebren sus fiestas; pues, aunque el turismo playero se lleve la palma de visitantes, también el turismo rural aumenta, y esas carreteras secundarias suelen estar en peor estado.

El verano, que ante todo debe ser un tiempo de descanso y de abrazos familiares, es un momento ideal para el disfrute. De ahí la importancia de vivirlo en recto juicio. Es una puesta a punto para el cuerpo, pero también para el alma. En la mayoría de las veces, por no decir en todas, de nosotros depende tomar el saludable camino del divertimento en su más gozoso verso y no aguar la fiesta del ocio. Sirva como botón de ejemplo, la muestra: ¿cuántos accidentes de tráfico podemos evitar?

A veces el problema del caos circulatorio, como el de otros ciscos, tiene sanación, más que consanción, con buena dosis educativa, puesto que el problema surge por una cuestión moral y de conciencia. Ya se sabe, se suele decir: “Si quieres saber el grado de caballerosidad de una persona, ponla al volante”.

Este dicho, expresión tomada de la cátedra popular, nos indica que con frecuencia algo importante cambia en la conducta de una persona cuando ésta se pone al volante. Su psicología y comportamiento sufren una alteración muy acusada: personas que en su vida ordinaria son educadas, corteses y pacientes, se convierten en seres exigentes, nerviosos, intolerantes ante los errores y fallos de los demás, hasta groseros y agresivos en palabras y gestos.

Los cortes de manga, por desgracia, rayan y cortan, se vuelven moda.

Sin embargo, el verano, es para olvidarse del reloj, no de los buenos modales, y disfrutar compartiendo. Nadie es más que nadie en carretera. Ni en otro entorno. Dentro de unos años, el tiempo nos traga. Ahora tenemos todo el tiempo del mundo. Seamos dueños de ese tiempo.

Vivamos y bebamos las horas. Seamos pacientes ante un atasco inesperado, ante un imprevisible retraso. No vale la pena irritarse ni aborregarse. Ni pagar con violencia a los violentos. Ni dejarse la vida en la carretera. Somos frágiles y quebradizos.

Como un cristal. Hemos olvidado que cada vida, la propia y la de los demás, es demasiado bella y valiosa para que pueda quedar prematuramente segada o seriamente dañada por culpables y mezquinos fallos humanos. Por desgracia, la vida no vuelve atrás. Esa que, a veces torpemente, dejamos en la vía pública, olvidando que la educación vial es para todos, tanto conductores como peatones.

Necesitamos el descanso y para ello hemos de llegar a destino. Precisamos recargar energías. Tomemos todo el tiempo del mundo. Reflexionemos. Hagamos parada y fonda en nosotros mismos. Acudir a la celda del corazón e interrogarse, produce salud. Y da libertad. Pensar por nosotros mismos. Que no piensen por nosotros. Ser más interiormente para estar mejor consigo mismo, y ser más en la poesía, o sea, más humanista. Todo esto alienta y alimenta. Más que la buena mesa y el oro del mantel. Un ejemplo. Hoy todos tenemos turismo, ¿pero sabemos conducirnos con él? Eso no lo da el carné de conducir.

Lo dan los principios humanos y los valores de la conciencia crítica.

En cualquier caso, iniciamos un tiempo propicio para vivir la vida, ya sea en la playa o en la montaña. También para reunirse y unirse en familia. Para cultivar la amistad desde la escucha, la confianza, la ayuda, el diálogo, el enriquecimiento y el respeto más escrupuloso a la opinión de las demás personas.

El verano, sin duda, puede ser un tiempo formidable para los buenos propósitos, evitando la hipocresía, la mentira, la presunción engañosa e interesada o la vanagloria. Revivamos la limpieza de corazón. Hagamos zafarrancho en el cuartel del alma. Así podremos superar, con matrícula honorífica de bien ser, la codicia, el egoísmo y el hedonismo. Vacación no equivale a permisividad. Es más, debe hacernos meditar en la solidaridad. Pensemos en quienes no tienen vacaciones, porque ni siquiera tienen el pan de cada día. Reflexionemos sobre esas piñas humanas que se lanzan al mar en busca de nuevos horizontes. Nuestra comprensión hacia ellos tampoco debe tomar vacaciones.

Precisamente, las vacaciones pueden ser tiempo excepcional para salir a su encuentro. Y es que en verano, tenemos una magnífica oportunidad de crecer por dentro y de donarnos. Eso contrarresta el hastío que tanto nos ronda y nos rueda por la cabeza, generando fuerzas que equilibran. Algunos de los caminos para utilizar sabiamente las vacaciones y para que éstas tonifiquen y renueven, tanto lo físico como lo psíquico, son el contacto con la naturaleza o el mar, la tranquilidad, la relación familiar armónica que tanto hemos disgregado, las buenas lecturas, las sanas actividades recreativas y de esparcimiento, la contemplación y, sobre todo, la escucha interna.

Nos tenemos demasiado olvidados por dentro. El florido lenguaje de los hechos de la naturaleza y el mar, del deporte y de la amistad, son medios óptimos para disfrutar y vivir el verano. Se lo aconsejo.

 

*Autor: Víctor Corcoba Herrero.